Arte y Espiritualidad La Cruz. cidec@msps.org

 

 

 

 


La vida entre los presbíteros, la vida en Comunidad.
Carlos Francisco Vera Soto, M.Sp. S.

 

INTRODUCCIÓN:

  • Un grupo de laicos está haciendo una encuesta sobre la relaciones entre los presbíteros diocesanos; han hecho varias entrevistas a sacerdotes jóvenes. Nos reportan esta:

“Justamente, se estaba hablando de las relaciones entre los sacerdotes y el cura joven daba su contribución con sencillez y claridad, como quien comunica algún descubrimiento personal valioso:

    • En los momentos de cansancio, cuando me siento solo, cuando el contacto con un buen libro, o ir al cine no me basta, entonces prefiero tomarme una cerveza y un pedazo de pizza con algún amigo; con alguien cercano a la parroquia por ejemplo.
    • “¿Y no con algún sacerdote, quizá de tu misma edad?”
    • Sí, también es posible, pero con otro sacerdote, de inmediato te das cuenta que tienes que hablar de trabajos pastorales; y de iniciativas. Y de números. Y si tú tienes 5 adolescentes, él tiene 50 y si tú das clases en un Instituto; él da en el seminario y en la Universidad; es bastante fastidioso.
    • Pero ¿tú crees que las actividades pastorales sean “productos” como si estuvieras vendiendo electro-domésticos en una tienda?
    • No, si de estas cosas nos hablaron en el seminario, hasta el cansancio. Que de la competencia, de la abnegación y bla, bla, bla.
    • ¿Pues entonces?
    • ¿Y entonces, de qué cosa platicamos? Nosotros no estamos acostumbrados a hablar de nosotros mismos.
    • Pero, ¿medirse sobre aquello que el otro hace no es hablar de ustedes mismos?
    • Sí, es verdad. Sí, pero yo entendía platicar de cómo estamos por dentro, de qué cosas deseamos y qué cosas soñamos; de cómo oramos…, no, la verdad, mejor una pizza con un amigo.

 

En este simple texto afloran las líneas de fondo en las modalidades de relación entre presbíteros y los contenidos del intercambio de la comunicación.

Otro ejemplo de lo que pasa en nuestras relaciones, se revela en el siguiente caso:
         “Una pareja que trabaja generosamente en la parroquia, escucha la siguiente petición del joven sacerdote vicario: “Díganle ustedes al párroco que para la jornada de pastoral familiar queremos usar todos los salones de la parroquia y cambiar la distribución de las bancas de la iglesia.
         “Pero ¿por qué tenemos que decírselo nosotros, Toño?”
         “Porque si se lo piden ustedes, no podrá decir que no; si se lo pido yo, de seguro que nos niega toda posibilidad de cambio.”
         Desgraciadamente, la pareja hace la petición y obtiene el permiso; y entonces, el sacerdote coadjutor tiene la buena excusa para renovar con la pareja de amigos las críticas al párroco. No sabe que el párroco, cuando va a cenar con esta buena familia, se desahoga contra las imprudencias del joven sacerdote, de su carente vida de oración, de sus juergas y desveladas, de sus amistades, etc. La pareja (por caridad cristiana y prudencia) no le dice a uno las quejas del otro.”
         ¿Cómo superar un ambiente en el que cada uno de los implicados se siente descalificado por el otro y objeto de sutiles perfidias en donde la postura obligada es ataque o defensa?

  • AISLAMIENTO

Ningún humano puede vivir aislado; esto es, sentirse “sin casa”; sin lazos afectivos. ¿A quien le diré si me encuentro mal? ¿A quién me puedo mostrar tal como soy? ¿Con quién no tendré de que defenderme? (¿Con la catequista solterona?). Nouwen dice que los humanos son capaces de soportar cualquier condición, menos aquella de no ser importantes para alguien. En el otro extremo se encuentra el exceso de contactos; en donde dependemos de los demás, y nos infantilizamos. En realidad estamos llamados a construir unas relaciones de amistad en las que se admita y custodie esa forma especial de castidad que es la soledad.
Quien alimenta actitudes de siervo; o sea, de alianzas con otro, para aplastar al “enemigo” y que nutre lo fantasmas de lo imaginario, de lo hipotético, del “me lo dijeron”, no puede salir del aislamiento.

