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Concepción Cabrera de Armida y el sello mariano de la Iglesia.

Juan Gutiérrez González, M. Sp .S.

 

 

                  

El principio que unifica su vida y sistematiza su doctrina espiritual.

Cuando se leen las miles de páginas de la Cuenta de Conciencia de nuestra mística potosina, el lector seguramente se pregunta si en esa abundancia de experiencias de Dios y de temas maravillosos del Dogma Católico, se puede acaso percibir algún principio de unidad que unifique esa existencia. También uno se pregunta si hay un principio que ayude a sistematizar de alguna manera esa riqueza espiritual de tantas intuiciones espirituales que el Señor le concede en forma de luces intelectuales y que son un acerbo de doctrina.
Naturalmente que si se trata de experiencias de Dios que el Señor le regala, en la mente de Dios guardan unidad y ésta se palpa y se trasluce en la existencia del místico. Este  reproduce en su vida unificada el Proyecto de Dios sobre él. En el caso de Concepción Cabrera se da también, además de esta unidad de existencia, la unidad de doctrina espiritual que debe transmitir.
Para captar estos principios de unificación de vida y de sistematización de doctrina es necesario haber leído y releído hasta el final todas las páginas de su Cuenta de Conciencia. El fruto del trabajo paciente con el que se abarca el maravilloso contenido de la Cuenta de Conciencia,, no es otro que el del proyecto de Dios realizado en la vida del místico con miras a ser transmitido para beneficio de muchos. «Son muchas gracias para una sola alma», le dirá el Señor varias veces. Y por esta finalidad de universalismo, Concepción Cabrera, como muchas otras místicas y místicos, deberá emprender el laborioso y muchas veces doloroso trabajo de escribir las locuciones interiores con las que el Señor la enriquece.1 Quiero parodiar a este propósito las palabras de H. Bergson aplicándolas a Concepción:

«Ella ha abierto una vía por donde otros hombres podrán caminar y ha indicado por lo mismo al filósofo de dónde venía y hacia dónde iba la vida.
Porque el amor que consume al místico no es simplemente el amor de un hombre para con Dios, es el amor de Dios para todos los hombres. A través de Dios, por Dios, el místico ama a la humanidad con un amor Divino»2.

Abordamos ahora el Principio cuya importancia acabamos de subrayar.

Te he regalado en cierto sentido, algo de María, que fue Madre siendo Virgen.

En varias ocasiones el Señor le hace tomar conciencia de que le ha concedido como favor muy especial algo de lo que se dio en la Virgen María quien siendo Madre fue Virgen al mismo tiempo. Naturalmente que no se trata de la concesión de una fracción de las riquezas espirituales de María, sino de una verdadera analogía. En otras palabras se trata de una similitud pero con marcadas diferencias entre ella y María.3 Este favor concedido a ella de ser Virgen aunque sea madre, se lo recuerda 10 años después en julio de 19064 y también en febrero de 1907. 5
Esta conjunción de maternidad y virginidad se da en la Iglesia. La Constitución Dogmática sobre la Iglesia lo afirma en el n. 63 al hablar de María modelo de la Iglesia. Para hacer ver donde está el punto que permite la similitud de maternidad-virginidad, el Concilio recalca el papel tan importante que jugó la fe de María en el misterio de la Encarnación del Verbo y de su maternidad divina: «Por su fe y su obediencia engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre y esto sin conocer varón, bajo la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, prestando su fe, no adulterada por duda alguna..., al mensaje de Dios» (LG 63).
La Iglesia, por su parte, también es virgen y madre (LG 64). «Es madre por la palabra de Dios fielmente recibida: por la predicación y por el bautismo engendra la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (LG 64).
La maternidad de la Iglesia está también fundada en la concepción del Verbo, y la predicación del Verbo engendra a su vez nuevos hijos. De esta acogida de la palabra de Dios, el más elevado modelo es María a quien la Iglesia no sólo consagra su meditación, sino que la imita. Acoger la palabra significa cumplirla, como enseña Jesús en el Evangelio. De este modo la Iglesia se hace madre de una vida inmoral gracias al Espíritu de la nueva creación6.
«La Iglesia también es virgen, guardadora, íntegra y pura de la fe dada a su esposo, e imitando a la madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, guarda virginalmente íntegra la fe, sólida la esperanza, sincera la caridad» (LG 64).
La virginidad, que también para la Iglesia es la condición de su fecundidad, consiste en la práctica fiel de las virtudes teologales, y esto, una vez más, a ejemplo de María y por la virtud del Espíritu Santo7. Estas especulaciones no son nuevas; provienen directamente de los Padres y se apoyan en la Sagrada Escritura. El término lapidario «typus Ecclesial» es de san Ambrosio: «María estaba desposada pero era virgen, y de este modo es ella tipo de la Iglesia virginal que es la esposa de Cristo»8.
Podemos situar el carisma que el Señor le concede a Concepción, de ser al mismo tiempo virgen y madre dentro del paralelismo de María y la Iglesia, que someramente ha expresado la Constitución sobre la Iglesia, pero que tiene raíces hondas en la Patrística.
Es lógico plantear la pregunta: ¿a qué clase de virginidad se refiere el Señor? Es claro que la virginidad, en el sentido que se aplica a la Iglesia, puede particularizarse en Concepción y referirla, como en el caso de la Iglesia, a una virginidad de la fe. Se trata ahí de una fe intacta e incorrupta. Se trataría, entonces, de imitar la fe de María. Pero ¿hay algo más particular en el caso de Concepción, cuando el Señor le dice: «Te he regalado en cierto sentido, algo de María, que fue Madre siendo Virgen» (CC 8, 129-130. T. 704).
Se trata, entonces, de evidenciar el carácter específico de la experiencia ascética y mística de la venerable Concepción Cabrera de Armida. Este carácter específico es la fe profunda que animó toda su vida. La fe fue el alma y el sello de todas las elecciones, opciones y decisiones de su vida.
La belleza y la fuerza de la fe de María, de la de  Concepción Cabrera consistió en haber escogido desde la adolescencia, consagrarse al Amor absoluto. Ya a esta edad le atormentaba el deseo de encontrar el amor sin reserva y sin límites. En su autobiografía hay una página que ilumina y parece ser la clave de lectura del gran libro de su vida:

Al ver, a pesar de todo lo bueno de mi marido, que el matrimonio, no era aquel lleno que yo me había figurado, instintivamente se fue mi corazón más y más a Dios, buscando en Él lo que le faltaba, pues el vacío interior había crecido a pesar de todas las felicidades de la tierra (Aut. I, 36).

