| |
Amar en Tiempos díficiles.

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.
Todos nosotros estamos concientes de que Dios, al darnos la vida y la fe a través de nuestro bautizo y la educación que nos han dado nuestros padres, tenemos una misión en este mundo. Dios no hace las cosas “porque sí”; todas y cada una de sus criaturas tienen una finalidad, profunda y armoniosa. Si esto podemos decir del universo entero, mucho más se puede decir de la humanidad. Cada hombre y cada mujer que entra a este mundo, no nace “por casualidad”. Somos llamados por Dios a la existencia para algo. Gran tarea será por tanto descubrir el sentido de nuestra “vocación” a la vida.
Las grandes preguntas que la humanidad se ha planteado desde siempre pasan por estos cuestionamientos: ¿De dónde vengo? ¿Para qué estoy yo aquí? ¿A dónde voy? Responder esto, no con la cabeza como si fuese un cuestionamiento para pasar un examen, sino con la vida, cada día, paso a paso, es lo que da Sentido a nuestra existencia. Y así todos, el cristiano y el musulmán, el budista y el hinduista, el animista y aun el ateo, si quiere ser verdaderamente hombre, —en el sentido de humano—, entonces no puede dejar de lado esta búsqueda, puesto que además esta insertada en lo más profundo de nuestro ser.
Nosotros, por don gratuito de Dios y para felicidad nuestra, hacemos nuestro viaje desde la posesión maravillosa de nuestra fe en Jesucristo, Hijo Único de Dios, Verbo Encarnado y Segunda Persona de la Santísima Trinidad. No podemos olvidar que, en cierto sentido, hemos tenido ya una clarísima e impresionante Luz de lo alto, con la Revelación de Jesucristo. Él es la Palabra definitiva del Padre para la humanidad. Palabra llena de gracia y de belleza. Palabra sustancial por quien se hicieron todas las cosas y por quien también subsisten. Así que yo diría, nosotros, los cristianos, los católicos, en nuestra búsqueda de sentido, tenemos las de ganar porque ya sabemos, por la fe, quién es el Centro de todo y sabemos hacia donde vamos. Entonces, ¿cómo comprender pues esas preguntas que hemos enunciado antes?
¿De dónde vengo? Leemos en el libro del Génesis la proveniencia, no sólo del hombre y de la mujer, sino de todo lo creado, descrito con aquellas palabras poéticas y misteriosas; metafóricas también: “Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo no había todavía en la tierra arbusto alguno, ni brotaba hierba en el campo, porque el señor Dios no había enviado aún la lluvia sobre la tierra, ni existía nadie que cultivase el suelo; sin embargo, un manantial brotaba de la tierra y regaba la superficie del suelo. Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gn 2, 4b-7).
La verdad interior de este texto, en la fe, nos revela lo que nos conviene saber. Todo lo creado viene de Dios; en Él está el origen de la creación. Todo salió de sus manos y Él comunicó al hombre y a la mujer su hálito de vida. A la Biblia le toca decir precisamente eso, el origen de todas las cosas. A nosotros nos toca investigar el modo como aquello fue hecho; ¿por la evolución? ¿Por una explosión cósmica? En verdad es que el modo no deja de ser secundario. Para nosotros la verdad queda revelada cuando entendemos que Dios es el creador de todo cuanto existe y Él dio al hombre su espíritu que es, capacidad de pensar, de amar, de distinguir, de reír, de ser feliz, pero sobre todo, de amar, pues el Amor es la esencia de Dios, que fue comunicada al hombre y a la mujer.
El Génesis continúa: Después el Señor Dios pensó: no es bueno que el hombre esté solo: voy a proporcionarle una ayuda adecuada. Entonces, el Señor Dios formó de la tierra toda clase de animales del campo y aves del cielo, y se los presentó al hombre para ver cómo los iba a llamar, porque todos los seres vivos llevarían el nombre que él les diera. Y el hombre fue poniendo nombre a todos los ganados, a todas las aves del cielo y a todas las bestias salvajes, pero no encontró una ayuda adecuada para sí. Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño, y mientras dormía le sacó una costilla y llenó el hueco con carne. Después de la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó a una mujer y se la presentó al hombre. Entonces éste exclamó: esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne, por eso se llamará hembra, porque del hombre ha sido sacada. Por esta razón deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen uno solo”(Gn 2, 18-24).
Así que sacamos de aquí que Dios creó al hombre y a la mujer, a los dos, y los destinó para estar juntos y ayudarse, para unirse, dejando atrás padre y madre y convertirse en uno solo. En otras palabras; de Dios venimos, hombre y mujer, y tenemos la encomienda de que un hombre se una a una mujer para ser una unidad.
Y hay también esta afirmación que nos da un sentido de plenitud y aclara aún más nuestra procedencia: “Y Dios creó a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: creced y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 27-28).
La creación que Dios hizo de la humanidad, hombre y mujer, no se parece a nada más, sino Él. Así pues podemos decir que hombre y mujer somos imagen y semejanza de Dios porque de Él venimos. Eso es tanto como decir que quien ve al hombre y a la mujer, ve, de algún modo una imagen de Dios, algo parecido, semejante a Dios.
