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Arte y Espiritualidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Año Jubilar

  1. Muerte de Conchita: 3 de marzo 1937.
  2. Me sobreviviré.

Hace 75 años...

Carlos Francisco Vera Soto MSpS

Celebramos hoy con gozo el 75 aniversario de la muerte de Concepción Cabrera de Armida, a quienes muchos llamamos “Nuestra Madre”. La primera imagen que se me viene a la cabeza, es la posibilidad de trasladarme a aquel lugar en el que ocurrió el suceso que hoy recordamos. Es un día 2 de marzo, al anochecer, están reunidos, en aquella casa de la calle de Altavista Nº 2, en el barrio de San Ángel, un grupo nutrido y heterogéneo. Se encuentra ahí el recién nombrado arzobispo de México, don Luis María Martínez, director espiritual y amigo de doña Concha, el padre Félix de Jesús Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo; algunas Religiosas de la Cruz, algunos Misioneros del Espíritu Santo; algunos de los hijos de Conchita, sus nueras y algunos nietos. Todos alrededor de aquella mujer que se encuentra en el momento supremo de su vida.

Su cuerpo ha sido golpeado durante años por la enfermedad; su espíritu, según sabemos por ella misma, estaba experimentando, en un ya prolongado periodo, el dolor más agudo y más terrible que persona alguna pueda gustar: el abandono de Dios. Aquella mujer que vivió encendida por la pasión del amor a Dios y a sus hermanos, se apaga en medio del dolor y en medio de una paz inalterable. Rodean su lecho todos lo sectores que abarca la Iglesia, todas las vocaciones se hacen ahí presentes. Al acercarnos a aquella escena, nos viene a la memoria el proverbio latino que dice: Sicum vita, finis ita. Que más o menos quiere decir, “así como es la vida, es la muerte” o, interpretando, “como has vivido, morirás”.

Doña Concha Cabrera de Armida se apagó a la luz de este mundo, hace 75 años, tal como vivió; rodeada de su amada familia, en medio de sacerdotes y religiosas, sufriendo, amando, siendo confortada con todos los medios de que dispone nuestra religión; insertada en la Iglesia y en la Cruz.
Es obvio pensar, que, la tremenda realidad de la muerte, nos pone ante un callejón sin salida. Una vez llegado a él, ya no hay retroceso. Por eso, también, es verdad que la muerte no se puede improvisar; cuando llegamos a ella, es definitiva. Conchita, pensó, una y mil veces en su momento definitivo. Sólo pongo unos breves ejemplos:
¡Ya pronto moriré, y tiemblo de tener las manos vacías! ¡Dios mío, Dios de mi corazón, lléname de Ti, para que, aun cuando no tenga virtudes, te tenga a Ti, amor mío, que las tienes todas!
Feliz en mis oraciones de la noche, que apenas suena el despertador y se me lanza, a veces desde antes, el alma, anhelando el Sagrario.
¡Oh yo tengo un Sagrario lleno del cielo, porque en él está Jesús que se transparenta, Jesús que se hace sentir, que todo lo llena e impregna de celestial atmósfera de suavidad y delicia inefable!
¿Con qué pagar tal favor? ¡Oh Dios mío, bendito seas! (CC, 39, 88-89. 19 de abril de 1914)

Y en otra ocasión anterior, había escrito este elocuente texto que nos habla de una preparación remota a la vida verdadera:

Él me ha dado mucho, y yo con cuanto soy y tengo y con mi Verbo mismo, quiero devolvérmele, entregármele, con muerte anticipada, Padre Bernardo, con muerte de cada instante, preparándome así a la vida verdadera. Yo quiero unirme de antemano con el que es la Vida y así, aunque muera, viviré.

Yo quiero desde ahora dejarlo todo y a mí misma, por su amor. (CC, 26, 117. 14 de marzo de 1907).

