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Arte y Espiritualidad
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Investigaciones Clío, la musa de la historia

EL RINCON DE CLIO



 

Vocación Social de la Iglesia

Una aproximación histórica

Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S.

Índice

  1. En tiempos de Jesús
  2. Las primeras comunidades cristianas
  3. Los padres apostólicos
  4. La antigüedad cristiana
  5. El largo camino medieval
  6. La gran renovación
  7. La modernidad
  8. Un camino nuevo: la cuestión social
  9. Una ventana hacia México
  10. El magisterio
  11. Y otra vez en México
  12. Continuación del magisterio
  13. Conclusión
  14. Bibliografía

En tiempos de Jesús

 

La última cena de Leonardo Da Vinci
La última cena

Los escritos del Nuevo Testamento registran el pensamiento de Jesús y de la comunidad cristiana primitiva; son las primeras “actas” de que disponemos para conocer las ideas concretas de un grupo naciente, que fue evolucionando de ambientes eminentemente familiares y provinciales hasta lograr una compleja organización multi nacional. La Iglesia, como estructura organizada, heredó en primera instancia, el aparato organizativo de los antiguos romanos, y ha logrado sobrevivir a lo largo de dos milenios, no obstante los innumerables sucesos que la han amenazado;  como le sucede a cualquier grupo humano estructurado. Basta pensar que los cristianos debieron soportar, desde muy temprano, los conflictos y malentendidos entre ellos mismos, los problemas con el Estado, el desprestigio social, la marginación de las leyes y de la sociedad y la persecución directa.
Además de los pensamientos, preceptos, máximas, reglas y enseñanzas; discursos y catequesis, parábolas y narraciones, ya sean exhortativas, parenéticas o mistagógicas, contenidas a lo largo del Evangelio y los demás escritos neotestamentarios, encontramos sin duda una colección de prácticas primitivas, de Jesús y sus seguidores de la primera hora, que apuntan desde el comienzo, en una dirección bien precisa y definida: la ayuda a los necesitados, la atención a las viudas y a los huérfanos, a los “endemoniados”; el cuidado de los enfermos, la administración de los bienes de la colectividad, la alimentación de los más pobres, la instrucción de los ignorantes. Se podría pensar que las antiguas sociedades judía, siria, romana, mesopotámica, persa, india…, asociaron a los cristianos con una celebración litúrgica, un credo especial y una práctica de servicio que los distinguió de los demás cultos que bullían en las grandes capitales de la antigüedad.
Tomando como ejemplo el Evangelio de Lucas, ahí se nos transmite la imagen de un Jesús que anunció su vocación programática, declarando haber venido para dar una buena noticia a los pobres, para anunciar la liberación a los esclavos y decirle a los ciegos que no desesperen porque pronto van a ver (Cf., Lc 4, 18). De por sí, estos anuncios son ya una práctica social, pero Jesús no se frena ahí, sino que continúa diciendo que dejará libres a los oprimidos (Ibíd.). El texto se cierra narrando cómo este feliz anuncio, por poco le cuesta la vida a Jesús, ya que sus oyentes deciden, por razones que hoy nos parecen baladíes, despeñarlo desde lo alto de un cerro (Cf., Lc 4, 29).

Comenzado con este hecho tan significativo transmitido  por Lucas, todo su Evangelio está atravesado por una práctica social sin precedentes en las religiones antiguas: enseñó a quienes no sabían: 4, 31; 5, 2, 3; 5, 17; 8, 4-9; 12, 4; 13, 10; 13, 22; 19, 48; 21, 37. Arrojó demonios: 4, 35; 6, 18; 8, 32-33; 9, 42. Curó enfermos: 4, 39, 40; 5, 13; 5, 15; 5, 17; 5, 24; 6, 10; 6,17; 7, 10; 7, 21; 8, 44; 11, 14; 13, 12; 14, 4; 17, 15; 18, 40-42. Predicó el Reino: 4, 43; 5, 32; 7, 22; 8, 1; 9, 11; 10, 2; 13, 18; 17, 20-21. Amó a los pobres: 6, 20; 10, 21-22; 12, 32; 16, 20; 21, 1-4; 23, 41-43. Amó a sus enemigos: 6, 27-30; 22, 48. Resucitó a los muertos: 7, 14;  8, 54. Consoló a los afligidos: 7, 13; 8, 52. Dio de comer a los hambrientos: 9, 15. Remedió las dolencias de los demás: 10, 33-35. Se compadeció de las multitudes: 13, 34-35; 15, 4-10; 15, 20, 22-24; 15, 31-32; 17, 13-14; 18, 39; 19, 5; 19, 41; 23, 28-29.

Todos estos trazos que impresionaron a los discípulos de Jesús y que nos fueron heredados, nacieron en medio de una sociedad sembrada de violencia y rivalidad, de venganzas y ajuste de cuentas. Una sociedad dominada por un poder superior, el romano, que, lejos de ejercer la justicia y la equidad, mantenía la paz a cambio de complejos equilibrios de poder, sustentados por el ejército más poderoso del momento. Estas coyunturas históricas, hicieron también que las ideas y sobre todo las prácticas inauguradas por Jesús, prendieran como fuego en la yesca. Nada más revulsivo que la práctica del amor, el perdón, la comprensión, la compasión, el amor a los enemigos; dar la atención a los más pequeños, escuchar a los que no tenían voz, dignificar el papel del niño y de la mujer. El Evangelio muestra con abundancia de testigos que Jesús no fue indiferente al problema de la dignidad y de los derechos de la persona humana, ni a las necesidades de los más débiles, de los más necesitados y de las víctimas de la injusticia. Es pertinente observar que Jesús buscó formar a sus discípulos en una justicia del todo interior, en el secreto de una vida en la que sólo es testigo el Padre de los cielos (Mt 6, 1-18). Por eso, sólo fue posible encarnar la ley del amor, herencia postrera de Jesús (Jn 13, 34-35), habiendo antes introyectado, hasta la médula de sus seguidores, el valor del amor, la fraternidad, la compasión, que deben regir la vida de los cristianos. En el Evangelio se contienen algunas verdades fundamentales que han forjado el pensamiento social de la Iglesia en su camino a través de la historia. Jesús  proclama la igualdad en dignidad entre todos los seres humanos, hombres y mujeres, independientemente de su etnia, nación, cultura, grupo político o condición social. Tiene una concepción del hombre como ser social en virtud de su misma naturaleza. Afirma la dignidad del matrimonio que constituye la forma original de relación  entre el hombre y la mujer. De estos aspectos del “ser social” nace la exigencia de que las relaciones   se establezcan con criterios de humanismo, o sea, de justicia, paz y fraternidad. Otros muchos valores contiene el Evangelio que inciden en la vida de la sociedad, como por ejemplo: el valor de la familia, el del origen y naturaleza de la autoridad, entendida como servicio, el perdón, la solidaridad, la misericordia, la limosna, la exigencia de compartir, el amor a la verdad.

 

Las primeras comunidades cristianas

 