¡Cuántas cosas nos aclara la fe en esta divina revelación! Venimos de Dios, somos de Él, y no sólo eso sino que, representamos en la tierra a la imagen de Dios. Cada una y cada uno está destinado a dar a los demás esa imagen divina que Dios quiso que diéramos. ¡Qué fuerte alterar esos planes y deseos de Dios! Cuando algún gobierno “permite”, sanciona, alienta, promueve la unión de dos personas del mismo sexo, no está contemplando el diseño superior y trascendente que Dios quiso para la humanidad1 .
¿Para qué estoy yo aquí? Esta es una pregunta crucial que deja ver que, muchas personas en nuestro mundo parece que no se la han hecho. Cuando somos concientes del para qué de nuestra vida, entonces podemos decirnos a nosotros mismos “mi vida tiene un sentido”; “yo estoy aquí para…”, Si a la primera pregunta nos hemos respondido “yo vengo de Dios”, entonces, por consecuencia, Él tiene que ver con la misión que debo desempeñar en esta tierra. Nos aclara la respuesta el diálogo que Jesús tiene con la Samaritana, cuando Jesús, cansado del calor y del trabajo del día, se acerca al pozo de Jacob, sediento y pide de beber a aquella mujer extranjera, que se admira que un judío le pida a una samaritana, agua, pues los judíos y los samaritanos, debido a sus diferencias religiosas no se hablaban. Entonces, Jesús le dice a la Samaritana, “dame de beber”, ante la sorpresa de ella, Jesús le dice: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva” (Jn 4, 7b, 10). Ante las dudas de ella, Jesús le asegura: “Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. {…} Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoran en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben de hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn, 4, 21, 23-24).
Adorar a Dios en espíritu y en verdad es reconocer que venimos de Él y que nosotros queremos hacer lo que a Él le gusta y lo que nos pide. Por lo tanto, nuestra primera tarea al estar en la vida es reconocer a Dios y adorarlo en espíritu y en verdad. Por eso los judíos se repetían constantemente y con insistencia aquella verdad que debía quedar grabada en sus mentes y en sus corazones: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo. Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado; átalas a tu mano como un signo, ponlas en tu frente como señal; escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 4-9).
Nadie puede cumplir su misión en la tierra si no tiene como meta este primer mandamiento que es la base para todo lo demás, pues de Dios brota todo, de Él viene todo bien. Adorar y reconocer a nuestro Dios es el principio y fundamento del quehacer humano, o debería serlo, por eso Jesús nos enseñó que su Padre y nuestro Padre quiere ser reconocido y amado.
Sin embargo no nos podemos quedar sólo en eso puesto que sería muy fácil engañarnos, hacernos ilusiones o creer que estamos bien. Para evitar ese verticalismo peligroso en el que caen algunas sectas protestantes, y algunos católicos despistados, Jesús a través de san Juan, nos dijo cómo debíamos hacerle. “Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, todavía está en las tinieblas. Quien ama a su hermano, permanece en la luz y nada le hará tropezar” (1 Jn 2, 9-10). Esta enseñanza que nos transmite la Palabra de Dios, es clara, debido a que Jesús la enseñó, no solo diciendo el concepto a sus discípulos, sino que encarnó la exigencia del amor hasta el extremo. Cuando el nos dijo: Nadie tiene más amor que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13), no era una teoría sino que era una enseñanza que Jesús avaló con su propia entrega a la humanidad, no sólo en la cruz sino en todos los pasos que dio en su vida. Por eso es el Modelo. No es un modelo cualquiera, es el Verbo Eterno hecho carne por amor a nosotros. Cuando Jesús quiso explicar ese Amor que brotaba de su Corazón, entonces, en una enseñanza memorable y solemne, alzó la voz para decirnos quienes eran los que habían comprendido el querer de Dios, o sea, aquellos que habían descubierto el sentido de su vida. A esa gente a la que Jesús hablaba, nadie le había dicho lo que Jesús dijo en aquella ocasión, porque era la gente que no contaba en la sociedad. Entre sus escuchas no estaban los reyes, ni los jefes de gobierno, ni los banqueros o los grandes negociantes. Era la gente sencilla, buena, sufrida, la que cada día se ganaba el pan con el sudor de su frente. “Al ver a la gente, Jesús subió al monte, se sentó, y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras: Dichosos los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará. Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará. Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos serán cuando los injurien y los persigan, y digan contra ustedes toda clase de calumnias por causa mía. Alégrense y regocíjense, porque será grande su recompensa en los cielos, pues así persiguieron a los profetas anteriores a ustedes” (Mt 5, 1-11).
En esta página maravillosa del Evangelio, que nosotros llamamos la “carta magna del cristianismo” se expresa que, quien vive pobre, triste, hambriento, en la misericordia, con el corazón puro, perseguido, injuriado por causa de Jesús, entonces es llamado feliz, bienaventurado, porque vive en el amor y busca lo que a Dios le agrada. Para los criterios del mundo es duro este lenguaje y para los que se acomodan a las normas de una sociedad comodina y pichicata, que busca el máximo placer y el mínimo esfuerzo, estas enseñanzas son incomprensibles. Suenan a chino. Pero, Jesús también se dio cuenta de esta realidad. El no ignoraba que las propuestas que estaba haciendo y cuando declaró quiénes eran realmente bienaventurados según el corazón de Dios, no lo iban a entender muchos. ¿Quiénes lo pueden entender? Jesús mismo nos lo dice cuando sus discípulos llegan llenos de alegría después de la misión que Jesús les había encargado y le cuenta del éxito obtenido, de las conversiones realizadas, el autor sagrado escribe: “En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: –Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Lc 10, 21-22).
