Versión Power Point
Antes de entrar en el tema, me gustaría dar algunas nociones para iluminar nuestra reflexión:
Al hablar de moral, entiendo como la disciplina que trata de la valoración ética de los actos humanos, además de conjunto de principios y de normas morales que regulan las actividades humanas. Del griego «ethos», el término ética equivale etimológicamente al de moral (del latín «mos, moris»: costumbre, modo de comportarse); sin embargo, el uso parece asignar a este segundo término una connotación teológico-religiosa, atribuyendo al primero otra más filosófica, o bien reserva el de moral para la moral práctica o vivida, mientras que designa con el de ética la reflexión sistemático-filosófica sobre dicha moral. En definitiva, por moral entendemos el conjunto de normas y reglas de acción destinadas a regular las relaciones de los individuos en una comunidad social dada.
Partiendo de esa definición de moral, el significado, función y validez de esas relaciones, se ven obligadas a variar históricamente en las diferentes sociedades, del mismo modo que unas sociedades suceden a otras, dado el carácter cambiante de la misma vida del hombre.
Con todo esto se puede decir que el modo de entender la moral cambia a través de los tiempos, o, dicho de otra manera, que tenemos diferentes tipos de morales según el momento histórico en que nos encontremos; así se puede hablar de una moral feudal, que se da en la edad media, una moral burguesa en la sociedad moderna, etc.
La moral es en definitiva un hecho histórico, y por tanto, la ética, como ciencia de la moral, no puede concebirla como algo dado de una vez y para siempre, sino que tiene que considerarla como un aspecto de la realidad humana que cambia con el tiempo; y como tal, la moral se caracteriza por estar haciéndose constantemente, produciéndose de una manera continua a través del tiempo.
Aclaro que, esto es en cuanto el modo de entender y vivir las costumbres, pero en cuanto a los valores en sí mismos, éstos no cambian. La verdad será siempre verdad, y lo mismo la paz, o la justicia, o la libertad o la honestidad.
ANTES.
En tiempos de Conchita, se vivía la moral victoriana, que es un fenómeno sociológico que está correlacionado con la prosperidad material de la burguesía durante aquel tiempo y que provocó el que los valores éticos de este grupo social se convirtiesen en la única escala de valores aceptable socialmente: el autoritarismo patriarcal en la familia; la condena de cualquier hecho relacionado con el sexo; la gazmoñería en las costumbres; la huida de cualquier referencia a lo desagradable de la vida y en general la defensa del orden establecido basándose en un respeto falso eran las claves de aquella vida social que se resistió duramente a aceptar cualquier tipo de cambio o innovación que alterase alguno de aquellos valores.
La reina Victoria (1819-1901) y el príncipe Alberto fueron un ejemplo de buenas costumbres y fervor religioso. La pareja real sentía la obligación moral de dar el buen ejemplo a sus súbditos. El divorcio, la coexistencia de parejas y los embarazos al margen de la institución matrimonial, las relaciones sexuales prematrimoniales y la homosexualidad, fueron las peores transgresiones que podían realizarse contra el modelo familiar victoriano.
Con el surgimiento de la burguesía como nueva clase social, apareció también un nuevo modo de regular las relaciones entre los individuos, con lo que se gestaba también un cambio importante en la moral. Desaparecieron las trabas feudales para crear un mercado nacional único, y un estado centralizado que acabaran con la fragmentación económica y política.
Es esta época la de las grandes revoluciones liberales, que alcanza su expresión clásica a mediados del siglo XIX, y que tenía como ley fundamental la ley de la producción de plusvalía. Esta ley, cuyo único fin es buscar el máximo beneficio, generará una moral propia, en la que el culto al dinero y la tendencia a acumular los mayores beneficios, constituirá el caldo de cultivo para que entre los individuos florezcan sentimientos de egoísmo, hipocresía, cinismo e individualismo exacerbado.
La información secuestrada.
En el siglo XIX la información y la formación se encuentra concentrada en los centros del saber, la Universidades a las que no pueden acceder las mujeres ni los pobres. El periódico es “cosa de hombres” y sólo lo pueden leer muy pocos, por cuestión económica y por la terrible tasa de analfabetismo, en México, de 80%. La cultura, como hasta hoy, casi es un fenómeno de elite. Está concentradísima en unos cuantos.