Las primeras comunidades, además de ser depositarias y continuadoras de las enseñanzas de Jesús y sus discípulos y de revivir el gesto de la fracción del pan, intentaron coexistir en igualdad de situación económica, sacrificando los propios bienes, para que ninguno de los que creían en Cristo sufriera hambre o necesidad (Hch 2, 42-47). Estos hechos no podían pasar desapercibidos y de hecho, desequilibraron a una sociedad ajena a una masiva práctica humanitaria.
 Si bien los “retratos” narrados en los Hechos de los Apóstoles sobre las primeras comunidades, se cree que son una proyección idealizada de lo que se pretendía vivir, sabemos que estos intentos fueron, y han sido siempre, un patrimonio inmemorial de la Iglesia de Cristo que ha buscado, de muchas maneras y por diversas vías, de acercarse al ideal primitivo del colegio apostólico presidido por el “Hijo del hombre”.
La partida del Maestro dejará un vacío inmenso; jamás se volvió a escuchar la palabra soberana de Aquél que habló a nombre propio, con autoridad, que reivindicó para sí la dedicación total de la persona que lo quiera seguir; constatación sencilla, pero de capital importancia. Nunca  nadie más pretendió ponerse en el lugar del Cristo.
En la elección de los primeros diáconos (Hch 6, 1-7) la Iglesia iba cristalizando su quehacer comunitario en torno a la práctica del bautismo, con lo que implicaba de predicación del kerigma y catequesis, los demás sacramentos y esencialmente la Eucaristía. Desde el comienzo, se designa, con la imposición de manos inclusive, a aquéllos que deben “servir las mesas”, administrar los bienes de la comunidad, atender a los menesterosos; encargarse de todas las cuestiones que hoy llamaríamos “sociales”, para la “edificación del cuerpo de Cristo”. La aparición de los presbíteros en la Iglesia fue un poco más tardía (Hch 11, 30). No se sabe la fecha en la que surgieron, ni de qué modo fueron creados en las comunidades. Por una narración anterior (Hch 4, 45) sabemos que todos aquellos que cedían sus bienes a la comunidad, ponían el dinero “a los pies de los Apóstoles”; y estos a su vez, podemos pensarlo así, lo pasaban a hombres encargados de suministrar, mediante las compras hechas con esos bienes, lo que los grupos de hermanos y hermanas necesitaban. Por eso, para los diáconos como para los presbíteros, el cargo administrativo con el que nacieron, estuvo, por otro lado, ligado a un cargo espiritual. Recordemos la carta de Santiago que prescribe para los enfermos, el auxilio de los presbíteros para que oren sobre ellos y los unjan con óleo bendito y así, con la oración y la fe, sean salvos (St 4, 14). Así, el oficio presbiteral es un oficio de pastor y de médico, como, en este sentido los exhorta san Pedro en su primera carta: Ahora me dirijo a los presbíteros que hay entre ustedes; yo también soy presbítero y testigo de los sufrimientos de Cristo, para también compartir con ustedes la Gloria que se va a manifestar. Apacienten el rebaño de Dios que se les ha confiado, cuidándolo no a la fuerza, sino con gusto, a la manera de Dios. No piensen en alguna ganancia, sino háganlo con entrega generosa, no  como si fueran dueños de los que están a su cargo, sino tratando se ser modelos del rebaño. Entonces, cuando aparezca el Jefe de los Pastores, ustedes recibirán a modo de corona la gloria que no pasa (5, 1-5). Además de diáconos y presbíteros, desde la época apostólica, surgió la institución de las diaconisas, de las cuales se habla en la carta a los romanos (16, 1-2); éstas atendían a los catecúmenos, se consagraban al cuidado de los enfermos, de los menesterosos y a la educación de los niños. La institución  desapareció muy temprano.
Las persecuciones desatadas, primero por los sumos sacerdotes y los saduceos y después por los emperadores romanos, fueron el primer vehículo para que la Iglesia se diseminara por todas las tierras del imperio romano. Una tradición muy antigua conserva el dato de la dispersión de los apóstoles: doce años después de la Resurrección del Señor; esa fecha coincide con la persecución de Agripa y en los años siguientes ya no veremos nunca a los doce reunidos en Jerusalén.
A través de esa dispersión, en todos los rincones de dominio latino, se escuchó la voz de Jesús que seguía pidiendo abandonarlo todo por seguirlo; recordando también aquella inquietante palabra del Maestro: “Ve, vende todo lo que tienes y entrégalo a los pobres…”
Estas persecuciones tuvieron un impacto tremendo en los cristianos; por un lado, los obligaba a tener una extraordinaria movilidad, lo que hacía que el mensaje se distribuyera; pero también les arrebataba a los mejores hombres que tenían; a los pensadores, a los escritores, a los pastores notables. Pero una lección que aferraron pronto, y es importante subrayarlo para el tema que nos ocupa: aprendieron a ser independientes del Estado, a moverse por su cuenta, a organizar sus propias ayudas, a garantizarse la propia atención. Cuando llegó el tiempo de los emperadores cristianos, esta lección la habían aprendido bien, si no, hubieran sido aplastados por la máquina política. Muchos gobernantes, tantos, a lo largo de la historia de la Iglesia han querido ejercer el cesaropapismo. Ella ya había aprendido a caminar sola, desde pequeña.

 

Los Padres Apostólicos

 


Facsímil de las primeras líneas del Didaché

La estafeta entregada de una generación a otra puede ser perfectamente rastreada sin interrupciones, de la generación apostólica a los padres apostólicos y su época. Estos eslabones fueron san Clemente romano, san Ignacio de Antioquia, Hermas de Roma, Papías de Hierápolis, Policarpo de Esmirna; el autor de la Didajé y el autor desconocido de la Epístola de Bernabé. En todos estos escritos antiguos, más que doctrina dogmática, se exponen normas morales, de organización comunitaria y litúrgica; algunos temas “sociales” que abordan son, por ejemplo: regular la asistencia a los peregrinos, recordando la necesidad de trabajar para no ser gravosos a los hermanos (Didajé). En las cartas de Ignacio de Antioquia, que dirige a las iglesias mientras se encamina a recibir el martirio a Roma, encontramos por vez primera la expresión «Iglesia católica» para referirse al conjunto de los cristianos. La Iglesia es llamada «el lugar del sacrificio»; es probable que con esto se refiera a la Eucaristía como sacrificio de la Iglesia, pues también la Didajé llama «sacrificio» a la Eucaristía. En el saludo inicial de la carta a los romanos, Ignacio subraya a esta Iglesia como «puesta a la cabeza de la caridad», cuyo significado más probable parece ser que es la Iglesia que tiene la autoridad para dirigir en lo que se refiere a lo esencial del mensaje de Cristo. Para san Ignacio, la vida del cristiano consiste en imitar a Cristo, como Él imitó al Padre. Policarpo de Esmirna, en su Epístola a los filipenses insiste en que Cristo fue realmente hombre y realmente murió; que hay que obedecer a la jerarquía de la Iglesia (por cierto, menciona sólo presbíteros y diáconos en Filipos), que hay que practicar la limosna, y que hay que orar por las autoridades civiles.

Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía
Hermas de Roma
Hermas de Roma
Papías de Hierápolis
Papías de Hierápolis


Es pues constante la preocupación de la Iglesia primitiva, de atender a las muchas necesidades de sus integrantes. Podemos decir que se dio, desde los primerísimos tiempos, una colectividad orgánica y no un simple agrupamiento de hombres y mujeres sin control de acción. Se puede decir que en los primeros tiempos, la Iglesia fue un conjunto de personas, amigos de Cristo, que se unieron porque se descubrían amados por Él y por eso se amaban entre ellos; forman una fraternidad, una caridad centrada en el ágape. Si bien se encuentran diseminados por “todo el mundo”, los cristianos no son una federación de grupos distintos, sino “un solo cuerpo”; la única sociedad de los fieles de Cristo, una sola Ekklesià que lleva el nombre de la ciudad en la que se encuentra. Así pues, la unidad es una característica esencial que brillará sobre todo en orden a la doctrina y a la práctica de la caridad.


San Bernabé



San Clemente Romano

Policarpo de Esmirna

 

Las acciones de los cristianos primitivos tenían algunas características que es bueno recordar: evitaban los espectáculos de circo, los combates de gladiadores y de éstos con las fieras; se mostraban indiferentes ante la fortuna, o renunciaban a gozar egoístamente de las riquezas, ya que veía en ellas un medio para remediar, con la práctica de la liberalidad, los males de los otros. Los cristianos condenaban los gastos inútiles, se prohibían a sí mismos los vestidos lujosos; se recomendaba la moderación en el uso personal de los bienes del mundo; esto en cuanto a la ascesis que todos debían observar. Además, los cristianos, desde los orígenes, dedicaron una buena parte de la vida diaria a la oración personal, además del culto dominical, celebrado en comunidad. A esto se agregaba el ayuno, que en los dos primeros siglos de la Iglesia, se hacía dos veces a la semana, miércoles y viernes. Pero quizá la práctica que sobresale del cristiano, es aquella de buscar siempre el bien del prójimo; todos los miembros de la comunidad debían ser servidores. Este amor entre ellos, impresionaba a los paganos que decían: “mirad cómo se aman”. Y en verdad, externamente esto era lo que incitaba a la curiosidad y suscitaba admiración; más que la doctrina o el culto litúrgico, la caridad llamaba la atención de los paganos. Pero también esta tenía sus maneras y reglas para ser ejercida; por ejemplo en la ayuda a los pobres, casi no puede hablarse de que existiera una caridad individual, o de iniciativa privada; la Didaskalìa, escrito del siglo III opinaba que con la práctica privada de la caridad, se hacía una ofensa al obispo; pues se daba a entender que éste no cuidaba de los pobres. Más bien, el camino correcto consistía en que los fieles entregaran los bienes al obispo y éste los distribuía según su criterio. Como en la más remota antigüedad, cuando los discípulos “ponían sus bienes a los pies de los apóstoles”. Por su parte, el obispo debía entregar dichos bienes, no como dueño de ellos, sino informando a los pobres de dónde provenían.