Quien tiene un corazón sencillo, humilde, puede entender las cosas de Dios, del reino y es el que estaría capacitado para responder a esa totalidad que implica seguir a Jesús.
Por eso, en las enseñanzas de Jesucristo hay una petición de totalidad que en ciertos momentos asusta, pues, nadie, ninguna criatura puede pedirle a otra que sea totalmente para ella; sólo Dios puede hacerlo con sus criaturas y lo hizo a través de la boca de Jesús, para que no nos quede ninguna duda de lo que Él quiere de nosotros: “Como seguía mucha gente a Jesús, Él se volvió a ellos y les dijo: Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a sus mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 25-27).
Con estas declaraciones Jesús quiere ayudarnos a cumplir nuestra vocación aquí en la tierra; cuando damos nuestro corazón, sólo podemos darlo totalmente a Dios, porque, es tan grande y tan importante y tan potente el corazón del hombre y el corazón de la mujer, que sólo en Dios tiene su último fin. Cuando una persona se “clava”, en otra, sea quien sea, o peor aun, en una cosa, riqueza, propiedad, obra de arte, droga, relaciones, fama, amistades, entonces, se pierde. Y se pierde porque por esos caminos jamás encontrará la felicidad. Pues nuestra felicidad consiste en hacer la voluntad del Padre y la voluntad del Padre es que vivamos en el Amor. Y no un amor cualquiera, sino en el amor que Jesús nos ha revelado. ¿Cuál es pues ese amor? ¿En que consiste? Escuchemos a san Juan que nos da la respuesta: “Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para liberarnos del pecado” (1Jn 4, 9-10).
Respiremos tranquilos, el amor, ese amor del bueno, del grande, del santo, no depende de nosotros. Depende de Dios. Sabemos que hay amor, porque Dios nos amó primero. Así que nuestra misión está en reconocer al amor y vivir en el amor.
Deberíamos decirnos cada día al despertar: “yo nací para amar” y además agregar “y puedo amar porque Dios me amó primero” “Me dio a su Hijo” “Su Hijo es mío”.
En aquellas páginas memorables en las que santa Teresa de Lisieux describe cómo encontró su vocación, dice que no paró hasta entender que “su vocación es el amor”. Y entonces, con gran solemnidad declara: “Ya sé, en el corazón de mi Madre, la Iglesia, yo seré el amor”. ¡Que osadía! Un pequeña monja, poco preparada y sin ningún relieve social, se declara el motor de la Iglesia. Porque es el amor el que mueve y anima toda la actividad de la Iglesia: la profecía, la evangelización, la asistencia a los enfermos, el cuidado de los ancianos y niños, el sacerdocio, la caridad para con los demás, todo depende del amor. Sin amor, jamás se pondría en marcha toda esa frenética actividad de salvación. Y Teresa, declara ser el amor. Pues sí; el que ama es audaz y es capaz de soñar y de hacer las cosas más heroicas, más sublimes, más santas, si se deja poseer por el amor. Por eso Teresa escribe: “he descubierto mi vocación”.
Esa noción de santidad es tan antigua como la Sagrada Escritura lo es: ya el pueblo de Israel tenía un precepto, consignado en el Levítico, que pedía al pueblo, por boca de Moisés lo siguiente: “El Señor dijo a Moisés: –Di a toda la comunidad de los Israelitas: Sean santos, porque Yo el Señor, su Dios, soy santo” (Lv 19, 1-3). Y esta noción de santidad debe ser traducida como: misericordia. Cuando Jesús está pidiendo, “Sean santos como mi Padre es santo” (Mt 5, 48) son la clave para entender lo que Él propone: vivir desde la actitud de quien tiene fija su mirada en Dios y no pone topes ni barreras al amor. Se nos pide ser perfectos en el amor; esa es la santidad. Esa es la respuesta que debemos dar a nuestra vocación.
Cada día, cuando el sacerdote celebra la Eucaristía, después de la consagración, durante la plegaria eucarística, estando ya Jesús presente en el altar, eleva una oración en donde se pide al Dios Trinidad que lleve a la Iglesia a su plenitud por la caridad: Con los brazos abiertos y las manos dirigidas al cielo, el sacerdote suplica: “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra; y con el papa Benedicto XV, con nuestro obispo N, llévala a su perfección por la caridad” (Pleg. Euc. II). Eso es tanto como decirle al Señor; “ayúdanos, en el lugar en el que estemos, acompañados por nuestros pastores a cumplir nuestra vocación, a hacernos especialistas, “perfectos”, por medio del amor, es más, por medio del amor que brota de ti, al que llamamos caridad”.
Conscientes entonces de nuestra vocación al amor; debemos preguntarnos luego: ¿En dónde amar? ¿Cómo amar?
Muchas veces nos asaltan las dudas. Aunque estemos concientes de que nuestra vocación consiste, esencialmente en amar a Dios, porque nos hemos fijado atentamente lo que Jesús nos dejó en su Evangelio, aquello que oyeron sus contemporáneos: “Un fariseo, experto en la ley, le preguntó a Jesús: –Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús le contesto: –Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer mandamiento y el más importante. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas” (Mt 22, 34-40).