 

Conocemos de sobra aquel momento postrero, en el que, dos de sus hijos, ante un ataque de asfixia, le levantaron los brazos; ella dejó ver, entonces, una realidad sustancial. Al final de sus días, hasta físicamente, estaba transformada en Aquel que tanto amó; era la transparencia de Cristo crucificado, del Cristo Sacerdote que entrega la vida por sus hermanos en obediencia al plan del Padre. Aquel sencillo momento, lleno de solemnidad, se convierte así en una metáfora de toda su vida. El apasionado amor que ella sintió por Su Jesús se hizo patente hasta en sus carnes, aquella, podríamos decir, venturosa noche de su tránsito. ¡Qué bien se aplican en ella, los versos del poeta Juan de la Cruz,  en su inmortal cantar de la Noche oscura, cuando afirma!:

¡Oh noche, que guiaste,
oh noche amable más que la alborada,
oh noche, que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

(La noche oscura, 5).

Todos los aspectos que pudiéramos contemplar en esta hija de la Iglesia, se centran en este momento supremo: ahí está la madre de familia, la esposa viuda, la abuela, la suegra, la hermana y amiga; la madre espiritual, escritora mística, la consejera y apoyo de muchos y muchas. Ahí está una mujer madura que recorrió en su caminar todas las etapas que una mujer puede recorrer, transformada en Aquel que amó.

Si pudiéramos, además de viajar en el tiempo, tener la facultad de entrar en el interior de las personas, podríamos entonces conocer lo que pasó por la mente y el corazón de todos los allí reunidos. Sus hijos e hija, como en una película, recordarían cientos de escenas en donde la protagonista es la mamá. Una madre siempre sonriente y alegre, nunca ruidosa;  firme en sus decisiones; una guía que sabe impulsar con suavidad, pero sin debilidades, da unos consejos, que antes ha vivido; experta en cosas de cocina, tejido y bordado. Con la capacidad de organizar una fiestecita familiar en cinco minutos; cantos, piano, baile, piñata, pastel y chocolate. Una mamá, recordaban sus hijos, seria con las cosas serias de la vida: el estudio, la elección de estado, la fraternidad, la religión. Nunca la vieron con las manos desocupadas, pues en ellas pasaba del cucharón a la escoba y de ahí al plumero, la aguja para remendar y bordar y las agujas para tejer; por sus manos pasaba también el rosario, y más a menudo, mucho más, una pluma que se deslizaba veloz y elegantemente sobre innumerables cuartillas de papel. Cada uno de los hijos que rodean la cama de esa mujer anciana que agoniza, piensan; “No sabemos cómo serán otras madres, pero, como esta, ya no hay”.

Varias Religiosas de la Cruz rodean el lecho de Conce, como ellas le llaman. Están ante aquella dama de sociedad, que primero conocieron como una misteriosa señora; la señora enlutada, tan amable, que acostumbraba ir al Oasis a rezar, hacer adoración, asistir a Misa. Siempre disponible a cualquier petición de ayuda. Esa señora que con frecuencia llevaba obispos y sacerdotes para celebrar en la capilla y que conocieran a la comunidad; yace ahora en su lecho de muerte, aquella amiga, que poco a poco, de una personalidad difusa, se fue enfocando hasta hacerlas comprender, clara y definidamente, que no era una simple bienhechora, por muy insigne que pareciera; por mucho títulos, ahí estaba muriendo la Madre del Oasis, la fundadora y la más cercana a la comunidad, pero también la más aguerrida defensora y protectora de aquella Congregación de Religiosas; en el corazón de aquellas monjas presentes, en aquellos momentos solemnes, brota silencioso, un canto de gratitud, de perdón y de alabanza a Dios por sus caminos, que no son los nuestros. Con gran celo ellas conservarán, se lo prometen, sus enseñanzas, su apasionado amor por la Eucaristía, su testimonio de humildad y sencillez, su espíritu de servicio y su calor materno. Harán de esa herencia, algo vivo y dinámico. Sus escritos, se dicen a sí mismas, se conservarán como un tesoro, puesto que pertenecen al patrimonio de la Iglesia Universal.