 

La antigüedad cristiana

 

En este espacio tan reducido, no nos es posible anotar todos los ejemplos, a lo largo de los siglos, de las distintas formas en las que la Iglesia, desde sus remotos orígenes ha asumido su vocación social; por eso hemos de dar sólo unos cuantos ejemplos de continuidad, que nos hace caer en la cuenta, cómo la Iglesia ha sido creativa en su tarea de encarnar en el mundo la caridad de Cristo.
En la antigüedad, las tareas cristianas se manifiestan en la creación de diversas instituciones caritativas. Gracias a ellas, poco a poco se irán también transformando unas estructuras heredadas del decadente imperio romano. Por ejemplo Basilio de Cesarea de Capadocia (n. 330, +380) organizó una verdadera “ciudad de Dios”, compuesta por iglesia, monasterio, hospicio, escuela y hospital en donde se acogía a los peregrinos, a los pobres y a los enfermos. Disponía de más de quinientos enfermeros y estableció en el puerto de Ostia, un asilo para acoger a los viajeros.


Basilio de Cesarea de Capadocia

El nacimiento de la vida monacal, con Antonio (+356) y Pacomio (+346) dio a la Iglesia la posibilidad de una estructura dentro de la estructura. Hay dos modelos monacales en los orígenes; el eremitismo y el cenobitismo. Los dos buscaron tener, como rasgo esencial, que el contacto con los demás incluyera un servicio de marcada tendencia social, como la predicación, la enseñanza, el consejo oportuno, la protección del peregrino. Esta iniciativa surgida en oriente, pronto se extendió con toda fuerza en la Iglesia occidental, tomando mayor vigor y estilos más cultos y civilizados que los orientales, que eran más dados a extravagancias, como fueron, por ejemplo, los estilitas. Las concentraciones monacales fueron focos de cultura, de ayuda a los menesterosos y aún de comercio y educación. Benito de Nursia (+543), contribuyó con su Regla a dar estabilidad y consistencia a la vida monacal y con ello, continuidad a todos los servicios que un monasterio ofrecía a las poblaciones en donde estaban enclavados.

Pacomio y Antonio

Benito de Nursia

 

El largo camino medieval

 

Después de los esplendores de la Iglesia antigua, por varios motivos, la sociedad se sume en una época de largas tinieblas. Atrás quedaban los elevados escritos doctrinales de los Padres de la Iglesia, los antiguos y espléndidos Concilios, los magníficos monasterios, las ayudas organizadas. Parecía que el mundo entero se venía abajo. Varios y complejos fenómenos provocaron esta decadencia. Las invasiones germánicas: los hunos, los vándalos, los godos, los visigodos. Roma cae bajo la embestida de los visigodos en 410 y el último emperador, el adolescente Rómulo Augústulo, es despojado de su reino por el bárbaro Odoacro. Se resquebraja el mundo antiguo. Estas complejas y masivas movilizaciones, que se conocen con el poco afortunado nombre de “invasiones bárbaras”, fueron un proceso de reacomodo étnico que duró larguísimos años y que cerró un periodo histórico. A esto se añade la paulatina despoblación del imperio romano. Roma, que llegó a contar un millón de habitantes en tiempos de los primeros emperadores, para el año 500 no llegaba a cincuenta mil almas. Con esa población, la espléndida capital del mundo, se desmoronaba en pedazos. Muchas ciudades y pueblos desaparecieron literalmente; las grandes ciudades dejaron de serlo. No se sabe qué cosas causaron tal pérdida de pobladores; se cree que un conjunto de causas como las pestes, causas de índole social y aún moral. Pero sólo son conjeturas. El caso es que sta pérdida de población arrastró a la hecatombe a toda la cultura occidental, pues había dejado de existir un tejido social que la sustentase. En esta marea de despoblación toda la estructura social fue afectada medularmente, incluyendo las ayudas que la Iglesia sostenía.


Rómulo Augústulo

Odoacre

 

A estas convulsiones, pronto se van a agregar las terribles presiones ejercidas desde África y Medio Oriente por el Islam. Si consideramos que Mahoma, muerto en 632, no dejó más que un puñado de tribus nómadas organizadas, que no alcanzaban a dominar Arabia, sus seguidores, en siglo y medio, habían ya dominado toda la cuenca del Mediterráneo, ocupando toda la cornisa nordafricana, casi la totalidad de la península Ibérica, parte del sur de Francia y de Italia, abriéndose a tierras tan lejanas como Persia, India, hasta llegar a Samarcanda. Se perfila en la historia el gran rival de los cristianos, el Islam. Comienza un periodo exhaustivo de guerras que durarán todo el medioevo.


Mahoma

Mahoma predicando


Todos estos factores acarrearon grandes conflictos en la sociedad. La robusta vida urbana de antes, languideció, el comercio casi se extinguió. Quedaban sólo grandes territorios incultos y una vida rural muy primitiva. Las costumbres se embrutecieron, el arte y el estudio no su cultivaron ¿para qué? Entonces, también la religión popular se mezcló con el paganismo supersticioso. Parecía que todo estaba destinado a desaparecer, pues el mismo clero y los obispos estaban en situación de decadencia. Todo estaba semi podrido; pero gracias a la vida religiosa, encerrada en los monasterios, se pudo mantener encendida la llama de la fe y de la cultura.
Unas solas líneas dedicamos a la larga etapa medieval: La Edad Media no hace más que aplicar y desarrollar los principios y las orientaciones contenidas en el Evangelio. Moviéndose dentro de las estructuras de una sociedad feudal que busca humanizarlas con espíritu de justicia y de caridad, uniendo la obra de evangelización con oportunas intervenciones caritativo-sociales. Los Padres de la Iglesia fueron conocidos no sólo como intrépidos defensores de los pobres y de los oprimidos, sino también como promotores de instituciones asistenciales como hospitales, orfanatos, hospederías para peregrinos y forasteros, y además de generar concepciones socio-culturales que han inaugurado la era de un nuevo humanismo radicado en Cristo.
Las interminables guerras de Las Cruzadas vieron nacer órdenes militares, hospitalarias y de asistencia a peregrinos y enfermos. Y un poco más adelante en el tiempo, en el siglo XIII,  las grandes órdenes mendicantes: franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios, trinitarios, servitas, jerónimos, carmelitas. Mientras los monjes buscaban lugares solitarios, aislados de las poblaciones, los mendicantes se insertaban en las ciudades en expansión,  buscado ampliar la red de evangelización y de contacto; fundaron escuelas, hospitales y asilos.  En una población en donde la Iglesia es considerada la sociedad perfecta, el ideal se vuelve vivir la cristiandad. Las nuevas órdenes acercan ese ideal a la gente. Se tiene un concepto teológico de la vida, una estructura teocrática y una organización jerárquica. En este periodo nacieron cientos de Confraternidades, muchas de las cuales aún subsisten en Europa. Agrupaban a los laicos, hombres y mujeres, tenían un carácter penitencial y como finalidad, además de exaltar algún misterio de Cristo o de la Virgen, organizar tareas de ayuda para los menesterosos, del más variado tipo como cuidar a los enfermos, enterrar a los muertos, proveer de asistencia sanitaria a quienes no podían pagarla, dotar a las muchachas jóvenes, asistir y consolar a los criminales condenados a muerte y otras. Florecieron a partir del siglo XIII y llegaron a su clímax en el siglo XVI.


Primera Cruzada

El medioevo se cierra con múltiples movimientos sociales; el fin del feudalismo, el nacimiento de los nacionalismos y con ello la unificación de pequeños reinos en conglomerados más significativos; el creciente poder de algunas familias nobles que luchan por unificar grandes territorios para ejercer sobre ellos hegemonía política y militar. La Iglesia es parte, y en muchos casos, protagonista de todos estos cambios evolutivos de la sociedad.