Los modelos de relación.
Eran jerarquizados y estáticos. Prácticamente no se conoce otra opción que el noviazgo, el matrimonio y en algunos casos la vida religiosa y sacerdotal. No hay divorcio ni, abiertamente, relaciones homosexuales. Formar una familia es el modelo único al se que aspira generalmente.
Hay claridad de objetivos.
Para los jóvenes de fines del siglo XIX, los modelos de futuro a los que podían aspirar son, ciertamente, muy claros. El que no los asume, es un proscrito de la sociedad.
HOY
¿Amorales o inmorales?
Con la palabra amoral se califica a los individuos que aún no poseen sentido de la moralidad, como en el caso de los niños. Amoral es no poseer, ni saber lo que es ser moral.
Con la palabra inmoral calificamos a las personas que sabiendo lo que son las buenas costumbres, la ética, el perfil de una buena persona, buen ciudadano y el respeto que se debe de tener a las normas sociales y leyes no le prestan menor cuidado y no las cumplen o las infringen. Inmoral es realizar actos en contra de la moral conociendo la moralidad.
¿Qué vivimos hoy?
Estoy convencido que la causa principal de los males que nos agobian como sociedad y como individuos es haber permitido que la amoralidad (ausencia de moral) y la inmoralidad (contrario a lo moral) se adueñaran de nuestra vida y de nuestro destino.
Dejaron de tener vigencia los valores morales (justicia, verdad, respeto, tolerancia, compasión, lealtad, prudencia, honestidad, esfuerzo). Fueron sustituidos por una suerte de antivalores (injusticia, irrespeto, deshonestidad, irresponsabilidad, engaño, infidelidad, intransigencia, cobardía, impunidad). ¿Es esto el cambio de moralidad de época? Por supuesto que no; a esto llamo evaporación de los valores.
Luego, los violentos, los corruptos, los vivales, los aprovechados, los demagogos y los canallas pasaron a reinar en una sociedad decadente, ignorante, masoquista, dividida y temerosa. En su seno triunfan los oportunistas, los ladrones, los crueles, los impostores y los malandrines. Por el contrario, pierden los legales, los competitivos, los respetuosos y los esforzados.
La sociedad rinde tributo a la perversidad, la simulación y la corrupción. Se ensalza a todo aquel que burla la ley con éxito, es decir impunemente. Listo se dice de aquel que se aprovecha o roba sin que lo descubran o castiguen.
Liberalización de la información.
Podemos acceder a todo tipo de información; a todo aquello que ayude, construya, ilustre, ilumine, pero también a todo aquello que daña, hiere, confunde, aterroriza, masacra el interior. La Internet, el cine, los nuevos medios de comunicación como la telefonía celular, el Ipod, Iphone, etc., están cambiando nuestras vidas y conceptos a pasos acelerados. Hoy las personas vivimos “conectados” a través de una anónima red de relaciones.
Los nuevos modelos de relación.
Parece que nuestros modelos de familia están en crisis total; la familia patriarcal es, cada vez más, un modelo en crisis. Hoy el modo de conocerse es a través del Facebook, twitter o relacionarse en el Chat. Muchas parejas se concretan de ese modo. Se habla de desintegración familiar, de violencia intrafamiliar, ausentismos del padre, divorcio Express, madres solteras, parejas homosexuales y su figura cada vez más normal y acogida en la sociedad. Se introyecta un nuevo modelo de convivencia, cada vez más alternativo y caótico.
Nuevos modelos difusos.
¿Qué modelos se ofrecen a los jóvenes hoy? Parece que no hay una claridad sobre las opciones a las que puedan optar en el noviazgo, el matrimonio, el futuro de los hijos. Hoy las parejas se conocen y/o re-conocen en los “antros”, en medio de nubes de humos de cigarro, de tufo a marihuana, excitados por el alcohol, cuando no por alguna droga y en medio de la estridencia de una música que favorece todo menos la intimidad. La propuesta de relación que la sociedad ofrece a los jóvenes de hoy es decadente: unirnos para huir de nuestras mutua soledad; unirnos para darnos placer, mientras dure; unirnos para matar el tiempo; unirnos para andar juntos para no aburrirnos, para divertirnos. Unirnos porque no hay nada mejor que hacer; para escapar de la dura realidad. No hay una propuesta clara de hacia donde se quiere llegar. Los “ídolos” de la farándula, se casan y descasan con mucha celeridad y exhiben sus vidas con toda procacidad.