Amando a Dios y amando al prójimo, estamos en la óptica perfecta de ser discípulos de Cristo; pero a veces nuestra debilidad busca pretextos. Dado que vivir en el amor, implica abnegarse, es decir, negarse a sí mismo, nos cuesta trabajo decidirnos de una vez y para siempre. A veces pensamos: “si yo estuviera en tal lugar, entonces sí…” “Si yo viviera co tales personas, en vez de vivir con las que vivo, entonces sí…” y así, buscamos evadir la realidad que nos rodea, en lugar de decidirnos a cambiar nuestra realidad con la potencia del amor que Dios ha derramado en nuestros corazones.
Hoy por ejemplo, vivimos en un contexto bastante complejo: nuestra hermosa ciudad 2, que antes era tan pacífica y tan segura, se ha vuelto como un campo de guerra. En cualquier momento podemos ser testigos de balaceras cruzadas, asaltos a mano armada, violencia, secuestros, intimidaciones; y algunas personas que hemos conocido han sido víctima de ese clima espantoso. ¿Qué pensar? Algunas personas han decidido irse, alejarse, cruzar la frontera y ponerse a salvo. Piensan esto como una opción de seguridad para sí mismas y para sus familias. Y también conocemos a quien ya lo ha realizado. Desde luego, tenemos que decir que “emigrar”, es un derecho. En pocas palabras nadie nos puede impedir buscar un mejor futuro. Jesús mismo, junto a su padre y a su madre, fue exiliado en Egipto buscando ponerse a salvo de la furia del rey Herodes. Sin embargo, tenemos que pensar que, la situación creada en nuestro país, la que hoy nos azote y nos amenaza, no va a cambiar si todos “huimos”. En estos momentos de tanta complejidad, momentos difíciles, la patria nos reclama: “No me abandonen, hijos míos, no me dejen en manos del crimen organizado, de los que buscan enriquecerse a costa de la muerte de los demás, de los que no les importa matar, de los que parece que han hecho un pacto con el Maligno. ¿Dónde están mis hijos e hijas católicos? ¿Dónde están los seguidores de Jesús nuestro Dios? ¿En Estados Unidos? ¿Se han ido todos? Y los que no se han ido, porque no les alcanzan los medios económicos ¿Se lamentan todo el día?”
La patria nos necesita, la Iglesia nos necesita, nuestra ciudad nos necesita. Aquí, en donde hemos sido plantados quiere Dios que demos frutos. ¿Qué hacer? Oponer a todo el mal que descubrimos, todo el bien de lo que somos capaces. Hoy el Señor, nuestro Dios, nos está invitando a Amar en tiempos difíciles. ¿Qué le vamos a responder? “Espérate Señor, a que se compongan las cosas”, “Deja que se arregle la situación y entonces”, “Dame chance, nomás me voy unos añitos a MacAllen”, “Pues yo a San Antonio”, “Prefiero Houston, hay más oportunidades”. No. “Señor, yo quiero aprender a amar aquí, en este lugar en el que tú me pusiste”. “Tú y tu Madre vivieron en tiempos de violencia, en un lugar ocupado por los Romanos; ahí sí que la vida no valía nada y ustedes, junto al bueno de san José, santificaron aquellos lugares derramando todo el amor que tenían dentro. Hicieron de aquellas tierras, azotadas por la violencia, la “Tierra Santa”. ¿Por qué no nos ayudan a hacer lo mismo con nuestras ciudades?; Ayúdenos, Jesús, José y María a vivir el amor en tiempos difíciles”. Amén.
La experiencia de Conchita Cabrera de Armida se hizo en estas dos direcciones; en un profundo amor y sumergida por el dolor. Aquí hay uno, de los cientos de textos que podríamos citar sobre su experiencia:
Mi oración de hoy, muy de unión, sin hablar: sólo sentir, sentir... en un profundo silencio; todo lo que al exterior salía era de humillación, profundos suspiros, de ansias por hundirme, aniquilarme... Usted me entiende, Padre mío. (246) [6,164] Se duerme el cuerpo; casi no se puede uno mover, se sueltan los brazos y las piernas y por dentro, inunda, inunda como un mansísimo arroyo de paz, de dulzura, de bienestar indefinible y santo... pero esto adoloridamente no sé cómo explicar. El calor me sube al rostro, y no sé Padre mío, más que amar... amar... y más amar... ofreciéndolo a usted y ofreciéndome a mí a este Ser divino, nuestro Dios, nuestro Dueño, nuestro entrañable y único amor... ¡Bendito seas, Señor, y sostennos... María, María... guárdanos, guárdanos.
Me dijo Jesús ayer que todas sus Obras llevaban el sello de la Cruz y que cuánto más debía ser esto en las Obras de la Cruz, pero que no temamos ni vacilemos, que Él triunfó crucificado y que nosotros de igual manera triunfaremos, levantando la Cruz, que la tiene el mundo postergada, para darle gloria (CC, 6, 164. 27 de agosto de 1895).
En este texto podemos observar varias cosas:
- Conchita busca la unión con Dios a través de la oración.
- Es una oración afectiva; sentir tiene un lugar preponderante.
- Esto porque se está delante de una Persona.
- En un profundo silencio.
- Experimenta paz, dulzura, bienestar indefinible, santo.
- Pero también experimenta dolor.
- Y no sabe más que amar, y más amar.
- El movimiento de su corazón consiste en ofrecer y ofrecerse.