 

La gran renovación

 


Hombre de Vitruvio

Tres acontecimientos, de índole muy distinta, van a renovar las tareas de la Iglesia y de una sociedad que deja atrás el medioevo: el Renacimiento, el Concilio de Trento y el descubrimiento de América. El Renacimiento fue un fenómeno cultural que se gestó, primero en Italia, a finales del siglo XIV y que se extendió en Europa y luego en América.  Consistió en poner al hombre en el centro de su reflexión, mira hacia las obras del periodo clásico y por lo tanto los ideales se vuelven aquellos que movieron a los griegos primero y a los romanos después; se renueva el interés por las grandes preguntas filosóficas del hombre, se cuestiona su origen, finitud y destino. Las artes fueron las más beneficiadas de este rejuvenecimiento; la pintura, escultura, arquitectura adquieren un nuevo significado y llegan a su cenit de perfección. Toda Europa vibró ante esta oleada de humanismo que brotaba del Renacimiento. Cada país tuvo sus grandes pensadores y artistas ente los cuales muchos eran clérigos. La Iglesia  jerárquica, se dejó atrapar por la deslumbrante moda y entonces vimos a papas mecenas, coleccionistas, estadistas, guerreros, príncipes…y poco pastores. Pero en la mente de toda la Iglesia quedó de este caudaloso río un sustrato humanista que se plasmaría sobretodo en la creación de las iglesias del Nuevo Mundo.


Descubrimiento de América


El Concilio de Trento (13 de diciembre de 1545 – 4 de diciembre de 1563) vino a poner las cosas en su lugar, en una Europa exhausta a causa de las guerras, divisiones civiles y políticas y en un clero relajado e ignorante. Después de la dolorosa fractura de la unidad cristiana occidental, a causa del movimiento iniciado por Lutero, y que ellos llamaron “Reforma”, aludiendo a que pretendían reformar los abusos, cada vez más escandalosos de la curia romana y de los papas. Por estos motivos se desataron encarnizadas luchas entre protestantes y católicos, en Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Holanda… Surge, después de muchos intentos, el Concilio más influyente que ha habido en la historia de la Iglesia. Éste eliminaba muchos abusos y ponía las bases para una pastoral que duraría casi quinientos años: se abordó la reforma de obispos y clérigos; nacieron los seminarios tal como ahora los conocemos; se centró el culto cristiano en la Eucaristía; se realzó la dignidad del sacerdocio, se detalló la teología de los sacramentos, se prescribió el catecismo y… se guardó la Biblia. Es indudable que este Concilio ha influido tanto, que aún tenemos elementos pertenecientes a ese periodo. A partir de él, la Iglesia comenzó su propio Renacimiento, que lentamente se fue dando gracias a que los obispos de las siguientes generaciones fueron formados en las prescripciones de Trento. Se pasó de los obispos áulicos, intrigantes y adeptos a la corte, amantes del lujo y las fiestas, a obispos residentes, interesados por sus diocesanos, su clero y sus seminarios. Sólo así se pudo hacer frente a todos los abusos vividos que le costó a la Iglesia católica media Europa.


Concilio de Trento


Con estos dos renacimientos, España abrió las puertas de un nuevo mundo. Cargada de ideales religiosos y culturales, llena de sueños grandiosos, transplanta a las nuevas tierras de Las Indias del Mar Océano, los sinceros y profundos deseos, al menos de parte de los eclesiásticos, –la mayoría religiosos- de implantar una fe pura, una práctica cristiana intachable y hacer de los pueblos, verdaderos conventos de orden, disciplina, laboriosidad, piedad, justicia y paz. Si mucho no se logró debemos encontrar las causas en la inmensa complejidad de los intereses que desembarcaron con las carabelas y las siguientes naves. Pero no, es más preciso decir que mucho se logró. En contra de lo que se ha opinado superficialmente, los mejores hombres que la Iglesia española tenía en ese momento, fueron embarcados para América y aquí dejaron obras inmortales. Por sólo recordar algunos de los primeros pastores “mexicanos” citemos a los humildísimos franciscanos que impresionaron a los indígenas por su pobreza: Martín de Valencia, Pedro de Gante, Juan de Aora, Juan de Tecto, Toribio de Benavente, Motolinía, Andrés de Olmos, Bernardino de Sahagún, Jerónimo de Mendieta, Diego de Landa; a Juan de Zumárraga, a Vasco de Quiroga,  Alonso de Montúfar,  Bartolomé de las Casas, Julián Garcés y sucesivamente a una oleada de grandes humanistas, pensadores y maestros, lingüistas, misioneros y geógrafos o historiadores, arquitectos y artistas que dieron lustre a la benéfica obra social de la Iglesia en el Nuevo Mundo. Los reyes españoles, me refiero a los de la Casa de Austria, tomaron con seria responsabilidad la famosa concesión del Patronato Real, pedido por los Reyes Católicos y otorgado en 1508 a Fernando y su hija Juana, pues Isabel había muerto en 1504, por el papa Julio II. Los reyes de la Casa de Austria tuvieron más celo por la Iglesia novohispana que el papa mismo, al dotar de personal capacitado, conceder mercedes para crear diócesis, construir hospitales, iglesias, conventos y organizar desde los cimientos a una iglesia que estaba naciendo. La Iglesia novohispana fue la “madre de la caridad”; a ella se deben los primeros hospitales, colegios, imprentas, asilos, universidades, talleres artesanales, montes de piedad, asilos de locos. Toda obra de caridad tenía detrás a la Iglesia, con el apoyo virreynal y regio.
Otra cosa fue el periodo de los Borbones, más preocupados de las leyes y las normas, como buenos monarcas ilustrados. Pensaban que las cosas se solucionaban emitiendo decretos. Buscaron un provecho mucho más redituable en lo material que en lo espiritual. Organizaron mejor los caminos, las aduanas, las fábricas, el campo, los comercios. Introdujeron reformas en todo y para todo buscaron estatutos, códigos, normas, regulaciones. No se tentaron el corazón a la hora de eliminar lo que les estorbara, fuera quien fuera, como lo hizo el muy católico rey Borbón, don Carlos III, quien desterró de todos sus reinos a los padres jesuitas. A México le tocó en 1767, lo que significó dejar un vacío enorme en la educación media y superior, pues prácticamente estaban en sus manos la totalidad de los colegios, seminarios y universidades. De este golpe México no se repuso. Detrás de los jesuitas estaba también una enorme obra social, misional, de caridad, de cultura y de progreso, que de la noche a la mañana se perdió sin sustituirse por nada.


Carlos III, Rey de España

 

La modernidad

 

La revolución francesa de 1789 fue una sacudida tan brutal que después de ella, el mundo ya no fue igual. En el Ancient regime, todavía, la Iglesia daba la impresión de contener todos los sectores de la vida humana; fue a partir de ese violento espasmo social que la sociedad civil, industrial, urbana y rural comenzó a construir un mundo al margen de la Iglesia. Se gestó una idea de Estado diametralmente distinta a la anterior. El Estado ya no era una dinastía, sino el país y sus pobladores. Ahora el  pueblo se da a sí mismo una Constitución, monárquica o republicana y, aunque es una noción abstracta, aparece como una entidad dotada de vida propia a la cual se le dan atribuciones y capacidades, como si fuera una persona. Esta es “la persona” que se va a pelear a muerte con la otra “persona” que es la Iglesia. Después de un largo maridaje en el que los dos eran “una sola cosa”, vendrá el tumultuoso divorcio.


Toma de la Bastilla, 4 de julio de 1879.

Después de la revolución francesa, con el auge de una siempre creciente industrialización, esta trajo, en las grandes capitales occidentales, el surgimiento de una nueva clase: la obrera. La revolución industrial, comenzada en Inglaterra a fines del siglo XVIII, se extendió por el mundo industrializado. Consistió en un conjunto de profundas transformaciones económicas y sociales, que saltaron de la isla a todo el Continente y de ahí a América y al mundo. La explotación masiva de hombres mujeres y niños exacerbaba el panorama social. En 1848 Carlos Marx publica su Manifiesto comunista. Más adelante, en 1867 El capital. Elabora entonces una teoría socialista, científica, en donde el motor es la lucha de clases. Los católicos comenzaron a responder, airadamente, a estas teorías, suspirando por el antiguo régimen, puesto que pensaban que todos esos males venían del cambio; a los católicos conservadores les faltó profundidad crítica. Sin más, su propuesta de solución al problema, como lo veremos más adelante en el Porfiriato, en México, era marcadamente paternalista; no se atendían a las raíces, se pretendía, sin más, “seguir siendo buenos con los pobres”. Así, en el mundo occidental nació un socialismos que, no sin buena dosis de verdad, acusaba a la Iglesia de abandonar la causa de los pobres para quedarse con los medios de influencia; o sea con las riquezas. Pueden parecer exageradas estas apreciaciones, pero el hecho es que la Iglesia, que había llegado a penetrar en el mundo obrero y a organizarlo influyendo en él; por tener esa falta de visión histórica y desconfiar de todo lo que oliera a democracia, por temer las prácticas sindicales, por ese miedo paralizante para oír crudamente de frente los problemas, y sostener esa defensa a ultranza de los intereses patronales, terminó por perder el mundo obrero.