En este agitado laberinto, se encontró Conchita y me encuentro yo.
Cuando reflexionamos sobre Concepción Cabrera de Armida, me da la impresión de que no somos concientes en toda su amplitud de todo el esfuerzo que significó para ella —y para su novio— mantener las opciones de su vida. No tienen nada de “romántico” o de “Light”, sino que, en medio de una sociedad, también enredada en sus quehaceres e intereses, complejísima como la nuestra, llena de lacras y tendencias egoístas, ellos fueron haciendo y manteniendo las opciones de sus vidas. No fue fácil.
¿Con qué contaba Concepción para hacer sus opciones?
Con una educación en el amor, esmerada:
Mis padres fueron excelentes cristianos. En las haciendas siempre rezaba mi padre el rosario con la familia, los peones y gente del campo [...]. Cuando por alguna ocupación urgente no lo hacía, quería que yo lo supliera. A veces llegaba antes de concluir, y a la salida [de la capilla] me regañaba de mi poca devoción. Era muy caritativo con los pobres y de carácter alegre y franco (Aut. Hojas sueltas, 365).
Ni a mi padre ni a mi madre les gustaban los melindres. De 6 años me subieron a caballo sola, y la primera vez, se espantó sobre parado, y me caí. Acto continuo, sin dar importancia a mis lágrimas, mandó mi padre que tomara un vaso de agua, y otra vez arriba. Así les perdí yo miedo a los caballos, llegando a tener hasta vanidad de montar los muy briosos y que otros tiraban (Aut 1,15-16).
Mi madre tuvo mucho cuidado en la formación de mi corazón; en corregirme, en humillarme, en hacerme amar la pobreza y en evitarme toda clase de amistades (V 1,19-20).
De cosas de la casa sí nos enseñó mi madre, desde fregar suelos hasta bordar. A los 12 años ya llevaba yo el gasto de la casa; y en la hacienda a ordeñar, hacer pan, cosas de la cocina. Nunca nos dejaba mi madre en la ociosidad, teniendo sobre eso un cuidado especial.
Remendar y coser, cuanto hay, dulces y adornos de repostería lo mismo, cuidando además de humillarnos mucho y de no dejarnos levantar la vanidad. En modales y eso, no se diga; mucho trabajó la pobrecita sobre el particular.¡Cuánto nos enseñó a contrariar la voluntad! Muchos domingos nos llevaba de paseo, al hospital, a ver muertos y heridos. Apenas había un enfermo grave en la familia, desde muy niña me llevaba a velar, a servirles en cuanto podía. Me hizo ver morir a hombres, mujeres y niños; ricos y pobres, enseñándome a no tener miedos, ayudarles con oraciones, vestirlos, tenderlos, etc. (V 1,50-51).
Pero era también, en medio de esa educación cristiana seria y sostenida, una chica traviesa y revoltosa.
Me enojaba con mis hermanos, peleaba con ellos, desobedecía a mis padres, me cogía el dulce o la fruta, decía mentiras, en fin, fatal en temporadas. Luego me componía, y otra vez a ofender a mi Jesús (V 1,26).
Conchita cuenta con:
Padres que fueron excelentes cristianos que educaron para el amor y la entrega, que le doblegaron la voluntad, que le eseñaron los valores de la vida verdadera; que le atajaron desde temprano cualquier moviemiento de egoísmo, complacencia de clase, vanidad o soberbia; la enseñaron a servir, a ser humilde. Ella pudo ofrecer esto a su novio.
¿Con qué cuento yo?
Cada persona se enfrenta a la vida con luces y sombras. ¿Qué elementos positivos alientan mi futuro? ¿Con que voy a sustentar mi vida de mañana?