El padre Félix de Jesús, con los ojos cuajados de lágrimas, y el corazón lleno de compasión y gratitud, observa atentamente cómo se apaga el espíritu de esa santa mujer, a la que, en la intimidad, llamaba, madre. Pensaba que, si Dios no le había concedido la gracia de asistir en Francia, a la muerte de su querida mamá Louise, ahora le daba el regalo de estar presente en el tránsito de esta vida a la eternidad sin fin, de aquella que lo había engendrado para la Cruz. ¡Cuántos recuerdos gratos y amorosos del camino recorrido juntos! ¿Cómo no enternecerse al recordar aquella erupción de amor por Jesús y por las Obras de la Cruz, que puso Concha, su madre, en su corazón misionero? ¡Cuánta gratitud a Dios, y a ella, por haberse cruzado en el sendero de la vida! En las entrañas y en la mente del padre Félix, jamás podrán apartarse todas las enseñanzas de aquella mujer que se extingue. En los anales de la historia quedarán aquellos pasos que los condujeron a decidirse a hacer, en todo y por todos los medios, la voluntad de Dios. Dos frases de doña Concha, que ella le comunicó, resonarán para siempre en su interior: “Tu querer es mi querer”; “Lo demás, lo haré Yo”. En el corazón amante de aquel anciano sacerdote, han resonado siempre las alegres, suplicantes, sugerentes y persuasivas palabras de su madre Concha: “¡Padre, hágase santo!”, y, desde 1904 en que se encontraron, no se ha apagado la chispa ardiente de aquella dinámica espiritual. Aquella relación única y sagrada, queda sellada para la eternidad con un gesto simbólico. La madre agonizante llama a sí a su hijo, y con gran esfuerzo, le pide que se acerque. Con la emoción contenida, el padre Félix se acerca al lecho de Conchita y ella le susurra unas palabras que encierran gratitud y ternura; son pronunciadas en la libertad de quien sabe que su encuentro ha generado ríos de fecundidad. Entonces ella le dice aquella simple frase que baña de luz y gratitud el interior del Patriarca: “¡Padre Félix, cuánto lo quiero, ponga mi cabeza sobre su corazón!”. Él obedece, acercándola a sí.   Una confesión que engloba toda su relación espiritual, sellada por la pureza y por el amor. Jesús ha estado en medio de los dos.

Junto al padre Félix están algunos Misioneros del Espíritu Santo que representan a los de ayer, de hoy y del futuro. Unidos en el espíritu a su padre, reconocen el tesoro de santidad que Dios les quiso regalar en aquella mujer. Por su parte, el padre Félix les dejará el testimonio escrito: “Por muchos conceptos, ella, Concepción, es nuestra madre”.

El nuevo arzobispo de México, el culto, el sabio y siempre simpático monseñor Luis María Martínez se encuentra ahí, en representación de todo el clero, los sacerdotes, a los que tanto amó doña Concha Cabrera, y por los que tanto oró, trabajó y se sacrificó. Al ver, como calificó el padre Félix, la “terrible agonía” de Conchita, y saber a ciencia cierta lo que ella estaba viviendo en aquellos últimos momentos, el arzobispo no puede sino sentir compasión ante el severo drama de la muerte. Aquella mujer, que él ama profundamente, está ahora, como Jesús, subida en el árbol de la Cruz, consumando toda su obra; es la conclusión de una vida. Se acerca a la eternidad traspasada por el dolor inmenso de no sentir a Dios, de experimentarse abandonada por Él, a quien tanto amó.
Quince días antes de morir, Conchita había escrito a su director espiritual diciendo: “Veremos si de esta me voy”, y agrega, como siempre: “Lo que Él quiera. Padre mío, ¡Y sola, sola, sin Él a un paso! Hasta la lucecita de la lámpara entra por debajo, y yo a un paso y ya sin poder ir a verlo, pues es imposible pararme. Día y noche en un sillón, llorando a veces la ausencia de Él, y otras, se me cala hasta los huesos, una glacial indiferencia. A ver qué quiere Dios. No puedo más” (15 de febrero de 1937)

La señora de la fe, está experimentando la oscuridad, la mujer de la esperanza inquebrantable, es ahora sacudida por un océano de tinieblas; la hija de la Iglesia, que gustó el dulce fruto de la caridad en el servicio y la entrega total, atraviesa por una soledad poblada de aullidos. ¡Qué paradoja! En su última carta a monseñor Martínez del 18 de febrero de 1937; 12 días antes de morir, brevemente le había escrito como se encontraba de salud y del espíritu, diciendo: “Él…, ni…ni sombra”.