Carlos Marx

Porfirio Díaz

 

Un camino nuevo: la cuestión social

 

Cuando en 1878 Goacchino Pecci llega a la silla de Pedro, encuentra una Iglesia rendida; acosada de problemas. Después del papado más largo que se recordara entonces, el de Pío IX, último papa rey; aquel pontífice peleado con el mundo moderno, que se opuso a la ley del nuevo Estado italiano que decretaba la obligación de la educación a los niños; que prohibió las escuelas mixtas y el trabajo de las mujeres en la educación primaria. Aquel pontífice de la encíclica Quanta cura y de su anexo Syllabus que denunciaban: Los principales errores de nuestro tiempo. El papa del Vaticano I y su dogma de la Infalibilidad papal que acarreó un cisma y una oleada de anticlericalismo en toda Europa; el papa del Non expedit que prohibía a los católicos italianos tomar parte activa en la vida política de su país. Ese papa que hoy vemos con ojos muy críticos; sin embargo, en su tiempo, Pío IX, de intachable vida e innegable piedad, fue amado y venerado hasta el delirio. Era considerado el “augusto prisionero del Vaticano”, pues voluntariamente se encerró en su autoprisión después de perder los Estados Pontificios. Se le llegó a comparar al “divino prisionero”: Jesús en el sagrario.  Fue desde entonces que entre los católicos surgió ese ideal de peregrinar a Roma “para ver al papa”. Con el ejemplo de Pío IX, podemos caer en la cuenta de como muchas veces los santos, son malos políticos, o no alcanzan a comprender un panorama más político-social más vasto de complejas relaciones y equilibrios difíciles.  Suelen ser radicales, intransigentes en su visión de la vida cristiana, se mueven por el principio de autoridad.


Pío IX


Efectivamente, la Iglesia recibida por León XIII había perdido su influencia social, en los ámbitos tradicionalmente cristianos; era una Iglesia de espaldas a la modernidad, cerrada en sí misma y desconfiada de todo progreso. Por eso, desde el inicio de su papado, León vio con gran aprensión la escalada del socialismo y de la anarquía. Los católicos estaban divididos entre esos buenos e intachables hombres de Iglesia, más papistas que el papa, siempre viendo hacia atrás y con una mentalidad muy paternalista; liberales sólo en lo económico y opuestos a toda organización obrera, y los católicos más abiertos, llamados “católicos sociales”, deseosos de una vía más moderna de diálogo, negociación y acuerdos. Pero en los dos bandos católicos existía una gran variedad de posturas. Con la encíclica Rerum novarum del 15 de mayo de 1891, León XIII sintetizaba todas las preocupaciones católicas sobre su participación en el mundo social. Podríamos decir, sin negar el valor de tan importante documento, que, como en muchas ocasiones le sucede a la Iglesia…, llegó un poco tarde. Las luchas obreras, la explotación campesina venían dándose desde los comienzos del siglo XIX. En fin, la Rerum novarum apunta estas ideas: La concentración de la riqueza, acarrea una inmerecida miseria en la sociedad. El socialismo no es una propuesta viable puesto que niega la propiedad privada, que es querida por Dios. El remedio a los males, —según el papa— se encuentra en la aplicación de los principios cristianos; las desigualdades no son obra de Dios sino leyes de la naturaleza. No es aceptable la lucha de clases que destruye. No hay capital sin trabajo ni trabajo sin capital. Se condena el liberalismo económico. Son necesarias las asociaciones, sindicatos  de obreros y/o de obreros y patrones.


León XIII


El cambio que enfrentó León XIII fue crucial para la Iglesia; se pasaba de darle la espalda al mundo a afrontar los problemas sin rodeos. A los católicos sociales, que eran mal vistos por los católicos conservadores, ahora el papa les daba el espaldarazo. Surgieron entonces muchas iniciativas de corte social y se revitalizó el mundo católico con este avance. Pero esto no canceló el paternalismo milenario y pronto surgieron conflictos entre los laicos y el clero que abanderaba el catolicismo social, con la jerarquía eclesiástica.
Sin embargo, fue mucho más lo positivo que lo negativo; la Iglesia tuvo un riquísimo momento de reflexión sobre su papel en la sociedad y los valores evangélicos a plasmar. Nació entonces lo que ahora conocemos como la “Doctrina social de la Iglesia”. A partir de Pío XI en adelante, los papas van a enriquecer y a desarrollar una verdadera doctrina social que poco a poco fue colocando a la Iglesia, con una mentalidad renovada, en su verdadero frente de trabajo: la sociedad civil.

 

Una ventana hacia México

 

Damos un salto a México, que a finales del siglo XIX, la parte “pensante”,  la burguesia, la “gente decente”, se encuentra instalada y a gusto con don Porfirio sentado en la silla presidencial, que era casi imperial. El sólo pensar en la ausencia del general, causaba incertidumbre y desazón.
El régimen liberal de Díaz había desembocado en el beneficio de unos cuantos y el empobrecimiento de las masas, como sucede en cualquier país que ha adoptado el sistema económico liberal. Se crea una pequeña clase de altísima economía, se apoyan los macro procesos económicos y se bloquea la capilaridad hacia abajo.


Mural que muestra las diferentes categorías sociales de este periodo.


Con el Porfiriato, la Iglesia mexicana se había restablecido de la desastrosa guerra de los Tres Años y, al no aplicarse las leyes de Reforma, se rehizo en su estructura jerárquica, en su trabajo apostólico y en la adquisición de bienes materiales.  En cierto modo la Iglesia se encontraba también instalada en esa aparente perpetua paz y bienaventuranza. Las iniciativas sociales organizadas fueron realmente pocas, a pesar de la alarmante situación de los peones, indígenas, campesino y la recién surgida clase obrera que se iba haciendo cada vez más numerosa. Los focos rojos encendidos en las huelgas de Río Blanco en Veracruz y Cananea en Sonora, fueron sofocados con la fuerza.


Huelga de Río Blanco, Veracruz.