Esposa joven, ignorante del componente corpóreo del amor conyugal, habiendo hecho la experiencia de los primeros días de vida matrimonial, comprende que ha hecho una elección de vida diversa de aquella con la que siempre había soñado, ya que el amor humano, aun el más noble y el más santo, no le ha abierto las puertas del Amor absoluto. Entonces decide entregarse totalmente a Dios y buscar sólo en Él la felicidad.
No se trata, de ninguna manera de un desprecio del amor humano, sino de la constatación de su insuficiencia, al no ser absoluto y no poder saciar la sed de infinito.
Concepción Cabrera no hace ninguna referencia a una eventual desilusión debida al hombre que ha escogido, ni siquiera una condenación de la sexualidad. En cambio, en sus palabras está la desilusión de no haber entendido hasta ahora que el Amor Infinito, tanto tiempo buscado, no se encuentra en la entrega de sí hecha a otra creatura. Nos encontramos frente a una variante del «Quaere supersum» agustiniano. Solo el ser Infinito es el Amor Infinito y sólo Él puede extinguir nuestra sed de Infinito.
Es interesante leer que Concepción no piensa tampoco, ni por un momento, sustraerse a sus deberes conyugales, sino que acepta con dedicación total, vivir su experiencia de mujer y después de madre.9 Acepta, desde ese momento, la responsabilidad de una fidelidad continua, de una maternidad que se renueva nueve veces; acepta la responsabilidad de la educadora. Pero su alma, buscará siempre otra cosa, otra persona: buscará sólo a Dios.
Vivir en este mundo, pero no de este mundo, sin atarse a él, fue la aspiración continua de su existencia.
El Señor le dijo: «Tú para Mí, eres virgen» (CC 8, 129-130. T. 704). «Tú tienes la virginidad que Yo más estimo, que es la del alma» (CC 13, 33-34. T. 1230).
Pensar que estas palabras que el Señor le dirige consisten en una elección por la castidad virginal con preferencia sobre la castidad conyugal, me parece que empobrece el alcance de una consagración que engloba también los valores de la virginidad, pero que tiene como fundamento a Aquel que es Amor Infinito.
En esta consagración a Dios, en esta ofrenda total del propio amor al Amor Infinito, me parece que está la raíz de una fe heroica, como aceptación incondicionada del Primado de Dios.
Conviene recordar aquí la distinción que presenta san Agustín entre la «virginitas carnis» (la virginidad de la carne) y la «virginitas cordis»(la virginidad del corazón). La virginidad de la carne es la integridad corporal y la virginidad del corazón que también la llama virginidad de la fe «virginitas fidei», es decir, es la integridad y pureza de la fe.10

 Concepción Cabrera, madre con un reflejo de María.

«Eres madre con un reflejo de María; madre místicamente Mía y de mis Sacerdotes» (CC 50, 176. T. 3199).

Estas palabras, unidas al tema maternidad y virginidad en la Madre de Jesús y en nuestra mística mexicana, como veremos en los siguientes puntos, son el principio que permite considerar la unificación de su vida y sistematizar su doctrina.
Según los textos comentados anteriormente, la similitud con María consistía en que ambas, María y Concepción, eran Virgen y Madre a la vez.
Ahora, la similitud o analogía entre Concepción y María, consistirá en la maternidad. Se trata, en Concepción, de una maternidad espiritual o mística. Veamos esta otra serie de textos que relacionan a Concepción Cabrera con la maternidad de María.

Y continuó (el Señor):
«Yo en cierto sentido, he venido a ser Hijo de tu corazón…, que soy en cierto sentido, como hijo de tu corazón, como si tu corazón, hija, fuera mi madre... y quiero que sea, que sea, pero como fue el de María, con sus mismas virtudes y cualidades. Imítala, estúdiala y modela tu corazón con esta bella imagen» (CC 25, 126-129. T. 2027).

Pero el Señor, como es natural, se encarga de explicarle en qué sentido es esa maternidad. El siguiente texto previene de un sentimentalismo ilusorio: «¿Por qué he querido que me llames hijo?» (CC 25, 26-29). «Porque a Mí deben pertenecer esos cariños que voy arrancando de tu corazón» (CC 31, 232-237. T. 2320).
El Señor le explica aun el sentido que ella debe darle a la palabra corazón, para poder entender correctamente lo que quiere decir que Él es hijo de su corazón:

«Al decir que soy hijo de tu corazón, claro está que hablo no del corazón de carne, sino del centro de la vida y de los sentimientos que ahí existen, pero soy hijo de tu alma, de tu espíritu, y por eso como madre, sólo me puedes alimentar con las virtudes que son gracias emanadas del Espíritu Santo» (CC 31, 232-237. T. 2320).