- Sabe que todo está sellado con la Cruz.
- Jesús la invita a triunfar en y con la Cruz.
- Jesús le pide que no vacile ni tenga miedo.
Este texto, que es bastante antiguo, resume bastante bien toda su experiencia cristiana, su apostolado y su vocación-misión.
Ahora recordemos los tiempos en los que ella vivió:
a.- Le tocó vivir la revolución mexicana:
Los ejércitos de Carranza habían sido especialmente crueles con la Iglesia y con los católicos; habían apresado obispos y sacerdotes, los habían extorsionado económicamente y habían exiliado a muchos de ellos. Habían robado casas episcopales, seminarios y colegios católicos, habían violado religiosas, quemado confesionarios, fusilado imágenes sagradas, se habían burlado de todo lo santo, hiriendo los sentimientos más profundos del pueblo católico. Conchita escribe:
“Después de esta persecución a mi Iglesia, me dijo, reaccionará en fervor. Necesitaba esta sangría, porque mucha parte de ella me ofendía con pecados ocultos. Es un castigo de mi bondad, y ojalá se hiciera el cargo esta parte escogida de lo lastimado que tiene a mi Corazón. Pero mi Corazón es de Padre, y siempre castiga para sacar bien, para evitar males espirituales o eternos, peores que los temporales.
Los religiosos del Espíritu Santo se fundarán entre espinas, y el infierno trabajará por estorbarlo; presiente el bien tan grande que traerán a mi Iglesia y se enfurece. Redoblen sus oraciones con este fin”. (Y vi cómo vendría una honda reacción en los sacerdotes, y cómo el fervor y el celo se encendería, cómo ardería por la gloria de Dios y Él sería glorificado, triunfando de las maquinaciones de los hombres instigados por Satanás)” (CC, 39, 209. 8 de julio de 1914).
“Mi alma desolada, en prensa, Jesús escondido y espinas por todos lados.
La situación política peor, la persecución a la Iglesia terrible. Han echado las monjas, han tomado templos profanándolos. Dios mío, ten piedad de nosotros” (CC, 39, 262. 25 de octubre de 1914)
- Constata que Dios sabe sacar bienes de los males que los hombres causamos.
- Dios es un Padre amoroso que corrige para sacar bien.
- El Mal, o sea, el demonio, combate las buenas obras.
- Jesús nos invita a redoblar la oración para vencer.
- Cuando los cristianos no se echan para tras, resisten y oran, viene una reacción de salvación.
- Ora insistente y humildemente al Señor para que los males sean remediados.
Durante ese periodo (1910-1920) experimentó no sólo lo de afuera, sino también lo de adentro; lo que se llama, la persecución de los buenos, en línea con las bienaventuranzas:
“Las Obras de la Cruz, sí que han padecido persecución por la justicia, y yo entre ellas, y de los buenos, que es la más dolorosa; pero eso las fecundiza, dice el Señor, las acrisola y hace crecer, haciendo también ver que no son de hombres. En mi vida tan rara que se presta a tantas interpretaciones, he tenido que sufrir repulsas, calumnias de muchas índoles, que se me tenga y se me diga ilusa; que se me traicione mi buena fe (como el Señor Delegado ); en fin, (Padre Mir ) lo pasado, lo presente, y lo que falta y se ha de prestar a tantos juicios, todo se lo ofrecí al Señor.
A veces, me revuelve esa firmeza del Padre Mir, siendo que él como nadie, vio nacer la Obra, crecer, prometer del Señor, etc.; supo el por qué me retiraba yo de él, habiéndoselo yo dicho, que porque quería fuera su dirección a la luz y conocimiento de usted, y que ya no podía con lo clandestino, etc. Pues me revuelve, pensando que es un santo, y si yo seré la errada. También a veces me da sentimiento lo que he sabido por conductos serios y fidedignos, lo que dice de mí y contra las de la Cruz. Lo veo esto, lo quiero ver siempre como permisión divina, con vista sobrenatural, como prueba de Dios. Todo lo perdono, y cerrando los ojos lo ofrezco al Señor.
Igualmente, (en Él) a media meditación me vino aquel arrebato de darme toda al Señor; de ofrecerme a su servicio, de ser su víctima aunque no sirvo, de darle la sangre y la vida, y con unos quinientos de disciplina, cogí la sangre y le pinté su Cuerpo, gozándome en verlo bañado con sangre y lágrimas, prueba de mi inmenso amor, aunque sea sangre de un burro, pero no tengo otra.
Todo es poco para Él” (CC, 36, 165. 31 de mayo de 1912).
- Tanto las Obras de la Cruz como Conchita sufren la calumnia y la persecución.
- En lugar de deprimirse por ello, ofrece al Señor ese dolor para que Él saque algo bueno de ello.
- En lugar de retraerse o amargarse, decide darse toda al Señor.
- Y ese darse toda incluye su propia sangre, prueba de su amor por Dios.
b.- A Conchita también le tocó el agudo conflicto religioso entre la Iglesia y el Estado.
El general Plutarco Elías Calles había decidido modificar la ley de cultos y exigía que los sacerdotes se registraran en gobierno, que los gobernadores dijeran cuantos templos podían funcionar y también que ellos pusieran la norma de cuántos y cuáles sacerdotes podían trabajar en cada ciudad y en cada pueblo. Además, se prohibían las congregaciones religiosas, se ordenaba a los sacerdotes extranjeros abandonaran el país y otras mil cosas más que afectaban la vida y el trabajo de la Iglesia católica.