Encuentro con Pancho.
Conchita Cabrera y Francisco Armida, se encuentran por primera vez en un “antro” de aquel tiempo y de la clase social correspondiente a los Cabrera Arias; en “La Lonja”, Club social potosino, en donde se reunían las familias de la mejor sociedad de esa ciudad.
Se iba ahí por compromiso social, porque se pertenecía a una clase, alta, en este caso.
En la experiencia personal de Conchita hay un choque ante el encuentro de ese mundo, desconocido para ella.
Yo no quería dejar de ser niña, dejar los juegos, las cosas que me gustaban en las haciendas. Y de pronto, que me veo atrapada en los compromisos de los mayores. Jamás había tenido yo que “quedar bien” y de repente comenzaron a decirme cómo me debía reír, cómo debía caminar, cómo debía saludar… ¡un martirio! (Conversaciones 4, 69).
Ella es una mujer, una niña, libre, acostumbrada a andar a caballo, a retozar con sus hermanos, a no tener más norma que la vida “al natural” y de momento se encuentra con un mundo social adulto, lleno de convencionalismos y reglas.
A Conchita todo aquello, le dolió. Le dolió dejar de ser niña a los 13 años, dejar de conducirse con toda naturalidad, tener que aprender a vestirse como no le gustaba, a arreglarse para gustar a otros. Pasó de un mundo infantil a un mundo adulto, sin estar preparada. Y en esa coyuntura, conoce a Francisco, joven de 17 años.
El muchacho se lanza al ruedo con una forma que hoy nos provoca una sonrisa; utiliza como arma para seducir a Conchita un chantaje muy claro:
Es la primera vez que tiene a esa muchacha de frente; la había conocido cuando ella cabalgaba por las calles de la ciudad cumpliendo con un “régimen higiénico” que le recetó el doctor por lo acelerado de su crecimiento. Pero en ese baile del 16 de enero de 1876, segunda vez que la ve y baila con ella, Pancho se le declaró diciéndole que “sufriría mucho si ella no lo amaba, que sería infeliz toda la vida si ella no le correspondía”. A Conchita, aquello le pareció muy raro y, le corresponde, por pura compasión… Francisco no sabe que esa muchacha tiene un corazón muy sensible, que es muy tierna, que es incapaz de provocar sufrimiento en otros.
No se conocen, no saben que hay en el interior de cada uno, son unos jóvenes que se abren apenas a la vida. Pero van a iniciar un largo camino de noviazgo. Éste durará del 16 de enero de 1876 al 8 de noviembre de 1884 en que se casan… ¡Nueve años! Es verdad, eran unos niños. ¿Cómo podríamos pensar que esa era una opción madura? Difícilmente podríamos hacerlo. Y de hecho, no lo era.
Pero el noviazgo es para eso, para conocerse, para tratarse, para descubrir si hay las condiciones necesarias para fundar una relación estable y fructuosa, que llamamos familia. Y para ver si la otra persona conviene a mí proyecto personal de vida; si concuerda con mis ideales y mis aspiraciones.
Los nueve años de noviazgo de Concepción y Francisco van a ser una escuela. Concha descubre, poco a poco, una cualidad en su novio, que la hace, no enamorarse, sino amarlo; esa cualidad destaca sobre todas las demás. Veamos cuál es:
Me fastidiaba todo lo caduco, lo que brillaba, lo que no era sólido, lo vano y ficticio. Nunca los trapos me llenaron el corazón. Yo sentía otra cosa muy grande dentro del alma; un vacío inmenso que pensé llenarlo casándome con un hombre tan bueno y que me quería como Pancho, y ése era mi anhelo y mis peticiones a Dios, a Señor San José y a la Santísima Virgen (V 1,80-81).
Descubrió que aquél muchacho, era bueno; aquilató y valoró algo que ni entonces ni ahora están a la alza en el mercado de las relaciones: la bondad del corazón. Y no es porque a la muchacha le faltaran opciones; uno podría pensar, vaya, lo que pasa es que ni quien se le acercara; pero no:
Varios pretendientes ricos me perseguían [...], pero yo nunca quise ni correspondí más que a Pancho. Alguno se dirigió a mis padres para comprometerme, pero ellos no coartaban mi libertad y sólo me aconsejaban prudentemente (V 1,71-74).