Para ella, todas las certezas se han apagado; entonces, guiado por su conocimiento interior, aquel “Hijo de la Luz”, se acerca a doña Concha, se inclina hasta poner su boca muy cerca de su oído y le dice: “Conchita, aunque usted no lo sienta, Jesús está en su corazón amándola como nunca… Ofrézcase una vez más como víctima… Ofrezca su vida por sus hijos, por sus hijas, por la Iglesia, por los sacerdotes” (Padilla, III, 457). Ella, que ya no puede articular palabra, sólo inclina levemente la cabeza y baja los ojos, como signo de aprobación. La ofrenda total está consumada. A los pocos minutos del día 3 de marzo de 1937, a los 74 años y dos meses, doña Concepción Cabrera de Armida entra, para siempre, a tomar parte en el gozo de su Señor. Se ha perdido, o mejor dicho, se ha encontrado en la Inmensidad eterna de la Santa Trinidad.

 

El poeta y místico Rabindranath Tagore escribió:

Sé indulgente conmigo un momento,
Y déjame sentarme a tu lado,
Que luego terminaré lo que estoy haciendo.

Mi corazón, si no te ve,
No tiene sosiego,
Y mi trabajo es como un afán infinito.
Es como un fatigoso mar sin playas.

Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti,
El tiempo de contarte,
En un ocio mudo y rebosante,
La ofrenda de mi vida.

(Rab. Tagore, Ofrenda Lírica 5).

El grito de pedir misericordia, indulgencia al Amado supone aquella cercanía de los enamorados. En esa figura plástica que Tagore usa: “Déjame sentar a tu lado”, me viene a la mente la silla de doña Concha; ¿cuántas veces durante su vida invitó a Jesús a sentarse a su lado? Y cuántas veces Él se “sentó,” pacientemente, para conversar, para instruir, para consolar. Esa simbólica silla es la representación metafórica de una existencia vivida en el amor relacional que le aportó a doña Concha la sabiduría y estabilidad del que se siente profundamente amado y, a la vez, del que ama con pasión. Una vida abierta al otro, descentrada de sí misma. Estoy seguro que ella tiene ahora una silla muy cómoda, para terminar, anegada en el Amor, la conversación íntima y transformadora que comenzó aquí en la tierra.

Porque, no cabe duda, el que ama, necesita ver al Amado, centrarse en su porte y en su figura; es el anhelo más grande del enamorado. Ya lo escribió hermosamente san Juan de Cruz en los inspirados versos de su Cántico espiritual, que cito:

Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacerlos,
Y veánte mis ojos,
Pues eres lumbre de ellos,
Y sólo para ti quiero tenerlos.

(Cántico espiritual, 45).

Sólo en la contemplación sosegada, sí, pero apasionada de su Amado, Conchita pudo abordar una misión tan compleja como la que el Señor le confió: un afán poco común de ver a la humanidad salvada; un fatigoso mar sin playas, que poco a poco se fue convirtiendo en maravillosos y fecundos frutos de amor. ¡Cuántas personas hemos bebido de la rica savia que mana a borbotones de las cinco Obras de la Cruz! Y cuántos exquisitos y abundantes retoños, que como en un árbol magnífico ha generado esta Espiritualidad, que se concretiza en lo que llamamos la “Familia de la Cruz,” que tienen como madre y raíz a esta mujer valiente que vivió en plenitud su sacerdocio bautismal.