“Hoy se fueron las Hermanas todas. Poco a poco se las fueron llevando. Mil sustos y penas, espías enfrente, etc., etc.
Han estado clausurando conventos, sellando Capillas, prendiendo sacerdotes extranjeros y enviándolos fuera del país. Cuánto temo del Padre Félix. Cuídalo, Corazón de Jesús.
Terribles días de persecución a la Iglesia y mi alma sufriendo lo indecible...
Quiere la Madre Javiera que me cambie al Noviciado, le rentaron la casa a Ignacio y mientras a él se le cumple el contrato, yo ocuparé la casa” (CC, 46, 234. 25 de febrero de 1926).
“Fui al Mirto, y al venirme, llegaban los del Gobierno a echar también a las religiosas de ahí. Yo les abrí la puerta (ya muchas de las Hermanas estaban fuera) y los acompañé, ¡Dios mío!, a que recorrieran la Cruz de celdas y la Capilla-Corazón. Todo eso sellaron. Me llevó Jesús para que tuviera ese martirio. Mi corazón es un mundo de distintos dolores. ¡Oh Jesús de mi vida, bendito seas!” (CC, 46, 236. 28 de febrero de 1926).
- En lugar de huir, Conchita se presta, no sin riesgos, a irse al vivir al Noviciado de la madres de la Cruz, junto con la familia de Ignacio su hijo, para “tapar” que aquello es un convento y evitar que las expulsen y les roben la casa.
- Es testigo de cómo el gobierno clausura y quita las casas a las religiosas y en lugar de salir corriendo, acompaña toda aquella acción en donde los enviados de gobierno, revisan y sellan la casa para que no sea ocupada por religiosas.
- Conchita hace lo que sabe hacer: orar, amar, sufrir, perdonar, interceder y ofrecerse a Dios para que Él haga con ella lo que le plazca.
La situación que vive el país en este tiempo (1926-1929) es de verdad terrible. Han sido uno de los tiempos más revueltos de nuestra historia. Los católicos, cansados de tanta humillación, se levantan en armas contra el gobierno que no quiere dar libertad religiosa al pueblo; se conoce como la “guerra cristera”. Los obispos, ni siquiera pueden llegar a tener una opinión unánime ante lo que está sucediendo. Como que nadie tiene claro qué es lo que conviene hacer. Reina una aparente anarquía en lo social, en lo político, en lo económico y sobre todo en lo religioso. Conchita escribe:
“Ahora acabo de saber que en Morelia, convirtieron el Templo de la Compañía, en Salón de actos, el día seis.
Hubo mil blasfemias en el programa que desarrollaron, y una poesía se tituló: “Ya no vendrá Jesús”, por un Profesor Palomares. Y las campanas a vuelo como espinas. ¡Dios mío!, ¡oh Jesús, Jesús de mi alma y de todo mi ser! ¿Verdad que sí volverás a tus templos, a ocupar de nuevo tus Sagrarios? ¡Dígnate, Señor, humillar a los enemigos de tu Santa Iglesia, y luego, perdónalos, y sálvalos!” (CC, 48, 20. 10 de marzo de 1927).
“Muy dolorida por las ofensas a Jesús, por la persecución a la religión de Jesús, a las esposas y a los sacerdotes de Jesús.
Preocupada con la situación de los negocios de mis hijos, sufriendo con mi hijo mayor viéndolo sufrir, después de veinticinco años de trabajar y con tanta responsabilidad de dineros, no habiendo él nacido para lo material. ¡Dios mío! ¡Ayúdalos!” (CC, 48, 21. 11 de marzo de 1927).
- La situación empeora y los atropellos a la Iglesia son burdos y directos.
- En Conchita hay la conciencia de que debe interceder.
- El dolor le llega directo a su familia, a sus negocios con los que viven.
c.- Las leyes sobre la educación.