Me hacían mucho caso en los bailes. Siempre tenía las etiquetas o programas llenos desde que llegaba; y después, ¡qué flojera tener que bailar tanto! Dicen que hay peligro en los bailes, y ahora lo comprendo, pero yo bailaba como con una silla, porque me sacaban, pero sin más fin que complacer.
Las modistas me adulaban de buen cuerpo. Tenía vanidad, pero no inclinación a ella; seguía la corriente, me gustaba agradar a mi novio con suma sencillez y no más. Me adornaba sólo en los minutos que pasaba o iba a visita Pancho y, en seguida, apenas iría en la esquina, me despojaba de todo. Me estorbaban los aretes, los anillos, etc. (V 1,79-80). De estos textos sacamos varias conclusiones interesantes: Conchita, además de ser guapa (hay fotos), tenía buen cuerpo, tenía “pegue” con los muchachos, la sacaban a bailar siempre, no era de las que se quedaben santadas: a ella también le gustaba gustar… cuando menos al novio. Y una cosa interesante y sorprendente. Si Conchita conoció a su novio en su segundo baile, y desde entonces quedó ligada a él, quiere decir, por lo que ella misma nos cuenta, que, a pesar de tener novio, bailaba también con otros muchachos; que ella también tenía la posibilidad y la oportunidad de que “otros pretendientes”, se le acercaran. ¡Gran lección! Para las parejas de novios de hoy, que no se dejan ni respirar, que están todo el día uno encima del otro; que viven como si fueran casados, o peor, pues los casados no están abrumándose uno al otro generalmente. Hoy los novios están todo el día juntos, o conectados al chat, al móvil, a la dependencia. El noviazgo, en Concepción y Francisco, cumplió largamente su objetivo: fue el ámbito en el que se conocieron para saber si eran el uno para el otro. Fue lo que debe ser, una escuela para la fidelidad y para la libertad. Contrastaron sus proyectos de vida y coincidieron. El suyo era un amor puro, era un amor en libertad, en donde la intimidad estaba ocupada no sólo por el recuerdo del novio, sino por quien de verdad llena totalmente el corazón, por Dios. Por eso ella va a declarar:
A mí nunca me inquietó el noviazgo, en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios. Se me hacía tan fácil juntar las dos cosas. Al acostarme, ya cuando estaba sola, pensaba en Pancho y después en la Eucaristía, que era mi delicia. Todos los días iba a comulgar y después a verlo pasar. El recuerdo de Pancho no me impedía mis oraciones (V 1,71-74).
Concepción y Francisco hicieron este viaje juntos y fueron haciendo opciones juntos. No sabemos cuál era el proyecto de Pancho como esposo y padre, porque no nos lo dejó escrito, pero sí sabemos el proyecto de Conchita, que al ser acogido por Pancho se volvió un proyecto conjunto:
Sentía hambre de ver a Dios amado y me iba al Sagrario de Catedral y le decía: «Señor, me quiero casar y que me des muchos hijos para que te amen; ya ves que yo no sirvo, y quiero verte amado». Todos los días le escribía una carta e iba a leérsela al Sagrario (Aut Hojas sueltas, 369).
El día 8 de noviembre se efectúo mi matrimonio. De las 12 de la noche a la una recé «la hora de quince» a la Sma. Virgen, al entrar el día en que iba a hacer feliz o desgraciado a un hombre. (Aut 1,33).
El proyecto matrimonial de Concepción: hacer feliz a un hombre, tener muchos hijos, amar a Dios y verlo amado. Tres patas de un banco de gran estabilidad. Ni rastro de egoísmo en el proyecto. Pura entrega.
¿Cuáles son los proyectos de matrimonio que se hacen hoy los jóvenes? ¿Qué pretenden encontrar en el otro, qué están dispuestos a dar, qué los motiva?
No podemos proponer el noviazgo de Concepción y Francisco como algo que se pueda realizar de igual modo que ellos lo realizaron de 1876 a 1884, pero la opciones profundas que ellos vivieron, no están sujetas a un cambio de moral histórica, entendida como costumbres, puesto que los valores que sustentan la vida cristiana y las opciones fundamentales para los seguidores de Cristo son siempre las mismas.