FRATERNIDAD PRESBITERAL
         En la base de una fraternidad presbiteral están, obviamente, sólidas razones teológicas de comunión, de testimonio, de credibilidad, de coherencia con el mensaje evangélico. Pero a nivel más practico y común existe, lo que la experiencia nos ha hecho vivir: el intento, por parte de la comunidad cristiana, de privatizar al sacerdote, de domesticarlo, de asaltarlo, de pedirle todo, pero también de aconsejarle todo. En otras palabras; de desarmarlo y volverlo a armar (estos “ejercicios” son practicados por ejemplo por catequistas en búsqueda de responsabilidades que ejercer, por parejas de matrimonios en búsqueda de modos para afrontar sus desilusiones conyugales…); en la práctica, se hacen esta idea: “sé todo del cura”. Pero cuando el sacerdote no tiene una zona suya, personal y secreta, no manipulable  –en tal modo que tiende a aniquilar toda diferencia con el laico– no tiene entonces el valor de decirse: “yo soy cura y no laico, la comunión profunda que hay en mis relaciones presbiterales, no se dan en ningún otro lado.” ¿Es posible amarse entre sacerdotes? Preguntémosle a Jesús que está en medio de sus discípulos, en la última cena. Quizá Él tenga una respuesta.
         Nouwen dice, refiriéndose a consagrados:
         Tenemos, verdaderamente, necesidad los unos de los otros y somos capaces de darnos el uno al otro, mucho más de cuanto creemos. Demasiado tiempo hemos sufrido el peso del miedo y de la culpa, por demasiado tiempo nos hemos negado los unos a los otros aquel afecto y aquella intimidad que justamente deseamos.
         Cuando se vive en comunidad, como ustedes y como yo, se impone pensar en que nuestra vida puede ser más que la reunión de un montón de solterones mañosos en donde cada uno hace lo que quiere.
         + Conocerse a sí mismo:
                   “No estamos acostumbrados a hablar de nosotros mismos”. Como ya decía al principio el curita de nuestro ejemplo, esto es dolorosamente cierto; hablamos del trabajo como se habla entre colegas, cuando hay momentos que es justamente lo que tenemos necesidad de olvidar. Muchas veces no podemos amar al otro, porque nosotros no nos tocamos a nosotros mismos; tenemos que reconocernos, saber nuestras necesidades; solo así podremos tener empatía con los de alrededor. La empatía, que es la base para acoger al otro, se aprende; no es una emoción fuerte, o violenta que se auto impone; más bien es como una brisa ligera; algo que hay que percibir; es como una caricia entre humanos; solo puedo acoger al otro en mi casa, si la he explorado, si la he ordenado (sentimientos, afectos, pasiones); si no, me arriesgo a chuparme al otro, a manipularlo, a usarlo.
¿Cómo aprender la empatía adulta? La empatía sobria y humilde se aprende en aquel ”lugar” de co-construcción de la identidad adulta que es la AMISTAD ENTRE IGUALES. Si un sacerdote no hace la experiencia de intimidad (de la caída de las barreras del yo y de la confianza), no podrá tampoco mantenerse por largo tiempo en su vocación a la castidad (a menos que por castidad entienda el orgulloso castillo de un yo que no tiene necesidad de ninguno).
         + Amistad:
         Venimos cargando una educación negativa en este renglón; se nos instruyó que cada uno de nosotros teníamos que querer a nuestros compañeros por igual. Esforzarse por tener a todos el mismo afecto, pronto degeneraba en resignarse a tener a todos el mínimo afecto. Se cernía siempre el espectro de las “amistades particulares” con sus insinuaciones homosexuales. Nos marcaron con una desconfianza “oficial” que a muchos institutos les ha sido difícil remontar. Esa resistencia toma las formas de inercia afectiva, miedo a cambiar, desconfianza de los propios sentimientos, reserva intelectual, aislamiento espiritual. Por otro lado, se ha buscado reforzarnos la idea de que la comunidad es nuestro centro efectivo; de ella brota nuestra fuerza, etc., gran cantidad de valores que aparentemente nos convencen; pero con toda su belleza y su parte de verdad, el grupo nunca puede sustituir a la persona. Diez personas no pueden sustituir a una.
         Otros, casi los más, encuentran su refugio en las “betanias”; vida social, popularidad fácil, fiestas, diversión, contactos superficiales (o menos).