Con su muerte Conchita alcanzó, finalmente, y para siempre, las playas de Dios.

Para ella, es el tiempo de sentarse, quietamente, envuelta con el manto del amor, en el eterno silencio de la Trinidad, con el corazón rebosante, a cantar sin fin, la ofrenda de su vida y la ofrenda de la vida de sus innumerables hijas e hijos.

 

Al recordar  y celebrar hoy la vida, obra y muerte de Concepción Cabrera de Armida, vienen a nuestra mente, las repercusiones y los impactos que llega a tener una persona coherente con sus ideales y que es fiel a sí misma y al plan de Dios en ella. ¿Cómo ignorar la penetración social de quien se decide a vivir descentrada de sí misma y en favor de los demás? ¡Cuánto influjo en la sociedad, cuántas acciones que incidieron en la vida de la Iglesia y del país lacerado por la violencia, la desunión y el caos en el que le tocó vivir y que podemos leer y constatar en las Obras que pudo llevar a cabo! Ella fue artífice de unidad, de responsabilidad, de compromiso social, de buen hacer y de paz. Podemos afirmar que ella gastó su vida en construir, levantar, corregir, impulsar, aclarar, servir, en definitiva, a ejemplo de su único modelo, Jesús, en amar. ¿No es esta clase de personas las que el mundo de hoy necesita? Cada país está precisando de ciudadanos y ciudadanas que seamos capaces de empeñarnos en la reconstrucción de un tejido social cada vez más dañado por la violencia, el individualismo, la impunidad, los privilegios de unos cuantos, a costa de la depauperación de muchos. Hombres y mujeres que, como Concepción, dejen de vivir para sí mismos y sus propios intereses y sean capaces de gastar su vida en favor de los demás.

Por eso, recordar y celebrar estos 75 años de la muerte de aquella mujer a la que llamamos “Madre”, ante la consideración del tremendo e ineludible misterio de la muerte, caben las preguntas que hoy podemos hacernos: ¿En dónde está puesto mi corazón, mi actuar, mis intereses? ¿Para quién vivo yo? ¿Por quién muero?

Quiero citar ahora un brevísimo texto del venerable padre Félix de Jesús Rougier que señala esto que estamos considerando y que Conchita vivió de manera plena:

¡Oh, si Dios nos va a hacer felices durante millones y millones de siglos en la eternidad! ¡Cómo no pensar en Él en este minuto de la vida! Es preciso, amados hijos (e hijas), trabajar, a imitación de los santos, en fijarnos en Dios amorosamente; no hacer nada sin referirlo a Dios. Que nuestra alma repita constantemente, Dios, Dios, Dios.

Porque, sólo quien está centrado en Dios, como lo estuvo doña Concha Cabrera, puede descentrarse de si mismo.

Como un testamento espiritual, inspirado por un himno antiguo, escrito por el poeta latino Décimo Junio Juvenal, Conchita nos dejó este escrito inmortal que habla de su sueño más profundo, y que ahora es una realidad:

Moriré: no podré ya sufrir...
Me faltarán las fuerzas para postrarme al pie del Sagrario...
Mi corazón dejará ya de latir...
Pero, qué consolador será para mí pensar que, sobre la tierra, quedarán labios que en mi nombre continuarán alabando a Dios....
Corazones, que en mi nombre sigan latiendo de amor por Jesús...
Hostias vivas, que en mi nombre sigan elevando al cielo el perfume divino de la sangre...
¡Son mi sangre!, y en ellos continuaré sufriendo, como continuaré amando...
¡No moriré del todo, hijos  míos, me sobreviviré en vosotros!
La inmortalidad de Dios, es decir, la perfecta transformación en Él, la consumación en la Unidad, esto es inefable, de ello... hablaremos en el cielo. —Amén— (CC, 44, 176A-176B. 3 de enero de 1924).

Fue nombrado arzobispo de México el 24 de febrero de 1937.

Nació en Aquino, Italia en el año 60 d. C. y murió en Roma en el 128.