- Libertad en el amor
- Respeto por la persona del otro
- Educarse en la fidelidad
- Educarse en la entrega
- Apertura a la vida
- Con Dios como centro
Conchita, respondió con todas sus ganas a ese proyecto de noviazgo y de matrimonio, pero Francisco también lo hizo:
Tengo que agradecerle a Pancho que jamás abusó de mi sencillez; fue un novio muy correcto y respetuoso, y yo siempre, desde mi primera carta, lo llevé a Dios. Me cabe la satisfacción de haberlo inclinado a la piedad, siempre; le hablaba de sus deberes religiosos, del amor a la Santísima Virgen. Él me regalaba oraciones y versos piadosos, el Kempis en un estuchito hermoso, etc. Los viernes no pasaba [a verme] en honor del Sagrado Corazón.
Lo hacía que frecuentara los sacramentos en lo posible. Me adornaba y componía sólo para gustarle a él; iba a los teatros y a los bailes con el único fin de verlo; todo lo demás no me importaba. Y en medio de todo esto, no me olvidaba de mi Dios, las más veces lo recordaba y me atraía de una manera indecible (V 1,71-74).
Francisco “se dejó” conducir por su novia hacia unos derroteros que quizá él no conocía, pero que intuía que le traerían buenos resultados. Llegó a sentir y a amar las mismas cosas que su novia. Se dejó hacer por la gran sensibilidad religiosa de Conchita y secundó todas sus peticiones. Fue un novio modelo de respeto para aquella muchacha sencilla, pura de corazón y de sentimientos. Se involucró con sus intereses religiosos y sus intereses de familia.
Concepción y Francisco llevaron una vida matrimonial feliz y llena de satisfacciones. Estuvieron casados 17 años; tuvieron 9 hijos. Enfrentaron juntos crisis económicas, enfermedades, la pérdida de un hijo, Carlos, de 6 años de edad. El traslado de su residencia de San Luis Potosí a la ciudad de México; el crecimiento espiritual y material de su familia y todo esto, juntos. El noviazgo que llevaron los preparó para llevar aquella vida de unión tan profunda que significa el matrimonio cristiano, –Iglesia/Cristo; Concha/Francisco– en donde se comparte principalmente la entrega en favor de sus hijos. Cuando Francisco murió de tifo a los 43 años en la plenitud de su vida, el año de 1901, Conchita, con el corazón traspasado por el dolor escribió:
Cuando pienso en mi marido, en su cariño, en su bondad, en mil y mil atenciones que antes no las apreciaba, me parecían naturales; ahora comprendo su valor. Pienso y palpo la falta moral de su sombra, de su apoyo, de su respeto [...]. Me hace falta como su calor, su amparo y amor, y consejos para mis hijos y para muchas cosas exteriores.
Necesito la energía de un padre, la dulzura de una madre a la vez, y esto puesto en práctica y a cada momento, estudiando el carácter y las inclinaciones de cada uno de mis hijos. Estoy en ratos cansada, agobiada, adolorida, enferma, y sin embargo tengo que hacerme toda para todos (CC 17,314-315: 23 diciembre 1901).
Conchita y Francisco nacieron para ser esposos; se complementaron porque ellos quisieron entregrase mutuamente sin egoísmos y sin reservas. Esta es la grandeza del amor cristiano que no se improvisa. En un mundo complejo, de opciones múltiples, el seguidor de Jesús, ha de saber escoger lo bueno, lo perfecto, lo que agrada a Dios. En los tiempos de Pancho y Conchita privaba el individualismo, la falsedad, la doble moral, el elitismo, la mojigatería; pero ellos supieron construir un hogar con las sólidas bases de su fe en Dios y su entrega mutua. Y ese es el secreto.
En nuestros tiempos vivimos mil situaciones complejas que no hemos de repetir, pero también vivimos la posibilidad de escoger la vivencia de un noviazgo puro, libre, entregado, generoso y con miras a la fidelidad. ¿Tú, qué escoges? |