Cuando León XIII lanzó su Rerum novaron, parecería que México era un lugar de lo más a propósito para implementar de inmediato la urgente llamada del papa. Sin embargo, no se atendió sino hasta largos años después de que la encíclica fue publicada. Sólo el envejecimiento de don Porfirio y con él de su régimen, comenzó a provocar alarma y aprensión en toda la nación.
Poco a poco, a medida que llegaba a su fin el Porfiriato, se fue gestando un movimiento, no uniforme ni igual en todas partes, que se llamó “catolicismo social”; se pasó de una idea caritativa y paternalista, apolítica, a otra, moralizadora, dinámica, emprendedora, que veía en la aplicación de los principios que sustentaba la Rerum novarum, una adecuada solución a los acuciantes problemas sociales del país. Como ha sucedido tradicionalmente en el episcopado mexicano, no todos pensaban igual sobre la encíclica, ni sentían la misma urgencia sobre su aplicación. Dicho en palabras claras: no se ponían de acuerdo.
Fue un grupo de obispos y sacerdotes, la mayoría educados en Roma, en el Pío Latino y la Gregoriana, que se dieron a la tarea de hacer una realidad el trabajo social de la Iglesia. Entre los obispos interesados por la “cuestión social” tenemos a Ramón Ibarra de Puebla, Atenógenes Silva de Michoacán, José Mora de Tulancingo, José Othón Núñez de Zamora; y los sacerdotes, futuros obispos de Zacatecas y Querétaro, Miguel de la Mora y Francisco Banegas y los padres Luis Navarro, José Castillo, el josefino José María Troncoso, los jesuitas Bernardo Bergöend y Alfredo Méndez Medina. Entre los laicos: José Refugio Galindo, Miguel Palomar y Vizcarra, el periodista poblano Trinidad Sánchez Santos, Gabriel Fernández Somellera y otros más.
Estos fueron el núcleo primero que alentó el desarrollo de la pastoral social y que tuvo sorprendentes resultados. No es de extrañar que una buena parte del clero conservador y de los empresarios, vieran todo aquel movimiento social como sospechoso, y que en privado criticaran solapadamente al papa de no ortodoxo e imprudente. En Guadalajara, en Puebla, en México, se posicionaron el “clero viejo” y los “sociales”. La gran mayoría de los eclesiásticos y de los laicos, tenía horror al cambio; estaban, como ahora nosotros, acostumbrados a no ver la miseria, a no oír el grito de millones de necesitados. ¿Qué habría que cambiar?
Finalmente, con el dinamismo de ese grupo antes mencionado, se fueron sucediendo, unos a otros, los llamados “Congresos católicos” y “Semanas sociales” o “agrícolas” o “Dietas”. El primero de todos lo organizó don Ramón Ibarra, “padre de la Obra de la Cruz”, en Puebla en 1903; después siguieron Tulancingo 1904, Morelia 1904, Tulancingo 1905, Guadalajara 1906, Zamora 1906, Puebla 1908, León 1908, Oaxaca 1909, León 1909, México 1910, México 1911, Zacatecas 1912 y Zamora 1913.
Estas reuniones partían de un análisis de la realidad, que era en verdad espeluznante. Sirvieron, en primer lugar, para que los católicos tomaran conciencia y postura ante lo que ocurría en el país; se pasó de una comprobación de los problemas a una franca y valiente denuncia. Pero la inexperiencia y la complicada situación social no le ayudaron a la Iglesia a ofrecer una medicina acertada.
Es imposible reflejar en estas pocas páginas, cuánto trabajo se echó a cuesta este valiente grupo de católicos, que veían con preocupación cómo la mayoría del pueblo estaba viviendo en condiciones indignas. Se generó una Obra de Congresos, como en Italia, para coordinar el naciente movimiento de renovación social; se fundaron círculos, sindicatos católicos, de obreros, de dependientes, de artesanos, asociaciones de campesinos; se publicaron periódicos y gacetas. Las preocupaciones que este grupo manifestó a través de los Congresos y Semanas fueron: la fijación de un salario justo, bajar las tarifas del transporte, proteger el precio de lo que hoy llamamos “canasta básica”; para ello se busca presionar al Estado a que tomara carta en el asunto y se le insta a: gravar los artículos de lujo, los predios o baldíos sin utilizar, y a dotar de viviendas a los obreros. La Iglesia, al menos en este sector, comienza a hacer duras críticas al gobierno de Díaz; los líderes católicos, entonces se empiezan a inquietar por la acción política. Surge así el Partido Católico Nacional, con el apoyo y beneplácito de algunos obispos, entre los que destacaron Mora y del Río e Ibarra y González. Fue fundado a finales de abril de 1911, cuando se escuchaban los estertores del Porfiriato. Uno de los objetivos del partido era la implantación de la doctrina social de la Iglesia en el mundo obrero y campesino; el lema del partido fue: Dios, patria y libertad.
En el agitado contexto en que nació este partido político, los obispos no atinaron a calibrar cuál debía ser su postura ante él, para orientar a los fieles. Al prescribirlo como la única posibilidad de elección para los católicos, le dieron su sentencia de muerte.
Por su parte, los gobernantes, no sólo de México sino de todo el mundo, veían y siguen viendo con preocupación y mal escondida rabia el trabajo comprometido, social y político de los católicos, ya que sienten que se “sale de los límites de la misión religiosa”.  Tal vez piensan que éste debería ser sólo rezar, “oír” misa y aguantar toda clase de abusos.
Pronto la revolución mexicana hizo saltar en pedazos toda organización social que era sustentada por la Iglesia. La obra educacional y de asistencia, la obra de prensa y difusión, hospitales, asilos; se dio un paréntesis doloroso que golpeó con sus tintes anticlericales tan subidos, la presencia de la tarea social de la Iglesia. La Constitución de 1917 no vino sino a canonizar la exclusión de los católicos de toda acción y a prescribir una pretendida “inexistencia” de la misma Iglesia. Este estado de cosas, inestabilidad, ajuste de cuentas, luchas por la hegemonía moral sobre el pueblo, terribles purgas por parte de los “hijos de la revolución”, atentados contra la dignidad y la vida de los católicos, va a durar prácticamente hasta finales de 1938. Durante este lago invierno, la Iglesia mexicana no se apagó en su trabajo y vocación de servicio social, pero lo hizo siempre al margen de las leyes, en condiciones paupérrimas, y echando mano de lo que quedaba de las pasadas glorias, como de la Acción Católica Mexicana que en muchos trozos de la historia vivida fue protagonista de grandes acciones sociales que mantuvieron ardiendo la llama de la fe y de la caridad.
No pocas veces la Iglesia fue el muro donde se estrellaron muchas iniciativas del naciente Estado moderno mexicano; se constituyó en la incómoda piedra de tropiezo, ya que en varios sentidos actuó como pararrayos, como muro de choque ante las pretendidas ambiciones totalizantes de un Estado laico, insertado en un pueblo altamente creyente. La guerra cristera (1926-1929) fue una toma de conciencia para el Estado (y también para la jerarquía), de lo que para el pueblo mexicano significaba su religión, sus “padrecitos”, su misa, su Virgen de Guadalupe y su Cristo Rey.  Mas adelante la lucha Estado-Iglesia continuará en el campo de la educación, que el gobierno impuso socialista y que los católicos no aceptaron por ningún motivo. La acción social en este largo periodo, en muchos casos consistió en la defensa organizada para sobrevivir. A la Iglesia le costó la vida de muchos de sus hijos, el destierro y la desunión de sus prelados, la interrupción de muchas de sus tareas. Al Estado, dinero, tiempo, el atraso del campo, de la industria, la falta de paz social que impedía acometer cualquier empresa importante y meter a un ejército, formado por el pueblo, a combatir a sus propios hermanos. Como en todas las luchas, todos pierden.


Misa de un grupo de cristeros.


Después de tantos conflictos, a la Iglesia le quedaba por delante la tarea de reevangelizar, de mantener la fe, de favorecer una renovación moral y de participación en la vida sacramental. Por eso el papa Pío XI, que había seguido tan de cerca los duros sucesos en los que se vio envuelta la Iglesia en México publicó, el 28 de marzo de 1937, una encíclica dirigida al episcopado mexicano llamada Firmissimam Constantiam. En ella solicitaba a los obispos la organización de su pastoral a través de la ya existente Acción Católica y los alentaba a trabajar con los medios más eficaces para ayudar a paliar las crisis en las que estaba sumida la Iglesia de México y que para él son: la santidad de los sacerdotes y la formación de los seglares. No se equivocaba Pío XI. Muchos sacerdotes, entre tanto caos y revuelta, habían descuidado la atención debida a sus parroquias, grupos y asociaciones. Habían dejado de formar líderes, habían dejado de atender tareas sociales. Es importante observar que en muchos estratos de la sociedad, como por otro lado todavía pasa hoy, se tenía la idea errónea de que, la Iglesia sólo debía ocuparse de asuntos espirituales y rituales. Hay molestias en algunos sectores por las tareas “profanas”. Pero esto no indica más que una ignorancia bastante común y un olvido grave de la historia. La Iglesia ha estado metida, en todos los siglos, en las tareas sociales. Por eso no deja de ser preocupante que en estos tiempos, algunos grupos católicos, especialmente los de extrema derecha, permanezcan con la idea de que todo ese servicio social “no le toca” a la Iglesia.
Para agravar las cosas, a los católicos, sobre todo después de la guerra cristera, les quedó la sensación de lo peligroso que era “andar metidos en política”. Es más, esos trances fueron tan traumáticos que la Iglesia pareció olvidar lo que había vivido; olvidó sus luchas por conquistar la libertad de elegir religión y de celebrar su culto, la lucha para exigir la libertad de elegir la educación, los esfuerzos por dignificar la vida de los obreros y campesinos, por penetrar en todos los ámbitos de la vida civil y se sumió en un gris mutismo, muy parecido a una depresión colectiva. Fue sintomático que en ningún lado se hablara de “lo que pasó”. Hemos tardado años en reponernos e indagar históricamente lo que pasó en ese doloroso periodo. A la Iglesia jerárquica y mucho más al pueblo llano se le estaba olvidando que su ser católico había sido el único recurso de límite, como la conciencia, de un Estado que osciló entre el caciquismo y la dictadura, por más barnices revolucionarios, socialistas o democráticos que se le habían querido dar.