         No podemos olvidar que la amistad personal con Jesucristo es la mejor realidad de nuestras vidas, y el vivirla, puede llegar a ser tan intensa y tan feliz, tan llena de gozo íntimo y de placer sin mancha que nos llene por dentro de tal manera que todo lo demás puede relativizarse y palidecer. Sin embargo la experiencia nos enseña que esto no es lo ordinario. Dios actúa a través de las “causas segundas”. Necesito amigos, ante todos para conocerme a mí mismo. Necesito un espejo para ver mi rostro. Necesito un amigo para ver mi alma; necesito su presencia, su paciencia, su intuición, sus reacciones, su amor, para que me reflejen los rasgos de mi alma, me iluminen a mi mismo mi propio modo de ser, me revelen a mí ante mí. Lo mejor de mi ser se manifiesta en la amistad; mi alegría, mi humor, mi ternura, mi picardía, mi interés por los demás y mi valor por ser yo mismo. Todo esto florece ante la presencia del amigo que amo. El hombre se descubre a sí mismo en el diálogo con otros; y el diálogo con un amigo íntimo es el mejor de los diálogos. Muy cerca de conocerse a sí mismo, y muy relacionado con ello, está el aceptarse a sí mismo. Para eso también necesito amigos. Será por lo que sea, pero a todos nos es difícil aceptarnos a nosotros mismos. Se nos hace permanentemente difícil gustarnos a nosotros mismos. Tanto examen de conciencia, tanto propósito y tanto plan, tantos objetivos ambiciosos y tanta búsqueda de la excelencia en todo, nos han dejado marca y nos han hecho ser jueces rigurosos de nuestra propia causa. Sentirse aceptado por un amigo, es la mejor manera de de llegar a sentirse aceptado por Dios; y sentirse aceptado por Dios es el fundamento mismo de nuestra paz, de nuestra salud interior y de nuestra alegría. Y siendo sacerdotes, tener un amigo sacerdote, es la verdadera perla del Evangelio; es un tesoro.
         + Diálogo:
         Si hay comunicación auténtica entre las personas, no hay problema que no tenga solución. Vivimos la paradoja de estar en el siglo de las comunicaciones y enfrentar grandes problemas de entendimiento. La extraña realidad es que a veces, entre las personas que vivimos juntas, el diálogo es difícil. Vivimos en un mudo donde el problema de la incomunicación es constante; muchas familias, y no hablo sólo de familias religiosas, tienen apenas contacto entre sus miembros.
         Dialogar es ejercer la fe. Es creer en la práctica, que Dios es Padre y nos hace a todos hermanos y la sangre habla. El diálogo es posible porque Dios existe. El diálogo no es ni una conversación, ni una discusión; sino un ejercicio de entendimiento. Esa es su esencia. Es exponer y acoger. Entender el punto de vista del otro, sentir lo que él siente; “meterme en sus zapatos”, ver con sus ojos. Dejar que opiniones nuevas o distintas lleguen a mi pantalla; permitir que otra persona se me revele tal como es. Después de haber oído lo que hay que oír, cambiaré de opinión o no cambiaré. Al diálogo no le importa eso. Pero sí habré entendido mejor a mi hermano. Eso es el diálogo. El diálogo no está para hacernos a todos iguales, sino para enseñarnos a aceptar nuestras diferencias.
         El obstáculo fundamental del diálogo, es replegar las antenas, dar el toque de retirada. El miedo a cambiar. Miedo de tener que cambiar. Donde hay miedo, no hay diálogo. Las ocasiones de practicar el diálogo son tantas, como las horas del día; en el rezo, en el descanso, en los pasillos, en las planeaciones, en las reuniones, en las evaluaciones, en la mesa; puede haber mucho diálogo y puede no haber nada.
         + Formación:
         ¿Cómo negar lo que nuestras familias nos han dado? ¿Cómo negar lo que nuestra institución puso en nosotros?  A medida que pasa el tiempo, estoy convencido de lo determinante que es la formación; familiar e institucional. Los valores y contravalores que han sembrado en nosotros, parece que nos los han tatuado; son como indelebles. Tienen un influjo importante en nuestro desarrollo diario. Yo había vivido, los años pasados, en comunidades muy homogéneas, con sacerdotes y religiosos formados en la misma “escuela” que yo. Entonces, la vida de comunidad se hace más ligera. Ahora convivo con sacerdotes y religiosos mayores; que han recibido otra formación. Hablamos lenguajes distintos. Subrayamos cosas distintas. Rezamos diferente. Reflexionamos de modo diverso. No es que esto sea un drama, pero sí me habla de los saltos en la formación. A nosotros nos metieron hasta por los forros “la vida religiosa”. Nuestra Congregación, antes, subrayaba la vida sacerdotal. ¿Cómo hacer para que la institución adopte parámetros de formación que posibiliten siempre una vida de comunidad que asegure la calidad?
Hay otros valores que todos saben que son indispensables en la vida de comunidad:

  • La urbanidad
  • La transparencia
  • La disponibilidad en las tareas comunes

En un mundo asaltado desde todos los ángulos por el individualismo, los ministros del Evangelio, los sacerdotes, estamos llamados, no sólo a dar un testimonio de vida fraterna y de amistad, sino a gozar nosotros mismos de esos beneficios que da vivir en comunidad de hermanos y así, encender una luz en la vida de los cristianos. La tarea está siempre por hacerse. No se puede construir la ciudad sin esfuerzo. No hay resurrección sin cruz. ¿Podemos entender eso?

  • TRABAJO PERSONAL: (20 MINUTOS)
    • A. ¿Qué cosas creo que estoy aportando a la vida comunitaria?
    • B. ¿Qué cosas (o personas) están bloqueando un aporte más rico de mi persona a mi comunidad?

 

  • TRABAJO POR GRUPOS: (45 MINUTOS)

Formamos grupos de seis personas. Nombramos un secretario y recogemos los aportes del grupo.

Grupo 1
         + Hacer una descripción de la vida comunitaria actual en la Confraternidad de Operarios de Cristo. Sus luces y sombras.
        
Grupo 2
         + Hacer una síntesis sobre la manera que nos han formado en la Confraternidad en relación a la vida comunitaria y una posible evaluación.

         Grupo 3
         + Destacar los elementos positivos y los elementos negativos que les han ayudado y/o dificultado la vida comunitaria en la Confraternidad.

          Grupo 4
         + Dialogar sobre la “intimidad” entre nosotros. ¿Cómo es? ¿Qué la favorece? ¿Qué la dificulta? Habla de la amistad entre nosotros.

         Grupo 5
         + Dialogar sobre nuestras “fugas” de la comunidad: ¿qué las provoca? ¿Por qué creemos que se dan? ¿Cuánto nos han afectado? ¿Por qué?

         Grupo 6
         + Dialogar sobre nuestra vida de oración; la amistad con Jesús. ¿Cómo es? ¿En que nos ha ayudado en la comunidad?

         Grupo 7
         + Dialogar sobre nuestras relaciones “hacia fuera” nuestras “betanias”. ¿Cómo son? ¿Ayudan? ¿Estorban? ¿Por qué?

         Grupo 8
         + Dialogar sobre el futuro que vemos y prevemos para la vida de comunidad en nuestra Confraternidad. ¿Cuáles son nuestras esperanzas? ¿Cuáles nuestras dudas?

 

  • TRABAJO EN PLENARIO (1 HORA Y 15 MINUTOS).

Cada grupo irá exponiendo sus conclusiones.

         Se propone cerrar en taller con una oración por la comunidad.

Oración por mi comunidad
Padre, hoy quiero pedirte
por mis hermanos de comunidad.

Tú los conoces personalmente,
conoces su nombre y apellido,
sus virtudes y sus defectos,
su fortaleza y sus debilidades;
sabes toda su historia;
los aceptas como son
y los vivificas con tu Espíritu.

Tú, Señor, los amas,
no porque sean buenos,
sino porque son hijos tuyos.

Enséñame a quererlos de verdad,
a imitación de Jesucristo Sacerdote y Víctima,
no por sus palabras o por sus obras,
sino por ellos mismos,
descubriendo en cada uno,
especialmente en los más débiles,
el misterio de tu amor infinito.

Te doy gracias, Padre,
porque me has dado hermanos.
Todos son un regalo para mí,
un verdadero sacramento,
signo sensible y eficaz
de la presencia de tu hijo.

Dame la mirada de Jesús para contemplarlos,
y dame su corazón para amarlos
hasta el extremo,
porque también yo quiero ser para ellos,
sacramento vivo de la presencia de Jesús.

H. J. M. Nouwen, Il Clown di Dio, Brescia 2000.