Amar al Verbo Encarnado como madre, significa que ese Hijo está enclavado en el corazón, es decir, en el centro de la vida y de los sentimientos de la persona. Significa también que a través de las virtudes la persona se une a Él y se logra una transformación en Él, pero a la manera como la madre logra transformarse por el amor en el Hijo.
Poco a poco, a lo largo de los siguientes tomos de su Cuenta de Conciencia se explicará la realidad muy verdadera y del orden del espíritu que se encuentra contenida en la analogía metafórica con la cual guarda cierta similitud con la Virgen María. Por ejemplo, valga citar este texto que hace ver una de las resonancias en ella y en la Iglesia el hecho que sea Madre espiritual de Cristo.
Se trata del mensaje que ella debe transmitir a los sacerdotes y que supone una confidencia de Jesús a ella, a la manera como el hijo vierte en el corazón de la madre, aquello que más le afecta: «¿Y por qué crees que me he servido de ti para derramar por tu conducto a mi Iglesia y a los que la forman, estos secretos de mi corazón?» (CC 50, 176-178. T. 3199).
El Señor mismo se extiende en aclararle esta cuestión. Esta aclaración mira al papel y al lugar que ella ocupa en la Iglesia. Al mismo tiempo le insiste en la relación que ella guarda con la Virgen Madre:

«Porque eres madre con un reflejo de María; madre místicamente Mía y de mis Sacerdotes, porque, ¡oh secreto maravilloso que ignorabas! al obrarse la Encarnación Mística en tu corazón, el Espíritu Santo, por la fecundidad del Padre, puso en tu alma al Verbo, y con Él, hija, también a sus Sacerdotes» (CC 50, 176-178. T. 3199).

Ahora el Señor subraya que esta maternidad mística, tiene que ver mucho con la insigne gracia de la encarnación mística:

«...por tu maternidad mística del Sacerdote Eterno, se reflejó en tu alma también la de los Sacerdotes, que no se separan jamás de Él porque deben representarlo a Él, transformados en Él» (CC 50, 176-178. T. 3199).
«Este es tu parentesco o filiación especial con la Iglesia y sus Sacerdotes; gracia eminente que se produce irremisiblemente de la gracia de la Encarnación Mística y es derivación de esta gracia» (CC 50, 176-178. T. 3199).

Por eso el amor que ella guarda a los sacerdotes no proviene de un sentimiento meramente humano, de admiración o de cierta compasión por ellos, debido a la existencia ardua que deben llevar. El origen de ese amor, es el amor a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Ella es constante relación al Misterio de Cristo, cuyo corazón lleva las más profundas alegrías y las más profundas penas:
«Y por eso eres, y tienes que ser, el eco de mis amores y de mis dolores, como lo fue María (en pequeña escala), y por eso también el eco vibrante en ti del desahogo de mis penas por lo que más amo, debe pasar por tu pecho maternal, para bien de mi Iglesia y de los suyos» (CC 50, 176-178. T. 3199).

Y concluye esta página el Señor: «Por eso en unión de María, debes amar a los Sacerdotes, y abrir tu corazón para que en él quepan» (CC 50, 176-178. T. 3199).
Nos preguntamos: ¿podemos tener hacia Jesucristo sentimientos maternales? Por lo pronto demos esta respuesta tomada de H. U. v. Balthasar: «Desde que Dios Padre, en el Espíritu Santo, entregó su Verbo a María como semilla carnal que crece y llega a ser perceptible en ella y que ella tuvo el derecho y aun el deber (justamente porque su Hijo la arrastraba en la misma filiación del Padre) de experimentar y sentir por Él sentimientos maternales, ¿cómo iba a ser que el Verbo no nos fuera dado también a nosotros, como niño?». 11

 

María y la Iglesia.

«La Iglesia es el reflejo de María, es su hija y como ella fecunda en su virginidad» (CC 23, 221. T. 1920).