 

El Magisterio

 

Los sumos pontífices, quizá con excepción de Pío X, que dedicó su pontificado a renovar el aspecto espiritual de la vida cristiana, el disciplinar en la vida de los seminarios y del clero, a purificar la doctrina de toda contaminación modernista, no tuvo una ingerencia significativa en el campo social. Fue con Pío XI, que en su encíclica Quadragessimo Anno (1931), aporta novedades a lo que había dicho León XIII: ofrece una panorámica conjunta de la sociedad industrial y de la producción; subraya la necesidad de que tanto el capital como el trabajo contribuyan a la producción y a la organización económica. Establece las condiciones para el restablecimiento del orden social; busca un nuevo enfoque de los problemas surgidos, para afrontar los grandes cambios ocasionados por el nuevo desarrollo de la economía y del socialismo. No duda en tomar posición sobre los intentos, realizados en aquellos años, por superar con el sistema corporativista la antinomia social mostrándose favorable a los principios de solidaridad y de colaboración que lo inspiraban, pero advirtiendo que la falta de respeto a la libertad de asociación y de acción podría comprometer el éxito deseado.

 

Y otra vez en México

 


Lázaro Cárdenas anunciando el decreto de expropiación petrolera el 18 de marzo de 1938.

Durante los años finales del agitado gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940), que había coqueteado con el comunismo e implantado el socialismo en muchos niveles del Estado mexicano, hubo un cambio significativo. Cárdenas comprendió, quizá por su sincero interés por los más pobres, que el alma mexicana nacía del bautismo católico y se desarrollaba al calor de la fe transmitida de padres a hijos y que era alimentada con misas, rezos, peregrinaciones y catecismos. No fue una claudicación de sus principios sino un reconocimiento de la realidad incuestionable; él se empeñaba en cerrar iglesias y el pueblo se empeñaba en llenarlas. El pueblo mexicano era católico. Además, su interés político le aconsejó bajarle el tono al discurso mesiánico y aceptar, porque los necesitaba, a los católicos de todos los niveles. Entonces, contó con el apoyo nacional para la arriesgada medida de la expropiación petrolera en 1938, y para terminar un sexenio (su gobierno inauguró los sexenios) más o menos en paz. Además, su sucesor, el general Manuel Ávila Camacho, había declarado públicamente sus sentimientos religiosos y esto procuró una bajada de tensión en el pueblo. Los obispos saludaron con beneplácito los nuevos tiempos y aunque nada realmente había cambiado en las leyes, exhortaron a la población a adherirse a trabajar “por la patria”. Los obispos, condescendientes, buscaban sanar las heridas de un pueblo tan golpeado. El gobierno respondió devolviendo templos y algunos edificios incautados.
En nuestro país, a partir de 1940, cuando a nivel de la jerarquía se hablaba de la “cuestión social”, no todos estaban hablando de lo mismo y en el mismo sentido; muchos obispos ponían límites estrictos y a otros, de plano, no les interesaba el asunto. Otra vez aparece esa sombra en nuestra historia eclesiástica; la incapacidad episcopal para ponerse de acuerdo. Fue hasta julio de 1944 que finalmente acordaron nombrar al obispo coadjutor de Puebla, Ignacio Márquez Toriz, cuyo arzobispo era monseñor Pedro Vera y Zuria, para coordinar el Secretariado Social. Se trabajó con miedos y trabas, pero algo se hizo por los obreros. Es a partir del gobierno de Miguel Alemán (1946-1952) que el trabajo del Secretariado se volvió más decidido y penetró a niveles más profundos de la realidad deprimida de los obreros. Por otro lado, los laicos, a través de la ACM (Acción Católica Mexicana), ACJM (Juventud) y JCFM (Juventud femenina), trabajaron de manera intensa y diversificada, con proyección en parroquias, templos, hospitales, fabricas, cárceles. Es interesante notar que en lo países latinos y eslavos, la organización de la AC, tenía siempre una estructura nacional, de carácter central y unitaria, articulada al máximo y sometida a una estrecha guía jerárquica. En cambio en los países germanos y anglosajones, se conquistó poco espacio y con esquemas distintos. En términos generales podemos decir que esta AC aglutinó la mayor parte del trabajo laical. Que en el mundo no fue poco; en México, también sucedió ese fenómeno.

 

Continuación del Magisterio

 

Con respecto al magisterio papal, Pío XII no escribió ninguna encíclica social. Pero estaba dotado de una gran sensibilidad hacia las necesidades de la humanidad. Especialmente en los duros años de la post guerra, abordó continuamente temas de índole social, sobretodo, a través de sus radiomensajes de navidad y de sus alocuciones a los peregrinos llegados a Roma. Se le puede considerar el verdadero precurso del Concilio Vaticano II. Los temas que tocó con mayor profundidad fueron: el destino universal y el uso de los bienes; los derechos y deberes de los trabajadores y de los empresarios; la función del Estado en las actividades económicas; la necesidad de la colaboración internacional para llevar a cabo una mayor justicia y asegurar la paz; el restablecimiento del derecho como regla de las relaciones entre las clases y entre los pueblos; el salario mínimo familiar.


Juan XIII

Con Juan XIII los retos  de la época moderna son abordados en la encíclica Mater et Magistra (1961).  En ella afronta los aspectos esenciales de la cuestión social; resalta las desigualdades existentes entre los distintos sectores económicos, entre los países y regiones, y denuncia el fenómeno de la superpoblación y subdesarrollo que, a causa de la falta de entendimiento y de solidaridad entre las naciones, origina situaciones insoportables especialmente en el Tercer Mundo. Ante el peligro de una nueva guerra nuclear, después de haber intervenido con un mensaje memorable a los pueblos y a los jefes de Estado, publicó la encíclica Pacem in terris (1963.) Es un llamamiento urgente a construir la paz basada en el respeto de las exigencias éticas que deben regir las relaciones entre los hombres y entre los Estados.
Los efectos económicos generados en el mundo después de la reconstrucción de la guerra, el desarrollo que esto acarreó, dio a luz a un optimismo que ocultó las distintas posibilidades de desarrollo que había en los diferentes países. Mientras unos salían adelante, otros se estancaban en el subdesarrollo, generado por un modelo neo-liberal que produce macro beneficios, ignorando a las masas empobrecidas, y dando origen a una élite minúscula de hombres inmensamente  ricos. Esto, junto con otras causas de orden social y moral, suscitó una fuerte corriente de reflexión filosófica y teológica, en Europa y América Latina, que dio origen a las  diversas corrientes de la "teología de la liberación", marcando diversas perspectivas en torno a la vivencia y praxis de la vida cristiana. Sobre ésta teología,  la Santa Sede, en distintos momentos y no sin grandes controversias, ha dado a conocer su posición.