Podríamos pensar que vivir dos guerras sería ya suficiente para una persona: la revolución y la guerra cristera. Pero no, para la experiencia vital de Conchita faltaba otro tremendo conflicto social. Cuando el general Lázaro Cárdenas sube al poder, hay un sinnumero de conflictos en el México de esos días. Cárdenas asume el poder presidencial el 1 de diciembre de 1934, con el permiso y el aval del general Calles que entonces era quien mandaba. Cárdenas pronto se distanciará de él y terminará mandándolo al exilio. En esta relación se puede muy bien aplicar el refrán popular “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Cárdenas va a tener un estilo de gobierno populista. Manipuló a las grandes masas de obreros y campesinos, en su favor; emprendió una verdadera cruzada para repartir en parcelas todo el campo mexicano haciendo que los grandes centros de producción agrícola se vieran de pronto, fraccionados y con incapacidad para producir a gran escala, pero con la bandera social de “ahora sí, la tierra es de quien la trabaja”, esto rompió la mayor parte de los centros agrícolas, quedando sólo en pie, las grandes haciendas de los generales revolucionarios, entre las cuales estaban las del mismo Tata Lázaro. Pero en lo que tocó hasta el fondo el sentir de los católicos fue con la ley de educación. Cuando el subió al poder, ya había sido promulgada una ley, por orden de Calles, en las que decía que la educación debía ser libre, gratuita, laica y socialista. De buenas a primeras, todos los maestros de México, y todos los alumnos de México, por mandato superior, se debían convertir en socialistas. Muchos, especialmente en las areas rurales, los pequeños pueblos del interior y aun en las ciudades no sabían ni con que se comía eso de la “educación socialista” y cada uno lo interpretó a su manera. Quizá, lo que mejor entendieron es que se trataba de “desfanatizar”; en otras palabras, de atacar todo lo católico. Podemos pensar todos los abusos que se dieron entonces. Los obispos protestaron y prohibieron a los católicos mandar a sus hijos a las escuelas de gobierno; por su parte el gobierno prohibió toda educación privada o particular. Los maestros que eran católicos tuvieron que dejar sus puestos de trabajo. En fin, una situación por demás intensa y difícil. Además, la educación socialista programaba la educación sexual para los niños y niñas de quinto y sexto año de primaria, con gran escándalo para los católicos. Debemos pensar que estamos en 1934 y que además, no se había dado ningún curso a aquellos pobres maestros; especialmente en la zona rural los católicos se enfadaron muchísimo y no consintieron que se llegara a aquello que les parecía un desatino. En algunos casos reaccionaron brutalmente y algunas comunidades se organizaron para acorralar a los maestros y les cortaban las orejas y la nariz, con el consecuente escándalo en la prensa. ¿Qué hacer? Si los mandan a la escuela, pecan. Si no los mandan, se quedan burros; se hizo un intento de escuelas clandestinas, pero ¿de qué servía eso si no eran reconocidas por el gobierno?
“¿Por qué, mi Jesús? Mira a tu Iglesia tan perseguida, tan humillada. Por María, por aquello que te gusta de la encarnación mística, socórrenos, Jesusito del alma.
— “Yo la salvaré, y los sufrimientos de los míos, se trocarán en gloria para ellos y para Mí. Dame, hija, sacerdotes santos, que en esto se encuentra la clave de la salvación de México. Deja que el mar de la persecución agite sus olas, que Yo tengo todos los hilos, y en un instante puedo deshacer la tempestad y triunfar del infierno. ¿Recuerdas que te dije que iba a probar la fidelidad de los míos? No soy ajeno a las vejaciones de que mi Iglesia y los suyos son víctimas; pero, fe y confianza, que mi poder es infinito, y nadie traspasará una línea más a mis pruebas y a mi Justicia...
Ten paz, y fíen de Mí, que todo soy amor, y sé sacar de los males mi mayor gloria, y celestiales galardones para los míos” (CC, 59, 120. 16 de agosto de 1932).
“Julio 1º. Arrecia en México la persecución religiosa. Es horrible lo que se proponen y ya están llevando a cabo en las escuelas. Enseñanza atea, bolchevique y quitando la inocencia a los niños. ¿Qué sentirá el tierno corazón de Jesús, al ver que le arrancan los niños, de quienes Él dijo: “Dejad a los niños que se acerquen a Mí”?
“Julio 4.
Están denunciados los Misioneros en su Noviciado, Escuela Apostólica y Casa de Sacerdotes. Yo también, inventando que tengo en mi casa una “guarida de frailes y monjas”. Denunciado el Padre Félix que ha tenido que esconderse. ¡Señor, tus Obras! Señor, guarda a ellos y a ellas bajo la sombra bendita del Espíritu Santo, dentro del manto de María, muy en el fondo de tu divino Corazón” (CC, 61, 233. 1 y 2 de julio de 1934).
- Conchita ora y suplica a Jesús que cesen las violencias contra la Iglesia.
- Jesús le pide a Conchita que le “de sacerdotes santos”, en eso está la clave de la salvación del país.
- Jesús es el Señor de la historia y el puede parar las cosas cuando quiera.
- Prueba la fidelidad de los suyos.
- Le pide fe, confianza, paz.
- Conchita, en sus oraciones y en sus expresiones nos está mostrando el amor que siente hacia todo lo que es de la Iglesia, o sea, hacia los hombres y las mujeres que la forman.
¿Cómo podría Conchita darle a Jesús sacerdotes santos? ¿Cómo podría una madre de familia hacer tal cosa? Solamente a través del amor, de la oración, del ofrecimiento diario de la vida, de su abnegación personal, de su sacrificio gratuito. En una palabra, le propone que viva en la ley del amor y confíe ciegamente en aquel que es sólo Amor. La invita a amar en especial, a acrecentar el amor en los tiempos difíciles. ¿Hay algo más aterrizado que esto?
“Pensando yo en tantos pecados con los que se ofende a Dios le dije a mi Jesús, doliéndome la persecución contra la Iglesia.
— Señor: ¿por qué te crías solo las dificultades? ¿por qué no haces con tu infinito Poder, que todos los hombres te conozcan, se rindan y te amen?
— “Porque di libertad al hombre y más le satisface a Dios un sacrificio, una gloria espontánea. El hombre hace mal uso de su libre albedrío, de esa libertad, contra él mismo, porque quiere; tiene mis leyes de suavidad y dulzura, pero no quiere seguirlas y Yo lo dejo, en cierto sentido, pero no creas que lo abandono; me insinúo de muchas maneras a su alma, y lucho, y pido, pero a veces sin resultado, desgarrándose mi corazón de amor. Y entonces, ¿qué hago? Busco víctimas, que en unión Mía expíen ese mundo de pecados ante mi Padre amado, y busco almas, no porque Yo no baste a expiar y a salvar a mil mundos, sino para que cooperando Conmigo, merezcan más cielo. Es un honor de predilección el de asociar almas a mi redentor sacrificio; mas para que sea perfecta la donación de estas almas, necesito transformarlas en Mí, para que así, completando mi Cuerpo místico, perfecto, sean una sola cosa Conmigo para la gloria de mi Padre.