Las páginas de la Cuenta de Conciencia de nuestra mística en las que se establece la relación existente entre María, la Iglesia y Concepción Cabrera de Armida, van a mostrarnos el principio que unifica toda su vida espiritual.
En efecto, sólo será posible entender cómo una vida puede ser «reflejo de María», como se lo anuncia el Señor,12 si tenemos en cuenta dos cosas: por una parte, la unidad profunda que existe entre María y la Iglesia y, por otra, si recordamos que en la medida en que uno es Iglesia, todo lo que se dice de ésta, en su relación a Cristo por la gracia, se puede afirmar igualmente del cristiano considerado personal e individualmente, en la medida que vive en profundidad las riquezas del misterio eclesial. Es admirable que este tema mariano y eclesiológico, tan propio del Concilio Vaticano II (LG 8), pero tan extraño para la teología y espiritualidad, en tiempo de Concepción Cabrera de Armida,13 sea precisamente el que pueda unificar su vida y sistematizar su doctrina espiritual.
Detengámonos aunque sólo sea brevísimamente, a considerar la relación muy íntima entre María y la Iglesia. El tema del paralelismo entre María y la Iglesia, como escribe Gerard Philips, «ha surgido en la teología contemporánea de una manera tan inesperada como fulgurante».14 Pero no ha sido de un modo arbitrario y pasajero. «Lejos de quedarse en la periferia del dogma cristiano, estamos tocando en dicho paralelismo, una de las mayores características de la concepción católica».
Es éste uno de los grandes temas patrísticos,15 y por eso es comprensible que el Concilio lo haya querido conservar.16
No obstante, como indica también G. Philips: «María no es en la Iglesia el prototipo del poder jerárquico, sino el modelo de la receptividad espiritual ante las oleadas de la gracia divina».17
Es importante poner de relieve los aspectos de la actitud de María respecto de Cristo y de los hombres, para que aparezcan los puntos precisos en los que María es prototipo de la Iglesia. No sólo es el modelo de la receptividad espiritual de la gracia, sino que también María consiente en formar de su carne el Cuerpo del Redentor, destinado a la inmolación (Heb 10, 5-10) y a ser materia del sacrificio de Jesús.
La aceptación de María, que es consentimiento a la vida (Lc 1, 31), por su carácter incondicional y por el propósito divino al cual se adhiere, es también consentimiento a la muerte.18 Este consentimiento al sacrificio del Calvario, llega a penetrar en el sacrificio de Cristo en la Cruz como ofrenda hecha por Él. El valor de esta oblación de María, estriba en dos razones principales: su maternidad y su perfección inmaculada.
Este valor de oblación, que es el aspecto supremo del papel sacrificial de María, se completa por su valor de compasión. El consentimiento de María a la maternidad de Jesús, en cuanto a adhesión incondicionada al proyecto de Dios, implicaba un consentimiento de ser inmolada en su maternidad. Esta inmolación se realiza en el Calvario. La compasión es el sacrificio personal de María, en cuanto afectada mortalmente en su corazón de Madre, por la muerte injusta y violenta de su único Hijo. Su oblación era la unión a la Pasión de Jesús Víctima. Y como Jesús es idénticamente Sacerdote y Víctima, oblación y compasión, están estrechamente vinculadas.
El alcance eclesial de la cooperación de María a la obra de la Redención es riquísimo y permite ver algunos aspectos, en los que la Madre de Dios, reluce como prototipo de la Iglesia.
Si consideramos a la Iglesia en cuanto que es una persona mística volcada hacia Cristo y diferente de Él, la Iglesia aparece como su Esposa (Ef 5, 25-29), constituyendo una sociedad de personas distintas de la Persona de Cristo-Jefe, rescatadas por Él, recibiendo todo de Él y cooperando con Él. Esta manera de ver a la Iglesia, pone de relieve el don de Cristo y la condición humilde y frágil de los rescatados, junto con la gratuidad constante de la salvación que se verifica en cada momento.
Si queremos comparar con provecho a María y a la Iglesia, según la tradición de los Santos Padres, debemos colocarnos esencialmente en esta perspectiva: en este sentido es claro que María se identifica con la Iglesia. Antes de que la Iglesia exista como sociedad de personas humanas rescatadas, cooperando a la Redención (momento de Pentecostés), María es ya rescatada y Corredentora, Ella está ya en comunión con Cristo; lo ha recibido en su interior e irradia su vida. María se adelanta a la Iglesia, la prefigura, la representa con una perfección que será desarrollada, pero no superada. Su actividad representa, de cara a Cristo, venido de lo alto, una actividad que asciende desde abajo, una cooperación de la raza humana, rescatada y viviendo en la fe respecto de los misterios esenciales de la salvación: Encarnación y Misterio Pascual.
Desde el día de la Anunciación, María aporta al Verbo Eterno la carne y la sangre de los hombres y el Verbo se da a los hombres tomando de María su carne y su sangre. Desde ese instante María es la Iglesia, la Iglesia en germen, la Iglesia en su primer miembro.19 Podemos decir con el cardenal Ratzinger y H.U.v. Balthasar, que María es: primera Iglesia.20 Desde ese momento María es, en un sentido que nunca alcanzará la Iglesia (bajo un aspecto material al mismo tiempo que espiritual), un solo cuerpo y un solo espíritu con Cristo-Jefe.
Desde el momento de la Anunciación, de alguna manera es el prototipo de la humanidad que acoge a Aquél que viene «en el nombre del Señor».
En el momento de la Cruz, María aporta la cooperación de la fe. En María la actividad de una persona humana es integrada a la Redención: Dios salva al hombre por el hombre y quiere que toda la Redención sea, lo más completamente posible, una actividad humana al mismo tiempo que divina. En el sacrificio de la cruz, Ella representa ya al lado de Cristo, a la Iglesia-Esposa, salvada por Él y cooperando con Él.
A pesar de todos sus valores fuera de serie, los actos de María tienen una estructura menos específicamente sacrificial que los actos de Cristo o del sacerdote sacramental. Esto iluminará la idea que debemos tener del sacerdocio de la Iglesia, común a todos los bautizados, y que es el que inminentemente ejerce María. Esos actos son, por su estructura propia, esencialmente humanos, personales, interiores. Por lo tanto, no constituyen un sacrificio en el sentido fuerte y pleno de este término: su actividad no tiene por finalidad específica la posición existencial del sacrificio objetivo, exterior y sustancialmente divino en sentido propio, como son la cruz y la misa.21
Bajo este aspecto, su papel sacrificial aparece menos propio que el de los ministros de Cristo, ordenados para perpetuar objetivamente este sacrificio. Ciertamente, María ha formado el Cuerpo de la Víctima divina y ha contribuido así a proporcionar la materia del sacrificio divino; pero, como los fieles, Ella no tiene un papel efectivo en la realización del sacrificio como tal. La actividad de María, como la de los bautizados, es la co-oblación de un sacrificio ya constituido (el sacrificio de la misa) y la inmolación de sí misma en unión al Crucificado.
Podríamos añadir que, como María ha dado a Cristo la carne en la cual Él se ha inmolado, así en cierta forma, los cristianos ofrecen a Cristo su carne, para que Él termine en ellos sus sufrimientos, por su Cuerpo que es la Iglesia. Los actos de los bautizados en el sacerdocio común de la Iglesia son, como la actividad de María, humanos, personales, interiores e inspirados por la fe.
El cardenal De Lubac ha concedido la debida importancia al texto de Isaac de Stella que admirablemente trata de la relación existente entre María, la Iglesia y el alma.22 Se trata de una relación de inseparabilidad entre María y la Iglesia. Cuando el cardenal De Lubac nos ofrece el Sermón 61 sobre la Asunción, nos brinda también el testimonio de otros padres y teólogos de la Iglesia. Nosotros presentamos también esos mismos documentos que enriquecen el tema que estamos considerando.

