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Navidad en María
No sabía apenas nada de la vida y ya engendraba Vida.
No sabía cómo ni cuándo ni dónde y ya estaba en el sitio y momento adecuado.
No tenía pecados y ya se encontraba dispuesta al perdón.
No entendía nada y todo lo aceptaba.
Ni conocía a casi nadie y a todo el mundo quiso sin saber nombres ni países.
El ángel presto por mandato de Dios, voló sin alas y anunció la sorpresa.
El Espíritu Santo se anunció sin previo aviso y engendró con permiso.
Y he aquí a la niña más mujer entre las mujeres, femenina, discreta, amiga y alegre, como las rosas que sin saberlo son bellas.
¿Qué pasaría en el vientre de la joven María que su naturaleza no conocía?
¿Cómo llegaría el camino del Hijo de Dios y de Ella siendo limpio el camino de su engendrada célula. Fenómenos de Dios contra los que tropieza la mente humana?
María asustada, María sonrojada, María comprometida, gloriada en Dios, esperanzada en Dios, amante de Dios, deseosa de Dios, acorralada entre la Gloria y la tierra, feliz en su secuestro, enamorada de su vientre fecundo, abrazando al Niño que aún no conoce.
Soñando en su lecho con las noches en que su Dios la despertaría para ser amamantado, y lo ve y lo mira sin existir aún, y le canta nanas con celestiales notas musicales, y le cuenta cuentos que le olvidan sus cruces, y le imagina sin imaginación conocida, y le ama en silencio, y le llora a escondidas.
Y José que no sabe qué pasó. No entiende que su niña bella esté en cinta siendo tan discreta.
Miedo le da pensar en los familiares y vecinos. Siente dolor por tener que repudiar a tan hermosa flor, con todo lo que él la respetó.
José duerme y de nuevo vuela el ángel sin alas para susurrar a su almohada que lejos de ser mancillada, Dios la glorificó con una sencilla mirada.
Despertó José con alegría desconocida, dando saltos sin saber y saludando a las vecinas.
“Voy a tener un Hijo y es Dios el Padre de la criatura, si es que es muy guapa mi esposa futura”.
María, María corre monte arriba a casa de Isabel que está como ella, ocupada de Vida.
Se abrazan las primas y se despierta Juan el Bautista que aun no sabía que bautizaría.
Y Jesús sin salir del seno que ocupa, hace que su Madre en su nombre les sonría.
Dos primas en cinta que juntas pasarán algunos meses. Soñarán juntas y juntas verán cómo crece la familia.
“El mío será moreno, como Zacarías”, dice Isabel sobrecogida.
“Pues el mío, dice María, no se qué piel, qué rizos o qué estatura tendría. Como es de Dios, Dios sabría de cuando me lo engendró”.
Cuánto valdría hoy esa ecografía.
Así pasan los ratos, madres e hijos, familia en su familia y haciendo familia para todos los pueblos y para toda la vida.
Y he aquí que María siente al Niño con prisas. Y busca lugar para parir.
Nadie abre puertas al Hijo de María. Así fue entonces como será toda la vida.
Acaban en un establo de animales José y María.
Sin luz, sin agua, sin ayuda, sin su madre, sin amigas.
Sufre María como cualquier madre que se estrena pariendo. Miedo, dolor, impaciencia, desasosiego. No sabe cómo será un Hijo de Dios, no sabe qué color de piel, qué pelo, qué ojitos, qué tez, qué voz, qué nombre o qué sueños.
Nace Dios y lo primero que de la tierra ve es la sonrisa de su Madre, las lágrimas de José y los labios de María que se mueven para decir que su esclava es.
Su primer abrazo, el mejor de la historia, el más tierno de las maternidades todas.
Y llora el niño tierno, caliente de un seno aún abierto, que busca con desespero el alimento, para luego Él mismo ser el Alimento.
Pudiera ver a María, Madre de Dios, de los pastores que llegaron, Reina de los Reyes que viajaron y de los Ángeles que anunciaron.
Allí vieron por primera vez a Dios, que no lo parecía, concebido sin pecado, engendrado y parido sin pecado. Pedacito de Cielo para los hombres honrados.
Quién te dijo María que Jesús se llamaba, quién bautizó sin agua al que ya bendito estaba.
Ese Niño creció entre maderos y clavos, carpintero sin estudios y más sabio que los sabios.
Bienaventurados los que pasaron por el establo.
Bienaventurados los que en el Calvario se quedaron.
Bienaventurados los que en Getsemaní queden desvelados.
Bienaventuranzas todas para las madres que engendran y crían a los hijos de Dios.
Bienaventurada yo María, que siento tu maternidad tan cerca. Que me he sentido amada y querida por Ti y también siento cómo quieres a quien me hizo ver la luz primera.
María, Tú en el establo, Tú escondida y huida con tu Hijo en brazos, Tú de boda con Jesús, Tú que lo esperas noche tras noche, viaje tras viaje, Tú que sentiste saltar tu vientre la noche de Getsemaní, que por las callejuelas nazarenas dabas el encuentro a tu Hijo mientras los vecinos le escupían y maldecían, Tú que estabas en el Calvario, sintiendo los clavos sin que ninguno de ellos te hubiera rozado; Tú que nublaste el Cielo de pleno día con tu llanto cuando sentiste que el Padre abrazó el cuerpo de Cristo lleno de las heridas de la Voluntad Divina; Tú María que esperaste para coger el Cuerpo Sagrado recién ofrecido y sepultarlo esperando la Resurrección desconocida.
No le importó a Cristo nacer pobre, vivir pobre y pobre morir con tal de tener a una Madre. Precisamente esa Madre, Tú eras la que Él quería. La joven del candor, la niña que no entendía.
Cuántas y cuántas veces echarías en falta las carreras de tu Hijo por la casa.
Su voz diciendo ¡Madre! cuando en el suelo se caía.
Su llanto cuando el sueño no conciliaba.
Tú María, ojos de Madre eterna para todos.
María de las caricias celestes para las almas.
Manos de biberones y ropita de fiesta para tu Hijo.
El más bello de los nacidos, el más excelso de los humildes hijos.
María, Reina de los pesebres.
María, Reina de las riquezas de los pobres.
María, Reina de las pobrezas de los ricos.
María, Reina y Señora de las misericordias todas.
Cristo nace y muere al mismo tiempo y en todos los tiempos.
María, maternidad renovada en cada súplica.
Silencio en una Madre que grita al viento el Amor que su Hijo genera.
Madre de Dios, de todos los hombres y de todos los tiempos.
Bendito el fruto de tu vientre.
Bendito el saludo celeste.
Bendita tu respuesta urgente.
Bendito Parto y bendita Muerte.
Charo Soto Cruz.
Cádiz, 24 diciembre de 2011.
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