Mi Padre todo lo ve en Mí, todo lo perdona por Mí, todo lo ama en su Verbo encarnado; y las almas que son más Yo, más lo glorifican, más gracias alcanzan para otras almas y más se unifican en la Trinidad” (CC, 64, 156a y 156b.10 de noviembre de 1935).
A Conchita, como a nosotros, nos entra la tentación y la pregunta ¿Por qué Dios no aplasta a sus enemigos? ¿Por qué no se deshace de todos aquellos seres malos que arruinan la paz, la armonía el orden? ¿Por qué no los frena? Y la respuesta es maravillosa. Dios, con su corazón de Padre, deja en libertad a sus hijos para que hagan lo que crean conveniente; aún el mal. No quiere títeres, quiere hijos e hijas que voluntariamente sigan sus leyes de amor y de misericordia. Por eso también invita a algunas personas a unirse a Él que es la gran Víctima, y en unión con Él, expiar los pecados de aquellos que no tienen miedo ni a Dios. Quien acepta unirse a Jesús, es un privilegiado, Conchita entendió esto muy claramente y por eso su vida fue de unión en el amor con su Dios y por eso ella amó incondicionalmente en los tiempos difíciles en que le tocó vivir. Y lo hizo en completa libertad. Podemos decir con toda certeza; ella era una persona buena, no hizo mal a nadie, nunca atentó contra nadie y sin embargo se sintió comprometida con su Dios y con su Iglesia. Se entregó, sencillamente se entregó al Amor ¿No hizo Jesús lo mismo? ¿No hizo María lo mismo? ¿no vivieron ellos en la perfecta ley del amor al Padre y en la búsqueda constante de su voluntad?
Hoy, nosotros, como Conchita lo fue en su tiempo, estamos invitados por Jesús a amar en estos tiempos revueltos, difíciles, pecadores y podridos. ¿Qué queremos responder a la propuesta que Dios nos está haciendo?
Orar con el corazón
Señor Jesús; danos tu Espíritu Santo, Don de dones,
Para amar con Él, pues nuestro amor es pequeño y frágil.
Concédenos la fuerza de ese espíritu de Fuego para alejar el miedo de nosotros.
Danos una gran fe y una gran confianza en que tus planes de amor triunfarán en estas tierras santificadas por la presencia amorosa de Santa María de Guadalupe.
Aleja de nosotros la tentación de claudicar.
Aparta de nosotros el desánimo y el derrotismo.
Queremos amar como Tú amaste y como amó María.
Por intercesión de la Sierva de Dios, la Venerable Concepción Cabrera de Armida, quien no te negó el amor que le pediste, te rogamos que nos concedas realizar en nuestras vidas, tus planes de misericordia para hacer de nuestra patria mexicana un lugar de fraternidad, de respeto a la vida, de igualdad, de encuentro entre nosotros para que aquí sea amado y reconocido tu Corazón, Como es reconocido y adorado en el cielo. Amén.
Dinámica:
Grupal:
- Separarnos en grupos de 10 personas.
- Recibimos una cartulina y un plumón.
- Dialogamos y respondemos:
- ¿Cuáles son las 5 cosas más difíciles que hoy vivimos en nuestro país?
- ¿Cuáles son las 5 cosas más difíciles que vivimos en esta ciudad?
- Anotar lo que respondió el grupo.
- Dialogamos y respondemos:
- ¿Qué puede y debe hacer el Apostolado de la Cruz, como obra, ante la situación que vivimos.
- Anotar lo que respondimos.
Personal:
- Cada una recibirá un postip en forma de corazón.
- Pensar:
- ¿Qué me pide Dios que haga ante esta realidad que vivimos?
- ¿A qué estoy dispuesto a comprometerme por amor a Dios y por amor a la Iglesia.
- Anotar el compromiso.
- Los corazones con el compromiso personal se pegarán en un cartelón durante la misa de clausura y se llevarán en el momento de las ofrendas. (Guardar aparte el compromiso personal que se hizo, para recordarlo todos los días).
CFVS/JMSLP/18.IX.2010
1 Esto es completamente distinto al respeto, aceptación, amor, misericordia, que debemos a cada hermano y cada hermana que se encuentre en una situación de homosexualidad o sea de condición lesbiana.
2 Estoy refiriéndome a Monterrey, pero bien puede ser alguna otra ciudad mexicana.
3 El delegado apostólico, José Ridolfi, le sacaba información a Conchita y luego hablaba mal de ella, en Roma.
4 El padre Mir, que había conocido a Conchita en lo más íntimo, cuando ella decide ya no seguir en la dirección espiritual con él, porque el padre no tenía permiso de sus superiores, reaccionó muy mal ante la decisión de Conchita y en lugar de callarse la boca y ser discreto, habló mal de ella y escribió cartas al delegado apostólico y a sus superiores, sosteniendo que ella era una ilusa.
|
|