 

María, la Iglesia y el alma

Isaac dice:  
...Cabeza y cuerpo: un solo Todo, el Cristo único. De un solo Dios en el cielo, y en la tierra de una madre única. Muchos hijos, y sin embargo uno solo. Y lo mismo que Cabeza y miembros son un solo hijo y más de uno, así también María y la Iglesia son una sola madre y más de una.
Una y otra, madres; una y otra, vírgenes. Una y otra conciben del mismo Espíritu sin atracción carnal. Una y otra dan sin pecado a Dios Padre una posteridad: María, sin pecado alguno proporciona al cuerpo su Cabeza; la Iglesia, en la remisión de todos los pecados, da a esta Cabeza su cuerpo. Una y otra son madre de Cristo: pero ninguna de las dos lo alumbran entero sin la otra.
Por eso, lo que en las Escrituras divinamente inspiradas se dice de la virgen madre que es la Iglesia, se dice también singularmente de María; y lo que se dice de modo especial de María virgen y madre, se entiende con razón en un sentido general de la Iglesia virgen y madre: de modo que, cuando se habla de una o de otra, lo que se dice se aplica a una y a otra casi indistintamente y de una manera mezclada.23
Cada alma fiel es también esposa del Verbo de Dios, madre, hija y hermana de Cristo. Cada alma fiel debe decirse que es virgen y fecunda.
Una misma cosa es, por consiguiente, dicha universalmente por la Iglesia, especialmente por María, y singularmente por el alma fiel: y es la misma Sabiduría de Dios, el Verbo, la Palabra del Padre quien lo dice...
...También se dice: «Y moraré en la heredad del Señor». Pues la heredad del Señor es, en sentido universal, la Iglesia; en sentido especial, María; en sentido singular, cada alma fiel.
En el tabernáculo del seno de María moró Cristo nueve meses. En el tabernáculo de la fe de la Iglesia mora hasta la consumación de los siglos. En el conocimiento y el amor del alma fiel morará por los siglos de los siglos. (Sermón 61 sobre la Asunción. P. L. 194, 1863 y 1865).

Analogía de estructura entre la Iglesia y el alma cristiana

El cristiano debe explicarse todas aquellas prerrogativas y deberes marianos que analógicamente suelen aplicarse o suelen predicarse de la Iglesia. Podemos decir, que en la medida en que se es Iglesia, por el dinamismo de la vida de la gracia y de la vida Teologal –que nos lleva profundamente al centro espiritual de la Iglesia–, se vive de la unidad y de la unión que existe entre ella y María. En otras palabras, en la medida en que somos Iglesia, poseemos un espíritu mariano y en la medida en que se vive con un espíritu mariano, se es Iglesia. Si María es el arquetipo de la Iglesia y su icono, Concepción Cabrera de Armida, debe vivir profundamente la relación que existe entre la Iglesia y María.
Lo que se predica de la Iglesia -podemos decir con toda una tradición que se remonta a Hipólito y Orígenes-, se puede afirmar de cada alma individual y singular, en la medida en que se halle inmersa en el misterio de la Iglesia, en su relación a Cristo, por la gracia.24
Ahora bien, la teología contemporánea habla de que la Iglesia debe vivir y debe mantener la impronta mariana que le permita existir de cara a Cristo, como mujer, como esposa y como madre.25
Según esto, entendemos cómo el principio de unidad de la existencia de esta mística mexicana, consistió en vivir, en la Iglesia, el sello mariano de ésta, en su relación a Cristo. He aquí estas interesantes palabras del Señor a Concepción:

«Te he regalado en cierto sentido algo de María, que fue Madre siendo Virgen... » (CC  8, 129-130. T. 704; Cf 28, 63; 25, 191).
«Porque te amo como a las niñas de mis ojos, con irradiaciones con que amo a María, mi Madre» (CC 38, 211; Cf 54, 161; 41, 197-198, T. 2892).
«Te he querido hacer un retrato lejano de María» (CC 50, 176-177).

Estas palabras y otras, referentes a la relación de Concepción Cabrera de Armida con María, para poder ser bien entendidas, tienen que ser completadas por todas aquellas otras que, en la Cuenta de Conciencia hablan del misterio de la Iglesia en el que, por el dinamismo creciente de la vida teologal debe estar inmersa. Esta mujer de nuestro tiempo será «remedo de María»,26 pero por la mediación de la Iglesia. Con su vida y con su palabra, presagia la gran verdad promulgada por el Concilio Vaticano II, según la cual María Virgen y Madre, es considerada en el misterio de la Iglesia como prototipo y consumación anticipada de ésta (LG 8, 60-65).

«Te he hecho ver, que todo el amor de la Trinidad, está en mi Iglesia; y que sólo por su derivación, por ese santo y único medio, amo a las almas y me derramo en ellas. La Iglesia encierra todos los carismas del Espíritu Santo, todas las ternuras del Padre, toda la Sangre preciosa y salvadora del Verbo hecho carne. Mi Iglesia es santa, es pura, es amorosa, es Madre, es fecunda por lo divino que lleva del Padre en sus entrañas»

Concepción Cabrera de Armida debe vivir la dimensión mariana de la Iglesia de la que habla la teología contemporánea en algunos de sus grandes representantes: H.U. v. Balthasar, De Lubac, Ratzinger, De la Potterie.27
En este punto concreto de: retrato, reflejo y remedo de María, esta mujer muy amada de Dios, sólo puede ser entendida en esta clave del Vaticano II, en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia (No. 63-65).
Textos que unifican la vida espiritual de Concepción, los encontramos en:

Mira hija mía, lo primero que te dije a raíz de la Encarnación Mística, fue que me ofrecieras en el altar de tu corazón al Eterno Padre en favor del mundo, en expiación de los pecados como Víctima santa, y tú en mi unión.

Después te dije que reforzaras ese ofrecimiento por la unión y compenetración Conmigo diciendo en mi unión: ´este es mi cuerpo, esta es mi sangre´, ofreciéndome y ofreciéndote al Eterno Padre en favor del mundo y para alcanzar gracias. (Cf., CC 32, 118-121, T. 2332 y ref.)