Juan XXIII


Pero la gran vuelta de tuerca, sin duda alguna, no sólo en la conciencia de la vocación social de la Iglesia sino en todos los órdenes eclesiásticos fue el Concilio Vaticano II, convocado por el buen papa Juan XXIII, un hombre de humilde extracción campesina, bonachón, hijo del pueblo, piadoso y muy inteligente. Las corrientes que se encontraron en Roma para debatir las cuestiones de Iglesia, sin duda eran encontradas; se agruparon básicamente en dos tendencias: “conservadores” y “progresistas”. Las necesidades del mundo, eran variadas, angustiantes y algunas muy complejas; pero soplaban aires de renovación, aires del Espíritu. El Concilio Vaticano II, cuya clausura se llevó a cabo el 8 de diciembre de 1965, se diferenció de todos los otros concilios precedentes, sobre todo por el hecho de que no se limitó a intervenir parcialmente en los sectores  comprometidos reformando, ordenando, clarificando o definiendo, cuando no condenando, con la autoridad del magisterio. Más bien, los padres conciliares buscaron tomar una posición, ya sea respecto a las necesidades del tiempo, o respecto a toda la tradición, poniendo en la praxis nuevos acentos en todos los sectores de la vida eclesial. Jamás en la Iglesia había pasado tal cosa. Así que, después del Concilio, fue necesario, decir todo, en cada aspecto de la vida eclesial. En las tareas sociales, campo en el que la Iglesia siempre se ha movido, por vocación, tuvo y ha tenido que andar muchos caminos, ensayar muchas fórmulas, crear nuevos moldes y arriesgar nuevos experimentos con nuevos métodos. El trabajo no ha terminado…
La constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual, responde a una sentida expectación de la Iglesia Universal  sobre el mundo moderno. En ella se refleja una nueva concepción de ser comunidad de creyentes; se adoptó la expresión: pueblo de Dios. En el plano social se  expone  una concepción más dinámica del hombre y de la sociedad y, en particular, de la vida socio-económica según las exigencias y la recta interpretación del desarrollo económico. Se insiste sobre una justa comprensión humanista del desarrollo. Esta interpretación de la realidad social mundial supone un giro fundamental en el proceso evolutivo de la doctrina social: ella no se deja dominar por las implicaciones socio económicas de los dos principales sistemas, capitalismo y socialismo, sino que se abre a una nueva concepción, aquélla de la doble dimensión o alcance del desarrollo. Tal concepción mira, a promover el bien de todo el hombre, "integralmente considerado, teniendo en cuenta sus necesidades de orden material y sus exigencias por la vida intelectual, moral, espiritual y religiosa", superando así la contraposición entre productor y consumidor, y las discriminaciones que ofenden la dignidad de la familia humana. En la base de esta comprensión está una concepción auténticamente humanística del desarrollo. De este modo se refuerza en la doctrina social, toda discriminación social y económica, y aporta una orientación personalista y comunitaria de la economía, en la que quien preside es el hombre, considerado como fin, sujeto y protagonista del desarrollo. Es la primera vez que un documento del Magisterio solemne de la Iglesia se expresó tan ampliamente sobre aspectos, directamente temporales de la vida cristiana.


Pablo VI


La encíclica Populorum Progressio (1967) fue escrita por Paulo VI en un nuevo contexto histórico, marcado por la guerra fría, las grandes discriminaciones y marginaciones de orden económico y social y la brecha cada vez más profunda entre norte y sur, y la oposición de los bloques este-oeste. La encíclica  ofrece ayuda para comprender los aspectos de un desarrollo integral del hombre y de un desarrollo solidario de la humanidad. El papa presenta el desarrollo como "el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas". Las situaciones menos humanas se dan cuando hay carencias materiales y morales y estructuras opresivas. Las condiciones humanas requieren la posesión de lo necesario, la adquisición de conocimientos y cultura, el respeto a la dignidad de los otros, el reconocimiento de los valores supremos y de Dios y, en fin, la vida cristiana de fe, esperanza y caridad.
Después, Pablo VI escribió la carta apostólica Octogessima Adveniens (1971). En el octagésimo aniversario de la Rerum Novarum, pero más que al pasado mira al presente y al futuro. En el mundo occidental industrializado habían surgido nuevos problemas, los de la llamada "sociedad post-industrial". La Octogessima Adveniens inicia una nueva reflexión para la comprensión de la dimensión política de la existencia y del compromiso cristiano, estimulando a la vez el sentido crítico con relación a las ideologías y utopías subyacentes en los sistemas socio-económicos vigentes.
Finalmente, el pensamiento de Juan Pablo II, sobre la actividad social es muy rico y complejo; aquí apenas podemos hacer un apretadísimo resumen de sus 26 años de Pontificado, nombrando sus principales encíclicas sociales. Él escribe la encíclica Laborem Exercens a los 90 años de la Rerum Novarum. Exhortación dirigida a todos los cristianos, a fin de comprometerlos en la transformación de los sistemas socio-económicos existentes. Da orientaciones precisas, acordes con la preocupación fundamental por el bien integral del hombre. Pone en claro que, la clave central de toda la cuestión social se encuentra en el trabajo humano, el más adecuado punto de referencia para analizar todos los problemas sociales. Partiendo del trabajo como dimensión fundamental de la existencia humana, se tratan en la encíclica todos los otros aspectos de la vida socio-económica, sin olvidar los aspectos cultural y tecnológico.


Juan Pablo II


El 30 de diciembre de 1987, a los veinte años de la Populorum Progressio, Juan Pablo II publicó la encíclica Sollicitudo rei socialis, cuyo tema central es la noción del desarrollo. Dos son los temas fundamentales que aborda: el primero, la situación dramática del mundo contemporáneo, desde el punto de vista del desarrollo fallido del Tercer Mundo, y el segundo, el sentido, las condiciones y las exigencias de un desarrollo digno del hombre. En relación al segundo tema de la encíclica, esto es, la naturaleza de un verdadero desarrollo, se ofrecen aclaraciones relativas a la distinción entre "progreso ilimitado" y desarrollo. Se insiste en que el verdadero desarrollo no puede limitarse a la multiplicación de los bienes y de los servicios, o sea, a lo que se posee, sino que debe contribuir a la plenitud del "ser" del hombre.  Se pretende señalar con claridad el carácter moral del verdadero desarrollo.  La encíclica analiza varios obstáculos de orden moral al desarrollo: "estructuras de pecado", ansia exclusiva de ganancia, sed de poder; y se apuntan los caminos para una deseable superación.  Al final del documento se indican también otros medios específicos para hacer frente a la actual situación, subrayando, sobre todo, la importancia de la doctrina social de la Iglesia, de su enseñanza y de su difusión.
El 1 de mayo de 1991 a los cien años de la Rerum Novarum, Juan Pablo II suscribe la Centesimus Annus, recogiendo el pensamiento social de la Iglesia en estos momentos. El papa hace un análisis de la realidad sobre la situación que precede al momento actual, partiendo de la Rerum Novarum. Conocidas las causas de los males hay que quitarlas: injusticias, frustraciones, miseria, explotación. Para ello se necesita promover un amplio desarrollo en una concentración mundial, para que ayude a evitar el despilfarro de los recursos humanos y ambientales. El Estado debe garantizar un marco jurídico que asegure la paz. La economía debe regirse con criterios éticos, que miren al bien común y no al individual. Las naciones más ricas deben ofrecer a las más pobres las oportunidades de inserción en la vida económica internacional. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. Se debe respetar la vida familiar y facilitar el ejercicio libre del trabajo. El Estado y la sociedad están llamados a defender a la familia nacida del matrimonio; dar apoyo a la familia, mediante recursos adecuados y eficientes para la educación de los hijos. En cuanto a la vida política se invita a favorecer la democracia participativa de los ciudadanos en las diversas opciones políticas. Evitar a todo trance un Estado asistencial.  Recuerda también a todos los cristianos, lo que ha sido su vocación: atender a los emigrantes, drogadictos, ancianos, marginados y enfermos, de ser posible por medio del voluntariado. La Iglesia contribuye específica y decididamente a favor de la verdadera cultura. Evitar la guerra. Amor al prójimo "en primer lugar al pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo y esto se concreta en la promoción de la justicia".

 

Conclusión

 

Hemos hecho ya un largo recorrido desde Jesús hasta los tiempos de Juan Pablo II. Constatamos el cuidado de la Iglesia por atender a los más pobres, tarea que nació con ella. La vocación social de la Iglesia, comenzó con el precepto de Jesús que nos dijo: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen como yo los he amado” (Jn 13, 34-35) Esto se ha podido concretizar gracias a esas palabras del Señor: “Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13, 14). La Iglesia, consciente de ese don y de esa tarea, ha buscado, a través de los siglos, dejarse guiar por ese Espíritu de Amor, que sopla donde quiere, y suscita entre nosotros variados e inacabables modos de cumplir con el mandato del Señor Jesús y con aires de renovación constante enfrentar con nuevo empeño las tareas de cada época y de cada lugar a favor de todos los hombres, en especial de los que menos tienen.

La Iglesia está llamada a ser, como el Buen Samaritano para todos los hombres y mujeres que, en el camino de la vida, han sido asaltados por la injusticia, la marginación, la falta de oportunidades. Quizá muchos pasan de largo, quizá para muchos no es significativa, ni siquiera visible, la presencia de ese hombre o mujer, niño o niña, anciano o anciana, joven, “asaltados” en el camino. Hay que parar, compadecerse, curar, levantar y sustentar. Esa es nuestra vocación social; esa es y ha sido la vocación social de la Iglesia. Dejemos que siga corriendo entre nosotros la presencia del Espíritu, que es siempre nueva, y que nos lleva a encarnar a través de nuestro esfuerzo esa “vocación social” del Cuerpo de Cristo, del cual formamos parte.

 

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