Y ahora te digo que todo esto, lo hagas en unión de María y con su mismo corazón, (después supe que hoy celebra la Iglesia el Corazón de María), que son las tres etapas que recorre la Encarnación Mística  (CC 41, 219-275, T. 2906).

Muchos santos han anunciado un nuevo impulso de amor a María y de mayor conocimiento de sus virtudes para los últimos tiempos, y gracia muy grande de predilección es que Yo haya escogido a las Obras de la Cruz, a los Misioneros del Espíritu Santo sobre todos, con este fin.
Pero necesitaba un alma que recorriera mi vida, el facsímil de mi vida como María. Necesitaba obrar la Encarnación Mística en esta forma, y seguir sus pasos, y llegar hasta donde hemos llegado, para alcanzar estas gracias. (CC 41, 304-307, T. 219)

 

            La Gracia Central, participación del misterio mismo de la Iglesia

Con su experiencia mística, Concepción Cabrera de Armida nos hace ver que la espiritualidad cristiana no es otra cosa que la teología y la práctica de la existencia creyente que, a su vez, es participación íntima y manifiesta de la vida de Cristo Resucitado, comunicada a la Iglesia por el Espíritu Santo. Es así como cada miembro de la Iglesia, en fuerza de la dinámica de su fe, es puesto en movimiento para realizar, lo que la Iglesia es juntamente en todos sus miembros. El cristiano debe ser de forma cada vez más completa lo que ha comenzado a ser inicialmente por el bautismo y la confirmación (CC 48, 149. T. 3143; 63, 267; Bautismo: germen de Encarnación Mística).28 No hay vida interior auténticamente sobrenatural, sino en estrecha dependencia del hecho histórico de Cristo y de la vida colectiva de la Iglesia.
En este horizonte teológico es donde se entienden mejor las palabras relativas a la gracia de la encarnación mística. Y recordemos que por la vivencia de esta gracia es como Concepción Cabrera de Armida será reflejo de María. Si tenemos en cuenta que será reflejo de María por vivir en la riqueza de gracia de la Iglesia, no se nos hará extraño que así sea llamada. Esto se encuentra mencionado en el siguiente texto:

«Y tú ignoras lo que voy a decirte ahora y es que si bien, por la Encarnación Mística debes imitar a María, y tienes una fibra de fecundidad divina en tu alma, comunicada del Padre, reflejando en cierto sentido algo de María, igualmente y por concomitancia inmediata, o derivación de esta misma gracia, participas en cierto sentido también, de la fecundidad de la Iglesia, que también es Madre (por el concurso de la Trinidad), que lleva en su amoroso seno al Verbo Divino, y que es fecunda por el Padre, siendo su alma, su movimiento y su vida el Espíritu Santo». (CC 49, 386, T. 3184).
«Por la unión especial que tienes con mi Iglesia, tienes derecho a participar de sus amarguras, y tienes deber sagrado de consolarla sacrificándote por sus Sacerdotes».
(Y seguía Jesús vaciando su Corazón en el pobre mío, comunicándole sus tristes confidencias. Me hacía sentir dolor y gratitud, avivando los toques del Espíritu Santo, aquella invasión divina atizando mi pobre, pero muy hondo maternal amor) (CC 49, 26-27. T. 3172).

Por medio de este texto entendemos cómo lo que se refleja en la vida espiritual y en el destino del alma de Concepción Cabrera de Armida, no es otra cosa sino una ley fundamental de la Iglesia. La espiritualidad de la sierva de Dios es auténtica porque es una aplicación del ritmo vital de la Iglesia en su alma. Todas aquellas alusiones a una semejanza con María no tienen nada de insólito y sospechoso si se consideran dentro del gran tema conciliar: María y la Iglesia. Si, por el contrario, se considerara al cristiano como reflejo de María, olvidando que participa eclesialmente de las relaciones de gracia entre María y la Iglesia, se entra por camino equívoco.
El principio que unificó su vida y que permite sistematizar la espiritualidad de Concepción Cabrera de Armida, es el que sostiene que lo que se afirma de María se puede afirmar -de alguna manera- de la Iglesia toda, y en ella, de cada alma en particular. He aquí, finalmente las mismas palabras inspiradas por el Señor:

«Participas en cierto sentido también de la fecundidad de la Iglesia, que es también Madre» (CC 49, 386-388).

Esta Madre-Iglesia:

«…lleva en su seno amoroso al Verbo Divino, es fecunda por el Padre siendo su alma, su movimiento y su vida el Espíritu Santo» (CC 49, 386-388).

Todos los aspectos de la espiritualidad de Concepción Cabrera de Armida son vividos por ella como María. En su espíritu sacerdotal que emana de su bautismo y de su gracia de la encarnación mística y en la penetración contemplativa de los dolores internos del Corazón de Jesús, Nuestra Señora de la Soledad, es para ella, el icono por antonomasia que debe de imitar:

«He querido en mis grandes misericordias para contigo, hacerte una gracia incomparable, y es asimilarte a María mi Madre, en los puntos más culminantes de tu vida» (CC 41, 197-198).

Su itinerario espiritual sobre todo después de la gracia de la encarnación mística está marcado por el sello de María.

Conclusión

Al inicio de estas páginas anunciamos que el tema de ellas consistirá en poner de relieve el principio que unificó la vida y que es válido para la elaboración de una sistematización de la abundante y enjundiosa doctrina espiritual de Concepción Cabrera de Armida.
Al término de este breve recorrido podemos darle todo su sentido a las palabras que, apuntadas por monseñor Luis María Martínez, Concepción hace suyas con marcada decisión: «Debo ser madre como la Virgen Santísima para que como Ella sea Sacerdote». (44, 137B).
Por tanto, se confirma aquello que el Señor ya le había manifestado:

«He querido en mis grandes misericordias para contigo, hacerte una gracia incomparable, y es asimilarte a María mi Madre, en los puntos más culminantes de tu vida» (41,197-198, T. 2892).
La vida del cristiano debe ser una asimilación a Cristo. La gracia de la encarnación mística, según le inspira el Señor:
«...no pasa; es una gracia unitiva y transformativa que irradiará más o menos en el alma que la reciba, según su correspondencia y mi Voluntad... Recorre el alma los pasos de mi vida, o más bien, Yo reflejo en ella esos pasos más o menos intensamente, pero la posesión de Mí en el alma, no pasa. Se exteriorizará marcándose alguna etapa de esa mi vida, pero Yo, ni me voy, ni me muero, ni desaparezco» (44, 147-148, T. 2988).

Con este último y con algunos otros textos29 se recalca el carácter profundamente cristocéntrico de la encarnación mística. Pero ahora hay que añadir que toda esta vivencia del misterio de Cristo debe hacerse en María y con María.
El Señor le subraya este aspecto mariano como una cumbre del dinamismo de una existencia que vive la encarnación mística.
Al recordar el sello mariano de la gracia central de Concepción Cabrera vemos que no se trata, después de lo que hemos dicho en lo tocante al binomio María-Iglesia, de un mero recuerdo piadoso de María, sino de sumergirse en el profundo misterio de María-Primera Iglesia, del que han escrito el cardenal Joseph Ratzinger y el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar30. La relación entre el misterio de Cristo y el misterio de María es muy importante para no separar a Cristo de su Madre, y para no olvidar que María en cuanto madre significa para la fe y para la teología algo fundamental. Una visión correcta de la mariología ejerce, respecto de la Iglesia, una doble función de clarificación y profundización. Igualmente, la consideración del binomio Iglesia-María explica la estructura de la piedad mariana.
La gracia de la encarnación mística, vivida en el interior de la Iglesia, nos conduce a la admiración y a la imitación de la existencia cristiana que es conciente de que la Iglesia no sólo es Pueblo sino principalmente Madre y Cuerpo de Cristo. Pero en sentido paulino la expresión Cuerpo de Cristo, que formamos nosotros, se entiende siempre sobre el fondo de la fórmula del Génesis: Se hace una sola carne (2, 24; Cf. 1 Cor. 6, 17).
La Iglesia es el cuerpo, la carne de Cristo en la tensión espiritual del amor, en el que se cumple el misterio conyugal de Adán y Eva, en la dinámica de una unión que no altera el hecho de estar cara a cara el uno y el otro. Esto significa, sin ir más lejos, el misterio eucarístico-cristológico de la Iglesia, que se anuncia en la expresión Cuerpo de Cristo y alcanza solamente su medida correcta, cuando se incluye en el misterio mariano: la sierva obediente, liberada por la gracia, pronuncia su Fiat y así se convierte en esposa y cuerpo.31

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1 Cf. 1, 272-274; 6, 51.
2 Texto citado por Baldomero Jiménez Duque, Llamada y existencia, Ed. Encuentro, Madrid 1982, 112.
3 Cf. 8, 129-130, T. 704.
4 Cf. 23, 71-74, T. 1895.
5 Cf. 25, 191, T. 2041.
6 Cf. Philips, in. n. 64.
7 Cf. Philips, in. n. 64. L’Église et son mystère au deuxième Concile du Vatican. Histoire, texte et commentaire de la Constitution Lumen Gentium, II, Desclee, Paris 1968, 269-275.
8 Cf. San Ambrosio, Exp. Lc. 2, 7: PL 5, 1555.
9 Cf. 17, 216 y ss.
10 Cf. San Agustín, Enarr in Ps., 147, 10: «virginitas carnis corpus intactum; virginitas cordis, fides incorrupta» (PL 37, 1920). Cf. I. De La Potterie, Marie dans le mystère de l’Alliance, DDB, Paris 1988, 169-174.
11 Cf. H. U. v. Balthasar, «Le Verbe Enfant», en De l’intégration. Aspects d’une théologie de l’histoire, DDB, Bruges 1970, 257-267.
12 Cf. 50, 176, T. 3191.
13 El mismo Ilmo. Sr. Arzobispo de Puebla, Monseñor Ramón Ibarra, le dice que: «la Encarnación Mística no era conocida» (33, 9-10, T. 2363). «El Padre Voltas no comprende lo de la Encarnación Mística» (33, 36, T. 2372) y «al Cardenal Vives le cayó mal lo de la Encarnación Mística» (39, 158-159, T. 2793).
14 Cf. Du Manoir H., Maria, Études sur la Sainte Vierge, VII, Beauchesne, Paris 1964, 365-367.
15 Cf. Muller A., Ecclesia-Maria, die einheit Marias und der Kirche Paradosis, V, Universitätsverlag, Freiburg, 21955; Coathalem H., Le Parallélisme entre la Sainte Vierge et l’Église dans la tradition latine jusq’ à la fin du XII siècle, Rome 1954. Ver amplia bibliografía en Philips, A. c. p. 375.
16 Cf. De Lubac, Paradoja y Misterio de la Iglesia, Sígueme, Salamanca 1967, 101-105.
17 Art. cit. p. 367.
18 Cf. Laurentin II, pp. 115-116.
19 Cf. Laurentin II, pp. 117-118.
20 Cf. J. Ratzinger - H.U.v. Balthasar, María, Primera Iglesia, Narcea, Madrid 1982, 21-50.
21 Cf. Laurentin II, p. 119.
22 Cf., De Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Encuentro, Madrid 1983, 304-305.
23 Ver sermones 27 y 45 (P. L. 194, 1778-9 y 1841). Isaac presenta aquí en un resumen particularmente vigoroso ideas desde mucho tiempo tradicionales. Ver, por ejemplo: Ambrosio, De institutione virginis, c. 14, n. 88 y 89: «...Quam pulchra illa quae in figura Ecclesiae de Maria prophetata sunt!» (P. L. 16,326); In Lucam, 1.2, n. 7 y 1. 3, n. 38: «Ecclesia, quae Verbi semine et Spiritu Dei plena, Christi corpus effudit, populum scilicet christianum» (15,-1555 y 1605). Agustín, sermones 188, n. 4; 192, n. 2; 195, n. 2; 213, n. 7 (P. L. 38, col. 1005, 1010, 1012-13, 1018); Enchiridion, c. 34 (40, 249); De sancta virginitate, n. 2 (397). Pseudo-Agustín, sermón 121, n. 5: «Nonne in figura Mariae typum videmus esse sanctae Ecclesiae? Ad hanc utique sanctus descendit Spiritu, huic virtus obumbravit Altissimi, huic potens virtute Christus egreditur...» (P. L. 39, 1989); sermo de symbolo, c. 6 (40, 1194). León, sermón 63, c. 6 (54, 356). Isidoro de Sevilla, Allegoriae Sacrae Scripturae, n, 139 (83, 117). Beda, De tabernaculo et vasis ejus, 1. 2, c. 10 (91, 449). Alcuino, In Apoc. (100, 1152, 1153). Pascasio Radberto, In Matthaeum, 1.2, proemium: «...Ubi nimirum universalis Ecclesia praesignatur, tandem de Spiritu sancto replenda, per quem in cordibus credentium et ipsa Christum quotidie non solum parit, quia mater et virgo est, sed etiam sponsa in omnibus appellatur... Quod de hac (María) specialiter dictum est in Canticis, quamvis generaliter de Ecclesia significatum intelligamus...» (P. L. 120, 103-4 y 106); 1. 7, cap. 13 (498). Pedro Damiano (144, 861; 145, 226, 802). Anselmo De Laon, In Matthaeum, c. 1 (P. L. 162, 1250). Ruperto, De Victoria Verbi Dei: «Maria, sponsa Dei Patris, erat prioris Ecclesiae pars optima, ut exemplar fieret junioris Ecclesiae, sponsae Filii Dei, Filii sui» (cf. 1. 12, c. 1, P. L. 169, 1464-5; De glorificatione Trinitatis, 1. 7, c. 5, 6 y 13, col. 146-7 y 155); De divinis officiis (170, 49-50). Guitmundo (149, 1458-59). Honorio De Autún (172, 495-99). Hervé (181, 1097). Gerhoh (194, 324). Hildegardo (197, 512), etc. Se hallarán algunas otras referencias a los Padres en Gregorianum, 1937, pp. 21-23 (Tromp). Sobre los comentarios del Cantar de los Cantares aplicados a María: Dictionnaire de Spiritualité, fasc. 7, col 89. También el arte medieval ha visto en María el símbolo de la Iglesia. Cf. Emile Mâle, L'art religieux du XIII siècle en France, pp. 226-7 y 230. E. M. Paillard, Portail de Reims (1936): «La Iglesia y la Sinagoga han sido a menudo representadas durante la Edad Media. En la fachada de la catedral de Reims, los escultores no quisieron romper con la tradición y las han colocado en dos pequeñas torrecillas..., pero colocaron en sitio de honor el nuevo paralelo de María y la Iglesia... En el remate de la portada central está la coronación de la santísima Virgen, y poniendo a cada lado a María y a la Iglesia, llamaban la atención sobre la Iglesia que prefigura la Virgen coronada...» (pp. 32-33). Citemos un testimonio de la tradición griega, Anastasio el Sinaíta, In Haxaemeron, 1. 12: «Dichosa eres entre las mujeres, única vida y generadora de vida, madre de los creyentes. iOh, Iglesia, ilustre madre de Cristo, esposa del Adán espiritual que es Dios! ¡Y bendito es el fruto de tu vientre, el pueblo de las naciones vivientes! ¡Pues tú solamente has engendrado por mediación divina, sin semen, a un hombre: el Logos que subsiste por sí mismo... Tú, costilla y parte del Adán divino..., tú, la única que es hueso de los huesos de su divinidad substancial, y carne de la carne de su humanidad, en la que se oculta su divinidad... Tú sola, repito, eres bendita entre las mujeres!...» (P. G. 89, 1.072).
24 Cf. De Lubac; Iglesias Particulares en la Iglesia Universal, Sígueme, Salamanca 1974, 171-172.
25 Cf. Balthasar H.U.v., «Die marianische Prägung der Kirche», en Maria heute ehren (hrsg. von W. Beinert) (Herder, 1977) 263-279; ID., Theodramatik II. Die Personen des Spiels. Teil 2. Die Personen in Christus, Einsiedeln 1978, 276-330; H. De Lubac, Paradoxe et Mystère de l'Eglise, 100-119; J. Ratzinger - H. U. v. Balthasar, o. c.,21-50.
26 Cf. 8, 129-130; 23, 71-74.
27 Cf. Balthasar H.U.v., «Die marianische Prägung der Kirche», en Maria heute ehren (hrsg. von W. Beinert), Herder, 1977, 263-279; Id., Theodramatik II. Die Personen des Spiels. Teil 2. Die Personen in Christus, Einsiedeln 1978, 276-330; H. de Lubac, Paradoxe et Mystère de l'Eglise, 100-119; Ratzinger J.- H. U. v. Balthasar, o. c., 21-50, De la Potterie I, Marie dans le Mystère de l'alliance, DDB, Paris 1988, 251-257.
28 Cf. J. H. Nicolas, «Contemplation et vie contemplative», en Christianisme, Paris 1980, 405.
29 Cf. 35, 516-523, T. 2578; 38, 64-65, T. 2682; 38, 518-522, T. 2777; 39, 165-169, T. 2795.
30 Cf. J. Ratzinger-H.U.v. Balthasar, María, primera Iglesia (Narcea, Madrid 1982) 30-33.
31 Cf. J. Ratzinger-H.U.v. Balthasar, o.c., p. 30-33.